Tokyopunk CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El primer paso sobre el puente fue como pisar el filo de un cuchillo. Tanaka sintió la estructura pulsar bajo sus botas, como si tuviera un latido. No era sólido del todo. No era piedra ni madera. Era…otra cosa. Kaede, justo detrás de él, apretó su cuchilla con fuerza.

—No me gusta esto.

—A nadie le gusta –murmuró Ryo, revisando su visor una y otra vez y otra vez, intentando comprender qué demonios estaban pisando.

Pero no había datos. El puente no tenía masa.

No tenía temperatura. No existía. Eri se forzó a respirar con calma mientras avanzaba.

La sensación de vacío a su alrededor la sofocaba.

Abajo, la nada absoluta devoraba la poca luz que emanaba de las antorchas de la ciudadela.

El aire olía distinto. Más denso. Y entonces, escucharon el primer sonido.

Un eco gutural. Lento. Bajo. Viniendo del final del puente.

—Nos estaban esperando —susurró Hiroshi.

Tanaka no respondió. Sabía que tenía razón.

Cada paso era una prueba de voluntad. El puente vibraba con una cadencia extraña, como si se estuviera ajustando a sus movimientos.

Pero lo peor vino cuando llegaron a la mitad del trayecto.

El camino detrás de ellos… comenzó a desaparecer. Eri volteó y su sangre se congeló.

–¡Mierda, el puente se está deshaciendo!

Hiroshi maldijo y corrió para alcanzarlos.

—¡No hay vuelta atrás!

Y uno a uno comenzaron a correr, para no caer y ser tragados por ese enorme abismo.

El final del puente era una entrada oscura.

Un arco gigante de una piedra retorcida, con inscripciones que ningún idioma conocido podría descifrar.

Pasando el arco de piedra, el aire era más pesado en ese lugar.

Como si cada bocanada de oxígeno costara más de lo normal.

Tanaka miró el suelo cubierto de pasto obscuro, los árboles secos que se alzaban a ambos lados del sendero.

Todo era demasiado silencioso. Kaede se detuvo junto a él, con la cuchilla lista.

—Esto no es normal.

—Nada aquí lo es —murmuró Eri, observando las inscripciones en el arco de la piedra detrás de ellos. Las marcas parecían moverse, como si respiraran.

—¿Cómo es posible que haya vegetación aquí? —preguntó Ryo, su visor escaneando el entorno. El dron en su muñeca zumbó en señal de advertencia. Fluctuaciones de realidad detectadas—. Esto no es un bosque. No como lo conocemos —añadió.

Hiroshi miró alrededor con cautela.

—No lo entiendo, Hana dijo que esto era un abismo. Que nadie había vuelto… —Su voz se cortó cuándo vio algo moverse en la distancia. Un par de sombras en el horizonte. No tenían forma clara. No eran humanoides ni animales. Eran algo más—. Estamos siendo observados —susurró.

Tanaka levantó su rifle y comenzó a avanzar.

No podían quedarse allí. El sendero parecía infinito.

La brisa era helada y traía consigo susurros, no palabras.

No sonidos identificables. Solo una sensación de presencia.

Cada pocos metros, los árboles parecían cambiar.

Se volvían más retorcidos. Sus raíces se movían como si estuvieran vivas.

Eri sintió un en la espalda cuándo vio algo en el tronco de un árbol cercano.

Una marca. No era natural. Era un símbolo, tallado a la fuerza.

—Esto no es la primera vez que alguien pasa por aquí —susurró.

Kaede se acercó, tocó la marca con cautela. Era profunda. Antigua. Hiroshi exhaló con fuerza.

—Eso significa que alguien ha sobrevivido.

—O que alguien lo intentó –dijo Ryo, sin apartar la vista de las sombras a lo lejos.

Las figuras seguían allí. Y cada vez estaban más cerca. Tanaka ajusto su arma.

—No vamos a esperar para averiguarlo. Sigamos.

El camino se estrechaba. La temperatura bajaba. Y entonces, el sonido cambió. Los susurros se convirtieron en pasos. Algo se movía entre los árboles. Rápido. Kaede alzó su cuchilla, girándose hacia la maleza.

—¡Muéstrate!

El silencio fue su única respuesta. Tanaka levantó la mano en señal de alto.

Y entonces… algo emergió de la obscuridad.

No caminando. No corriendo. Sino deslizándose.

Una silueta encorvada, de piel obscura y alargada.

Sus extremidades eran demasiado delgadas, demasiado largas.

Y su rostro… No había ojos. Solo una boca.

Un susurro escapó de sus labios deformes.

—No debieron venir…

El equipo se congeló. El ser pasó entre ellos como si no existieran. No les atacó. No cambió su ritmo. Solo siguió avanzando por el sendero, deslizándose entre los árboles como un espectro. Kaede giró la cabeza, observándolo desaparecer entre la maleza.

—¿Qué diablos fue eso?

—Ni idea —murmuró Hiroshi, con el arma en alto—. Pero no me gusta nada.

El aire estaba más pesado. Tanaka miró el sendero frente a ellos. Las sombras parecían moverse por su cuenta, oscilando como si tuvieran voluntad propia.

—Sigamos avanzando —ordenó.

