CAPÍTULO 6
El equipo cruzó el umbral con cautela. El aire dentro de la ciudadela era distinto.
No había ese extraño hormigueo en la piel como afuera.
El ambiente se sentía más denso, más real.
Las luces de las antorchas iluminaban las calles empedradas y, por primera vez, vieron personas.
Hombres y mujeres de todas las edades, vestidos con ropas simples, pero resistentes, algunos con armaduras improvisadas.
Todos llevaban armas. Eri sintió el peso de las miradas sobre ellos.
Los guardias en la muralla observaban en silencio, sin bajar sus lanzas ni sus arcos.
—¿Dónde nos has traído, niño? –murmuró Kaede, manteniendo su cuchilla a la vista.
Shiro sonrió, sin perder su paso.
—A un lugar seguro.
Tanaka miró a su equipo, sin bajar la guardia.
Las calles estaban ordenadas, pero cada esquina tenía barricadas y puestos de vigilancia.
Esta ciudad no solo estaba amurallaba, estaba lista para la guerra.
Los habitantes no mostraban miedo, pero tampoco parecían sorprendidos de ver forasteros.
Un hombre de mediana edad se acercó a Shiro.
Su porte era fuerte, con una cicatriz que cruzaba su mejilla derecha.
Vestía un chaleco de cuero reforzado y una capa obscura con un símbolo rojo en su espalda.
—Shiro. ¿Quiénes son? —preguntó con voz firme. Shiro sonrió.
—Los encontré afuera, se miraban perdidos. El hombre entrecerró los ojos y los examinó. Su mirada se detuvo en Tanaka.
—Ustedes no son de aquí. ¿De dónde vienen? —El hombre inclinó la cabeza, evaluando sus armas, su equipo, su postura. Finalmente, sonrió levemente—. Mi nombre es Daiki, soy el jefe de la guardia de esta ciudadela. Si han llegado aquí, significa que han tenido suerte.
Kaede miró a los soldados en la muralla.
—¿Por qué tanto despliegue de defensa?
Daiki se cruzó los brazos.
—Porque cuando la obscuridad llega… —Se giró y señaló hacia el otro lado de la muralla, donde el paisaje desaparecía son sombras densas y vibrantes— las verdaderas pesadillas salen a cazar.
Hiroshi resopló.
—¿Qué clase de pesadillas?
Daiki no respondió de inmediato.
—Coman, descansen. Cuando caiga la noche, lo entenderán. —Tanaka miró a su equipo. No había opción—. Tendrán que quedarse. Pero una cosa es clara. Lo que sea que habitara en la obscuridad... vendrá por todos nosotros.
—Vengan, síganme, tenemos que ir a mi casa —dijo Shiro.
Shiro los guio a través de las calles apedreadas.
Zigzagueando entre grupos de ciudadanos que, aunque no parecían hostiles, los observaban con ojos cautelosos.
Las casas eran de piedra obscura, algunas reforzadas con placas metálicas y maderas gruesas.
Las ventanas eran pequeñas y tenían rejas.
Eri notó que muchas puertas tenían sellos extraños grabados en la madera.
—¿Qué son esos símbolos? —preguntó en voz baja a Shiro. —El niño giró la cabeza con una sonrisa.
—Son barreras contra la obscuridad.
Tanaka y su equipo intercambiaron miradas. –
—¿Contra qué protegen? —preguntó Ryo, ajustando su dron en la muñeca.
Shiro se encogió de hombros.
—Contra lo que vive en la obscuridad. —Hiroshi suspiro, frustrado.
—¡Pero qué demonios significa eso! ¿Qué vive en la obscuridad?
Shiro no respondió. Solo siguió caminando. El equipo apretó el paso, sin perder la formación. Finalmente, llegaron a una casa modesta pero sólida, con una gran puerta de madera reforzada. Shiro la abrió sin esfuerzo y entró.
—Okaeri.
La casa estaba sorprendida mente cálida.
Una gran mesa de madera dominaba el centro, con sillas robustas a su alrededor.
Del otro lado de la estancia, una mujer joven, de cabello obscuro y atado en una trenza, estaba removiendo algo en una olla humeante.
Al notar nuestra presencia, su mano se tensó en la cuchara de madera, pero no dijo nada.
—Hermana, traje visitas.
La joven exhaló suavemente y los miró con desconfianza.
—¿Forasteros?
—Sí. —La mujer dejó la olla y se limpió las manos en un delantal de tela.
—Me llamo Hana. —Su mirada reaccionó a cada miembro del equipo, deteniéndose en sus armas y sus trajes. Hana se encogió de hombros—. Unos forasteros han llegado antes. Algun….
—¿Eran igual a nosotros? ¿Sabe dónde están? —le dije a la joven.
—Llegaron a la ciudadela, pero después se marcharon, decían que tenían que regresar a su ciudad. Y después ya no supe más de ellos. Tendrán que ir con Daiki para que les dé más información, yo no puedo ayudarlos mucho.
—Se me olvidaba, tengo que llevar a los Taurofalos a su corral –dijo Shiro y salió corriendo hacia donde había dejado los Taurofalos.
Tanaka asintió levemente. Al menos sabían que la unidad desaparecida había llegado a la ciudadela. Pero si se habían ido… ¿Por qué no regresaron a la base? Hana observó al equipo por un momento antes de girarse hacia la mesa.
—Coman. Hablar con el estómago vacío no es bueno.
—Uno a uno, se sentaron alrededor de la mesa.
