Tokyopunk CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—No me jodas. ¿Un niño? ¿Cómo demonios hay un niño aquí? —susurró Hiroshi, con lo ojos fijos en el pequeño.

Eri tragó saliva. Tanaka fue el primero en reaccionar. Dio un primer paso adelante, sin bajar su rifle.

—¿Quién eres? —su voz era firme, pero no hostil. Calculada.

El niño inclinó la cabeza lentamente, como si estuviera considerando la pregunta. Eri sintió algo… incorrecto en el movimiento. Como si no estuviera acostumbrado a imitar gestos humanos. Y luego, habló otra vez.

—No debían venir. —La voz seguía siendo infantil, pero algo en su tono… algo en la forma en las que las palabras resonaban en el aire…

Ryo miró su visor. El niño estiró los brazos tratando de tocar su cara y hacer gestos grotescos con ella.

El equipo al ver lo que estaba haciendo no tenían idea de lo que estaba tratando de hacer.

En eso el pequeño mostró rostro más serio y comenzó a mirarlos de forma que empezaba a intimidarlos y ponerlos en alerta.

—Alisten sus armas —dije con voz de mando.

Y entonces el niño rio, y cayó al suelo con las manos en su estómago, riendo cada vez más fuerte, y decía:

—Sus caras, sus caras, sus caras.

—Mierda —dije enojado—. ¿Crees que esto es un juego, niño mocoso? Debería de darte unas buenas para que no te pases de listo con tus mayores. —El niño seguía riendo e hizo caso omiso a lo que le estaba diciendo—. Oye bastardo, deja de jugar y dime qué demonios eres.

El niño de detuvo de golpe. Su risa cesó como si alguien hubiera cortado el sonido con un cuchillo. El silencio, el niño inclinó la cabeza, su sonrisa aún en su rostro polvoriento.

—Ustedes son raros —dijo con voz clara, infantil—. No deberían estar aquí. ¿De dónde vienen?

Tanaka se mantuvo fírme, observándolo con cautela.

—¿Qué es este lugar? El niño levantó la vista hacia el cielo fragmentado y luego miró a su alrededor, como si nunca hubiera hecho esa pregunta antes.

—Es… aquí.

—¿Estás solo? Las siluetas seguían allí, miles, inmóviles, como esperando algo.

—Ellas juegan conmigo —dijo el niño.

Ryo revisó su dron, pero no alcanzaba a ver nada, las lecturas parecían normales.

—¿Qué son esas cosas que están detrás de ti? —preguntó Ryo con curiosidad.

—Ah, ellas son mis amigas, todos los días las saco a y mientras ellas salen solitas buscan qué comer. A veces comen maleza o también comen a otros animales pequeños.

—¿Pero qué son, cómo se llaman? —preguntó de nuevo.

—¡Ah! son Taurofalos.

—¿Puedes mostrarnos uno? —pregunté al niño.

El niño fue por uno de ellos. Y lo trajo enfrente a ellos. El equipo observó con cautela, manteniendo sus armas listas, mientras el niño se acercaba a una de las figuras. Era más alta que él, su contorno temblaba como un reflejo en el agua.

—Ven —susurró el niño. La silueta respondió. Sin sonido. Sin peso. Simplemente caminó hacia él. El niño sonrió y se giró hacia el equipo—. Aquí esta uno.

Su aspecto era colosal, como si unas entidades cósmicas intervinieron en su creación.

Tenía dos pares de cuernos: Los primeros, curvados hacia arriba como los de un búfalo, actúan como defensa.

Los segundos, retorcidos como los de un carnero, que pueden atravesar estructuras muy duras.

Su piel y pelaje: Su piel es gruesa y escamosa en algunas partes, mientras que en otras tiene un pelaje denso y oscuro, capaz de resistir temperaturas extremas.

Sus ojos de un rojo brillante y con una leve fosforescencia en la obscuridad.

Patas poderosas. Sus extremidades traseras están diseñadas para cargas brutales, capaces de derribar grandes obstáculos. Hiroshi trago saliva.

—Díganme que esto no es real, díganme que es un holograma.

Ryo revisó su dron.

—Negativo. Es real. Sus lecturas son… —hizo una pausa, desconcertado— extrañas. No coincide con ninguna forma de vida registrada.

Kaede aferró su cuchilla con más fuerza.

—¿Y dices que esto lo sacas a pasear? —El niño asintió con entusiasmo.

–Sí, son buenas bestias.

—¿Buenos para qué? –preguntó Eri, sin apartar la vista de la criatura.

El niño inclinó la cabeza, pensando.

—Buenos para comer, hacemos abrigos con sus pieles y su popo la usamos para usarla en el campo.

Somos granjeros, y este es mi trabajo. Mi hermano mayor se encarga del campo y mi papá también.

Vivimos fuera de la ciudadela amurallada, pero no se les ocurra salir de noche porque salen animales que dan miedo.

Más vale que nos vayamos —dijo el niño preocupado—.

Vengan a mi casa para que pasen la noche ahí. No es seguro estar de noche aquí.

El equipo se quedó en silencio por unos minutos, procesando las palabras del niño. Granjeros, ciudad amurallada. Animales que dan miedo. Nada de lo que parecía coincidía con lo que esperaban encontrar. Tanaka fue el primero en hablar.

—¿Ciudadela amurallada? ¿Estás diciendo que hay más gente aquí?

El niño asintió rápidamente.

—Claro, vivimos en la ciudadela. Es grande, tiene murallas enormes para que los animales de la noche no nos coman. —El niño los miró con una mezcla de sorpresa e incomodidad—. ¿No lo saben?

