CAPÍTULO 7 #2
—Entonces, ¿qué hacemos?
La mujer dijo:
—Corran.
Tanaka no dudó más.
—¡Vamos!
El equipo comenzó a moverse, siguiendo a la misteriosa mujer mientras las sombras se deslizaban entre los arboles, acercándose.
La sensación de ser observados se intensificó hasta volverse insoportable.
Los pasos de la mujer eran silenciosos, pero los suyos resonaban con fuerza en el terreno extraño.
El sendero parecía alargarse, como si el mismo bosque tratara de atraparlos.
Las sombras los seguían, cada vez más cerca.
—¡Nos van a alcanzar! —gritó Hiroshi.
La mujer se detuvo abruptamente y alzó la mano.
El suelo bajo sus pies se iluminó con símbolos ancestrales, tallados en la tierra negra.
Una barrera invisible se levantó alrededor de ellos, y las sombras se detuvieron.
Se retorcieron en su lugar, gruñendo, siseando, pero no pudieron avanzar.
Se retorcieron en su lugar, respirando pesadamente.
—¡Qué diablos fue eso?
La mujer los observó con calma.
—Bienvenidos al otro lado del abismo.
Tanaka se levantó, aún con el rifle en la mano.
—Dijiste que nos explicarías.
La mujer asintió y señaló una estructura apenas visible entre la neblina.
—Adentro. No estamos a salvo aquí por mucho tiempo.
Entraron. El equipo entró a la casa con cautela.
La puerta crujió detrás de ellos, cerrándose sola.
El interior era extraño. Más grande de lo que debía ser.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos grabados con algo obscuro, y una chimenea ardía en la esquina, aunque su fuego no proyectaba sombras.
La mujer de cabellos grises caminó lentamente hacia la mesa de madera en el centro de la habitación y se sentó con una calma inquietante.
—Siéntense. —Su voz era suave, pero Tanaka no bajó su arma.
—Primero dime, ¿qué es este lugar? y segundo, ¿porque nuestras armas no les hacen daño a esas cosas?
La mujer apoyó sus manos huesudas sobre la mesa y esbozó una sonrisa lenta, casi divertida.
—Este lugar… murmuró, recorriendo la habitación con la mirada— no están en su mundo.
Kaede entrecerró lo ojos, aún con la cuchilla en mano.
—Eso ya lo sabemos. Queremos respuestas reales.
La mujer ladeó su cabeza, observándolos como si fueran niños impacientes.
—Sus armas —continuó— no les hacen daño porque están tratando de matar algo que no está vivo.
Eri sintió un escalofrió.
—¿Qué significa eso?
La mujer apoyó un dedo sobre la madera de la mesa.
—Imaginen que un pez intenta apuñalar al agua en la que nada. Así de inútil es su tecnología aquí.
Ryo golpeó la mesa con frustración.
—¡Entonces dime cómo podemos luchar contra esas cosas!
La mujer lo observó con la misma calma imperturbable.
—No pueden.
El silencio cayó sobre ellos. Hiroshi apretó los dientes.
—¿Nos trajiste aquí solo para decirnos que estamos jodidos?
La mujer sonrió son frialdad.
—No. Los traje porque aún pueden elegir.
Tanaka frunció el ceño.
—¿Elegir qué?
La mujer entrecerró los ojos, la luz de la chimenea reflejándose en sus pupilas como brasas.
—Necesitan morir para nacer de nuevo.
El equipo se tensó de inmediato. Kaede se puso de pie de golpe, su cuchilla reflejando la luz de la chimenea.
—¿Qué carajo significa eso?
La mujer no se inmuto.
—Que están atrapados entre dos mundos. Uno que los rechaza y otro que los espera.
Eri sintió que la sangre se le helaba.
—¿Nos esperaban?
La mujer inclinó la cabeza, con una sonrisa apenas perceptible.
—Desde el momento en que pisaron el puente.
Hiroshi apretó los puños.
—No pienso morir por una locura como esta.
La mujer lo miró con algo parecido a lastima.
—Y sé que también vienen a recuperar a sus amigos perdidos.
Tanaka entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
La mujer exhaló suavemente, como si la pregunta le pareciera trivial.
—Porque yo los vi cruzar, estaban buscando algo. —Se inclinó sobre la mesa, apoyando sus manos huesudas—. Pero no todos lo encuentran.
Kaede apretó la mandíbula.
—¿Nuestros compañeros están aquí?
La mujer ladeó la cabeza, como si considerara la pregunta.
—Siguen aquí de una forma u otra.
Ryo golpeó la mesa con el puño.
—¡Dilo claro! ¿Están vivos? ¿Dónde están?
La mujer sonrió, pero no de una manera reconfortante.
—Pero antes tienen que defenderse. Sus armas, como ya se dieron cuenta, no son útiles aquí. Tienen que nacer de nuevo para que se conviertan en nuevas criaturas.
Hiroshi frunció el ceño –
—¿Qué nos estas diciendo? ¿Qué es eso de nacer de nuevo? Explícate.
La mujer se levantó lentamente, su silueta proyectando una sombra que no coincidía con la luz de la chimenea. La silueta de la mujer parecía alargarse en la penumbra de la habitación. Su sombra se movía de manera antinatural, como si tuviera voluntad propia.