Nadie discutió. Cada paso que daban sobre la tierra resonaba con un eco extraño, como si el suelo reconociera su presencia. Los árboles, retorcidos, deformes, parecían inclinarse sobre ellos.

—Nada aquí debería estar vivo —murmuró Eri, ajustando su rifle.

Ryo miró su visor, esperando encontrar algo que pudiera darles sentido a este lugar. Pero la pantalla devolvía estática intermitente—. Los sensores no pueden procesar este entorno. Es como si estuviéramos caminando fuera de la realidad.

Kaede pasó la mano por la corteza de un árbol, observando cómo la madera palpitaba bajo sus dedos.

—Esto no es un bosque.

—No —susurró Hiroshi—. Es un cuerpo.

Todos se quedaron en silencio. Tanaka escaneó el horizonte. El sendero se extendía en la distancia, difuminándose en una bruma grisácea. No había estrellas, no había luna, no había cielo. Solo la nada envolviendo ese mundo extraño.

—Sigamos —dijo finalmente.

El camino parecía jugar con ellos. Lo que estaba lejos de pronto aparecía cerca. Lo que estaba cerca desaparecía al dar un paso. Ryo maldijo entre dientes.

—Esto no es normal.

—Nada aquí lo es —repitió Eri, con la vista en la neblina que comenzaba a envolvernos.

Fue entonces cuando lo vieron. A unos metros adelante, en medio del camino, había un objeto clavado en la tierra obscura.

Una lanza. Kaede se adelantó con cautela, sus botas hundiéndose levemente en el suelo blando.

La lanza era antigua, su metal ennegrecida por el tiempo.

Pero lo que la hacía escalofriante no era su apariencia…

sino lo que estaba sujetando. Un cráneo humano perforado en el centro, su mandíbula desencajada en un grito mudo.

—Mierda —susurró Hiroshi, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

Tanaka se inclinó observando la lanza. Había inscripciones grabadas en el metal, símbolos similares a los del arco de piedra por el que habían cruzado.

—Alguien estuvo aquí antes que nosotros —murmuró.

—Y no sobrevivió —añadió Kaede, apartándose de la macabra escena.

Pero antes de que pudieran alejarse, el suelo tembló bajo sus pies.

Un sonido gutural emergió de la bruma, un susurro, bajo y profundo, resonó entre los árboles.

Las sombras se movieron. Pero algo apareció entre las sombras, una mujer como de cincuenta años caminando por el sendero.

Se acercaba a ellos. El equipo alzó sus armas al instante.

La figura emergía de la bruma con movimientos lentos y delineados.

Sus ropas eran andrajosas, sucias de polvo y algo más obscuro que la simple mugre.

La piel de su rostro era pálida, ajada por el tiempo, pero lo más inquietante era su mirada.

No había miedo en sus ojos. Solo conocimiento.

Kaede apretó la empuñadura de su cuchilla, con tensión marcando sus músculos.

—Alto ahí. Identifícate.

La mujer no se detuvo de inmediato. Su caminar era fluido, como si flotara a unos centímetros del suelo. Pero cuando estuvo a pocos pasos de ellos, inclinó la cabeza lentamente, observándolos con una sonrisa apenas perceptible.

—No esperaba visitas tan pronto —su voz suave, pero tenía un eco imposible.

Tanaka se adelantó con cautela, sin bajar su rifle.

—¿Quién eres? La mujer giró su rostro hacia él. Sus ojos se entrecerraron con curiosidad.

—La pregunta no es quién soy yo…, sino que son ustedes.

Eri sintió un escalofrió recorriéndole por todo su cuerpo.

—Somos soldados —respondió con voz firme—. ¿Quién más está aquí contigo?

—Solo yo, mis queridos amigos, y no hay tiempo para explicaciones ni formalidades, vengan, acompáñenme, no es seguro que estén aquí ustedes solos caminando por este lugar, tengo una casa cerca de aquí, ahí les explico todo.

El equipo se mantuvo en formación, sus armas aun alzadas. Nadie confiaba en la mujer. —¿Por qué deberíamos seguirte? –preguntó Kaede, su tono cortante.

La mujer inclinó la cabeza, su sonrisa apenas perceptible.

—Porque si no lo hacen, los devorarán.

Su voz no era una amenaza. Era una afirmación. Tanaka intercambió miradas con su escuadrón. La bruma alrededor de ellos se espesaba, y los susurros en el aire se volvían más incesantes. Algo estaba allí acechándolos.

—Decidan rápido. Ya vienen. —La mujer levantó la mirada, observando más allá del sendero.

Y entonces, lo sintieron. Una vibración en el suelo.

Un murmullo bajo tierra. Y algo emergió de entre los árboles.

No tenía forma definida. Un ser hecho de sombras, como si el mismo vacío estuviera tratando de tomar forma.

Su silueta se distorsionaba, sus extremidades se alargaban y se contraían en un ciclo imposible.

Pero lo peor fueron sus ojos. No brillaban.

No reflejaban luz. Eran pozos sin fondo.

Eri tragó saliva, sintiendo que su propio cuerpo se congelaba.

Kaede no pensó dos veces. Disparó. El proyectil atravesó la criatura…

y no le hizo nada. Las sombras simplemente se cerraron sobre el impacto, como si jamás hubieran ocurrido. La mujer suspiró.

—Eso no les hará daño.

Ryo retrocedió.