Eri sintió que el aire se volvía más pesado.

—No, no lo sabíamos.

El niño frunció el ceño.

—Entonces sí están perdidos. —El Taurofalo que había traído con él resopló con fuerza, su aliento caliente levantó polvo del suelo. El niño lo acarició con tranquilidad antes de girarse de nuevo al equipo—. Si se quedan cuando oscurezca, no van a sobrevivir.

Ryo miró su visor.

—La temperatura ya está bajando, tenemos dos horas y media para que oscurezca.

Hiroshi resoplando, aún con el arma en alto.

—¿Y por qué deberíamos confiar en ti, niño?

El niño lo miró sin perder su sonrisa.

—Bueno, no es seguro que unos tipos como ustedes que no conocen el lugar estén solos en la oscuridad, yo solo les digo que si se quedan aquí solos mañana no van a vivir para contarlo. En mi casa hay comida, camas y un buen lugar para pasar la noche, me imagino que están cansados, viajeros.

Tanaka exhaló y miró a su escuadrón. Sabía que no podrían quedarse allí.

—Hay que movernos —ordenó finalmente—. Pero si esto es una trampa, niño, no te va a gustar lo que pase.

El niño sonrió de nuevo.

—No es una trampa. —Giró sobre sus talones y comenzó a caminar, seguido por los Taurofalos.

—Por cierto, niño, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Shiro.

Kaede ajustó su cuchilla, sin bajar la guardia.

–No me gusta esto.

Eri, resopló.

—Créeme, tampoco me encanta seguir a un niño misterioso con esos animales monstruosos en un mundo que no entendemos. —Eri caminaba junto a Ryo, revisando su visor cada pocos segundos—. ¿Alguna lectura útil? —preguntó en voz baja.

Ryo negó con la cabeza.

—No hay datos sobre esta zona en nuestra base de datos. Es completamente desconocido.

—Pero claramente existe.

—Sí… —susurró Ryo—. Y eso es lo preocupante.

Tanaka se mantenía al frente, observando cada detalle del paisaje. El terreno parecía cambiar simultáneamente a medida que avanzan. Las estructuras retorcidas se hacían menos caóticas. El terreno se volvía más pantanoso y con vegetación a los alrededores.

—¿Cuánto falta para tu casa? —preguntó finalmente Tanaka. Shiro volteo son una sonrisa intacta.

—No mucho. Antes de que se ponga el sol, llegaremos, pero hay que darnos prisa, no quiero llegar tarde a casa.

Eri miró al cielo, la luz estaba comenzando a menguar. Kaede apretó los dientes.

—Más vale que sea cierto, niño.

Shiro no respondió, solo siguió caminando.

—Ya casi llegamos, unos metros más adelante se termina todo este pantano y comienza la entrada de mi ciudad.

El equipo avanzaba con cautela, sus pisadas chapoteando en el terreno pantanoso.

La vegetación densa se miraba a su alrededor, haciendo que la luz menguante del cielo apenas filtrara entre las hojas torcidas y los troncos nudosos.

Shiro caminaba con paso ligero pero rápido, sin mostrar signos de preocupación, mientras los Taurofalos lo seguían con una obediencia absoluta.

Tanaka se mantenía al frente, sus ojos escaneando cada rincón del paisaje.

Eri miró a su alrededor. Algo no encajaba.

—¿No te parece raro que no haya rastros de otros humanos? —susurró a Kaede. Kaede asintió, tensando la mandíbula—. —Si este niño dice la verdad, debería de haber caminos más marcados, estructuras, luces… algo. Pero aquí no hay nada.

Shiro, que había escuchado la conversación, giró la cabeza hacia ellos sin dejar de caminar.

—No se preocupen. Ya casi llegamos.

—Eso dijiste hace diez minutos –murmuró Hiroshi.

Pero entonces, la vegetación comenzó a abrirse.

El pantano quedó atrás de ellos, y el suelo se volvió firme.

Frente a ellos, una muralla colosal se alzaba en la distancia.

Era alta, construida con material metálico oscuro y extrañamente pulido, reflejando la luz tenue del cielo.

Tenía grietas y signos de desgaste. En la parte de arriba había un sin número de armas y hombres haciendo guardia, podías ver cómo iban y venían soldados preparándose como para entrar en guerra.

Y gigantescas antorchas encendidas iluminando la muralla de la ciudadela.

A unos pocos metros de llegar a esa muralla, había una muralla más pequeña de unos diez metros de altura, igualmente llena de guardas vigilando a su alrededor.

Fuera de las murallas se miraba algunos puentes de madera destruidos, había uno al norte, uno más al este y otro al oeste. Shiro extendió los brazos con orgullo.

—Bienvenidos a mi hogar.

Tanaka entrecerró los ojos, analizando las estructuras.

—¿Cómo entramos? No veo una puerta.

Shiro rio entre dientes y siguió caminando hacia la muralla. Eri sintió un escalofrió.

—No me gusta esto.

Kaede apretó más su cuchilla.

—Tal ver deberíamos…

Antes de que pudieran terminar una frase, Shiro levantó una mano y golpeó la muralla con la palma.

El impacto hico eco, pero algo respondió.

Las líneas en la superficie metálica comenzado a brillar con un resplandor tenue, pulsando como un latido.

El aire vibró a su alrededor. Y entonces la muralla se abrió.

Un enorme paisaje se reveló en la estructura.

Mas allá, solo había obscuridad. Shiro volteó hacia ellos con una sonrisa despreocupada.

—Pasen.

Tanaka intercambió miradas con su equipo. No tenía otra opción. Respiró hondo y dio el primer paso. El umbral de la ciudadela los esperaba.

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