—Si quieren encontrar a sus amigos… —su voz resonó en la madera, en las paredes, en la misma atmósfera pesada de ese lugar— deben de dejar de ser lo que son.
Tanaka ajustó su rifle.
—No pienso convertirme en un monstruo.
La mujer inclinó la cabeza con una leve sonrisa.
—¿Y qué te hace pensar que no lo eres?
El equipo intercambió miradas incómodas. Habían visto y hecho cosas en combate que los atormentaba en silencio. Pero eso era diferente. Kaede, aún con la cuchilla en mano, dio un paso adelante.
—Dices que nuestras armas no sirven aquí. ¿Cómo esperamos luchar, entonces?
La mujer extendió la mano y, de la nada, surgió un filo oscuro. No era una espada, un cuchillo. Era un pedazo de sombra pura, retorciéndose en su palma.
—Usen lo que este mundo les ofrece.
Eri sintió que el frío en su pecho aumentaba.
—¿Quieres que nos convirtamos en esas cosas?
—No, se convertirán en algo mejor. Algo que podrán luchar con la maldad que hay afuera, algo que los protegerá, se van a convertir en personas mágicas y podrán utilizar esa magia y podrán hacer sinfín de cosas.
—El equipo guardo silencio. La promesa de poder era tentadora, pero el pecio parecía demasiado alto.
Kaede frunció el ceño. La mujer sonrió—.
Significa que dejaran atrás sus limitaciones.
Que este mundo los reclama y los dotará de nuevas habilidades.
Que podrán luchar contra la oscuridad como parte de ella.
Tanaka negó con la cabeza.
—No suena como un buen trato.
La mujer inclinó la cabeza, evaluándolos.
—¿Prefieren ser devorados?
Eri tragó saliva. Sus manos temblaban sobre su rifle, un arma que ya no servía de nada. Ryo miró la pantalla de su visor. Estática. Sin datos. Sin señales de comunicación con el otro mundo que dejaron atrás. Estaban solos. Kaede escupió al suelo.
—No confío en ti.
La mujer se encogió de hombros.
—No tienen que hacerlo. Solo tienen que decidir.
Entonces, alzó ambas manos y la casa cambio.
Las paredes temblaron. Las sombras se alargaron.
El fuego de la chimenea se apagó por un instante y, en su lugar, destellos de imágenes parpadeaban en la penumbra: siluetas distorsionadas de soldados…
de sus compañeros desaparecidos. Algunos estaban de pie, con ojos oscuros y cuerpos envueltos en un aura de penumbra.
Otros estaban en el suelo, retorcidos, atrapados en formas grotescas, otros refugiándose en cuevas o casas abandonadas de los seres que se los querían devorar.
Eri cubrió su boca con las manos para no gritar. Hiroshi dio un paso atrás.
—Mierda…
La mujer bajó las manos y todo volvió a la normalidad.
El silencio que siguió fue sofocante. Tanaka tragó saliva, su mirada fija en donde las imágenes habían parpadeado un momento antes.
La sensación de irrealidad era abrumadora.
¿De verdad habían visto eso, o solo era otro truco de este lugar maldito?
Kaede tensó la mandíbula, sintiendo su pulso acelerado.
—¿Qué nos hiciste ver?
La mujer ladeó la cabeza, como un cuervo observando algo que no comprende.
—La verdad.
Eri sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.
—No… —su voz temblaba—. No puede ser real.
—Es Real. —La mujer les sostuvo la mirada con intensidad—. Y pronto se convertirán en parte de ello.
Ryo apretó los puños.
—No. Nosotros vamos a salir de aquí.
La mujer rio, un sonido bajo y vibrante que pareció retumbar en las paredes de la casa.
—¿Salir? —susurró, y la habitación pareció encogerse, como si el mismo espacio se burlara de ellos—. No hay salida. No para ustedes. No después de haber cruzado.
Hiroshi apretó su rifle con fuerza, como si el peso del arma aún pudiera darle seguridad.
—No acepto eso. Debe haber otra manera.
La mujer se acercó lentamente a él. Cada paso que daba no hacía sonido alguno.
—¿Lo dices con tanta seguridad? —susurro—. ¿Y qué harás cuando ellos te quieran devorar?
Hiroshi dio un paso atrás de inmediato.
—Esto es una pesadilla –murmuró Ryo.
—No —dijo la mujer con una sonrisa tranquila—. Es un renacimiento.
Kaede se giró hacia Tanaka, su expresión llena de rabia contenida.
—¡No podemos confiar en esta bruja!
—Tampoco podemos quedarnos sin hacer nada —respondió Tanaka, con el ceño fruncido—. Si nuestras armas no funcionan, si este mundo nos rechaza… ¿Qué más nos queda?
Tanaka miró a su equipo. No quería decirlo en voz alta, pero sabía que tenía razón. No podrían seguir huyendo. Ni podrían seguir siendo lo que eran. La mujer entrecerró los ojos, expectante.
—Deben elegir. —La chimenea crujió. Las sombras en las esquinas de la habitación se estremecieron.
El tiempo se acababa. Y tenían que decidir.
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