Hana les sirvió un estofado espeso y obscuro, con un aroma fuerte y especiado.
El hambre pudo más que la desconfianza. Mientras comían, Eri no pudo evitar notar que Hana los observaba con curiosidad—.
¿Ustedes de dónde vienen? —pregunto de pronto.
—De otro lado —respondió Tanaka sin dar detalles.
Hana entrecerró los ojos, pero no insistió.
—Parecen soldados.
—Lo somos. —Hubo un silencio.
—¿Han luchado contra la obscuridad?
Eri bajó la cuchara.
—Aún no sabemos qué es.
Hana esbozó una sonrisa amarga.
—No es algo que puedas entender hasta que los ves. —Kaede suspiro.
—¿Nos puedes decir qué demonios es o vamos a seguir con los misterios? —Hana dejó la cuchara sobre la mesa y los miró fijamente.
—Cuando la obscuridad cae, todo cambia. Hay cosas en la oscuridad que salen desde las entrañas de la tierra, unos caminan, otros vuelan. Tienen garras afiladas y cada vez que la poca luz se va, ellas emergen de la tierra hambrientas.
El equipo guardó silencio. Las palabras de Hana resonaban con el peso que ninguno quería aceptar el todo.
—¿Cómo se les detiene? —preguntó finalmente Tanaka.
Hana negó con la cabeza.
—No se puede. Solo puedes sobrevivir hasta el amanecer.
Kaede chasqueó la lengua.
—Genial. Monstruos nocturnos que salen del suelo y no pueden ser derrotados. ¿Algo más que debamos saber?
—Llevamos miles de años peleando con estas cosas y nunca las hemos eliminado, cada día regresan más y no se detienen.
Se dice que una reina los controla y les habla por medio de la mente o algo así.
Las murallas cuando se construyeron, miles de vidas fueron sacrificadas para que nosotros pudiéramos vivir dentro de ellas.
Gracias a ese sacrificio una magia protege este lugar para que podamos vivir.
La ciudadela, sus murallas, sus habitantes…
todo parecía existir con un solo propósito: resistir.
—¿Miles de años? —preguntó Ryo con incredulidad—. Hana asintió.
—La obscuridad siempre ha estado aquí. Solo nos adaptamos. Eri sintió escalofríos. ¿Cómo era posible que una civilización hubiera sobrevivido tanto tiempo en un entorno así?
Kaede cruzó los brazos.
—Dijiste que una reina los controla. ¿Cómo lo saben?
Hana bajó la mirada por un instante.
—Algunos la han visto.
—¿Y sobrevivieron? —preguntó Hiroshi con escepticismo.
—No –respondió Hana con frialdad—. Pero cuando los encontraron, seguían hablando de ella. Como si sus mentes fueran atormentadas a un punto de llegar a la demencia hasta que no resistieron más y se quitaron la vida.
La atmósfera en la casa de Hana se tornó densa. Sus palabras no eran solo advertencias. Eran un eco de algo antiguo. Algo inevitable.
—¿Una reina? —Kaede rompió el silencio con una sonrisa sarcástica—. Perfecto. ¿Qué sigue? ¿Profecías y sacrificios? —Hana no se inmutó.
—No necesitamos profecías cuando la historia nos ha demostrado lo que ocurre. —Tanaka entrecerró los ojos.
—Explícate.
Hana respiró hondo.
—Cada ciclo, la oscuridad avanza. La muralla aguanta. Pero nunca hemos podido detener lo que hay más allá. Es como un hambre infinita. Y en su centro, esta ellá.
Eri sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién? —Hana dudó.
—Su nombre se ha perdido en los tiempos. Algunos la llaman Nyx, otros la Sombra Madre. Pero su voluntad es lo que mantiene viva la oscuridad. Es más antigua que esta ciudadela, más antigua que los mismos humanos aquí.
Ryo golpeó la mesa con la palma abierta.
—No hay seres que controlen. Debe haber otra explicación.
Hana lo miró sin pestañar.
—¿Por qué crees que hemos sobrevivido tanto tiempo? No es por nuestras armas, ni por nuestra astucia. Es porque ella aún no ha decidido devorarnos.
Silencio. Kaede frunció el ceño.
—¿Quieres decir que esto es un juego para ella? —Hana negó con la cabeza.
—No es un juego. Un ciclo. Cuando ella despierte por completo, la muralla caerá.
Hiroshi resopló.
—Entonces, ¿por qué no lo ha hecho?
Hana lo miró con gravedad.
—Porque aún no es el momento. Pero si ustedes han llegado aquí… eso puede cambiar. —Eri sintió un escalofrió distinto—. Porque cada vez que alguien nuevo aparece… la obscuridad se mueve.
El equipo intercambió miradas. Tanaka se levantó de la mesa.
—Una pregunta, Hana. Antes de entrar a la primera muralla alcancé a mirar varios puentes de madera destruidos, ¿sabes porque están así?
Hana le respondió con seriedad.
—Esos puentes se destruyeron porque cruzando el puente hay criaturas peligrosas y el gobierno de la ciudadela los mandó a destruir para que esos monstruos no nos hagan daño y debajo de esos puentes hay un enorme abismo, que si llegaras a caer, nadie te puede salvar, es demasiado profundo que la luz no alcanza a llegar hasta abajo, nadie sabe cuántos metros de profundidad tiene.
Más allá de los puentes hay criaturas oscuras llenas de maldad, hay enormes lagartos que escupen fuego, mazmorras, criaturas con alas que lanzan nadie sabe cómo llegaron ahí.