Tokyopunk CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El equipo se había reunido en la cámara principal del portal, una gigantesca estructura circular reforzada con metales obscuros y relieves con inscripciones en código binario.

La superficie central del portal vibraba con una energía plateada, como un espejo que ondulaba en ciclos irregulares.

Kaede ajustó el cinturón de su traje de infiltración y exhaló con dramatismo.

–Bueno, supongo que es tarde para arrepentirse.

Hiroshi le dio un leve golpe en el hombro.

—¿Desde cuándo te echas atrás en misiones suicidas?

–No es eso, solo digo que, si morimos en el otro lado, mínimo deberían hacer una estatua nuestra aquí.

Ryo, que terminaba de revisar su dron explorador, rodó los ojos.

–Prefiero volver vivo antes de tener una estatua.

Tanaka se acercó al grupo y se colocó al frente. Su expresión era severa pero tranquila.

—Escuchen. Este es el momento en que todo cambia.

A partir de ahora, no hay certezas, solo el entrenamiento y la confianza en nuestro equipo.

Nos infiltramos, traemos de vuelta a nuestros camaradas, recopilamos información.

No tomaremos riesgos innecesarios, pero si los encontramos, haremos todo lo posible por traerlos de vuelta.

—Eri sintió la tensión en el aire cuando todos asintieron—. Última revisión. ¿Equipos en línea?

—Listos —confirmó Ryo, tocando su guante holográfico.

—Armas revisadas —añadió Eri, con un tono que no dejaba lugar a dudas.

—Moral intacta —bromeó Hiroshi, recibiendo un empujón de Kaede.

Tanaka sonrió levemente.

—Bien. En posición.

La cuenta regresiva comenzó en las pantallas holográficas a los costados del portal.

05:00…

04:00…

Eri respiró hondo.

03:00…

El vórtice del portal comenzó a estabilizarse, sus reflejos mostrando imágenes distorsionadas de un mundo al otro lado.

02:00…

Eri recordó la última mirada de Rensuke y sus palabras. «Si las reglas son diferentes…».

01:00…

La luz se intensificó.

00:00…

—¡Vamos! —Ordenó Tanaka.

Uno a uno, el quipo cruzó el umbral hacia lo desconocido.

El paso a través del portal fue un instante de distorsión absoluta.

No había arriba ni abajo, ni luz no obscuridad, solo una sensación de estar suspendidos entre dos realidades.

Y todo se estabilizó. Sentí cómo el peso de mi cuerpo regresaba, mis botas tocando el suelo con firmeza.

Inhalé profundo, pero el aire era denso, extraño, cargado con una energía que hacía que mi piel hormigueara.

El equipo entero había cruzado sin incidentes.

A su alrededor, el paisaje era… incorrecto.

El no era cielo, sino un reflejo negro con destellos pálidos que se movían como olas en la distancia.

No había sol, pero la luz estaba allí, flotando en el ambiente sin una fuente visible.

—Esto… no es lo que esperaba —murmuró Hiroshi, su voz tensa mientras barría la zona con su visor.

El terreno parecía similar a la base de la que había partido, pero doblado sobre sí mismo en ángulos imposibles.

Edificios distorsionados se alzaban como si hubieran sido reflejados en un espejo quebrado.

Había estructuras humanas aquí, pero algo las había modificado.

Kaede sacó su cuchilla monomolecular y la giró en su mano.

—Ok. Esto es oficialmente perturbador.

Ryo activó su dron explorador, que se elevó con un zumbido silencioso, escaneando el entorno. La pantalla de su muñeca mostró un análisis en tiempo real.

—Las lecturas no tenían sentido. La gravedad es estable, pero la composición del aire cambia en intervalos irregulares. Como si este lugar no estuviera completamente definido.

Tanaka se adelantó y levantó un puño, indicando que el equipo mantuviera la formación cerrada.

—Nos mantenemos juntos. Comunicaciones abiertas. Nadie se separa.

Eri ajustó su rifle, pero una sensación extraña la recorrió.

Algo aquí los estaba observando. Y entonces lo vio.

A unos metros, en la sombra de una estructura derruida, había una silueta.

Humana. Pero algo estaba mal. Se movía con un ligero temblor, como si estuviera desincronizada con la realidad.

Eri sintió el frío recorrerle la espalda.

—Tanaka… creo que hemos encontrado algo.

El equipo entero giró en su dirección, apuntando sus La figura dio un paso adelante.

Y Eri sintió que el aire se volvía más pesado.

La silueta que había visto no era más que chatarra apilada, restos de estructuras metálicas que, en la distorsionada luz de este mundo, parecía haber tomado una forma humana.

—Nos asustaste por nada Eri —murmuró Hiroshi con risa nerviosa, bajando su arma—. Pensé que ya habíamos encontrado a uno de nuestros camaradas.

Pero Eri no se relajó del todo. Se acercó con cautela a los restos de metal y se agachó, examinándolos más de cerca.

Algo no cuadraba. Las piezas no eran escombros normales.

Había partes de lo que parecía ser de cerca.

Algo no cuadraba. Las piezas no eran escombros normales.

Había partes de lo que parecían ser exotrajes militares entre la chatarra.

Y en medio de la pila, cubierto por una capa de polvo grisáceo, un casco agrietado con el emblema de la unidad desaparecida. Eri sintió un escalofrió.

—Esto no es solo chatarra. —Su voz sonó más grave de lo que esperaba—. Es de ellos.

El silencio cayó sobre el equipo. Kaede maldijo por debajo y sacó su cuchilla, como si un arma blanca pudiera protegerla de lo desconocido. Tanaka se arrodilló junto a Eri y tomó el casco. Lo giró lentamente en sus manos.

—No hay restos humanos.

—Pero esto no llega aquí por sí solo —dijo Rio, revisando con su dron las lecturas de los alrededores—. Si hay restos de este traje. ¿Dónde está el cuerpo?

El eco de la pregunta flotó en el aire. Nadie tenía una respuesta.

Entonces, Eri notó algo. Se enderezó lentamente y miró el suelo alrededor de los restos de huellas.

Había marcas en el polvo, huellas humanas que no parecían de ellos.

Pero lo inquietante no era eso. Las huellas terminaban de forma abrupta, como si quienes las hicieron hubieran desaparecido.

Eri sintió un nudo en el estómago. Algo así los había tomado.

Y lo peor de todo era que probablemente seguían aquí. Observándolos.

Sentí que el aire se volvía más tenso, como si algo invisible oprimiera mi pecho.

—Esto no me gusta —murmuró Kaede, con los nudillos blancos de tanto apretar su cuchilla monomolecular.

Ryo revisó la pantalla de su dron. Las lecturas eran erráticas. La composición del aire fluctuaba. La temperatura descendía en picos irregulares.

—Algo está interfiriendo con los sensores –dijo con voz tensa—. Es como si este lugar estuviera… vivo.

Tanaka se arrodilló junto a Eri y examinó el casco agrietado.

—No hay restos humanos, no hay señales de lucha —susurró, solo el equipo… abandonado.

—¿Y si no lo abandonaron? –dijo Hiroshi en voz baja.

El silencio que siguió fue insoportable.

Y entonces, un sonido. Un eco lejano, profundo, reverberante.

Algo entre el crujir del metal y un murmullo amortiguando.

El equipo se tensó al instante, girando sus armas en la dirección del ruido.

Las sombras entre las estructuras distorsionadas parecían moverse.

Sentí un hormigueo en mi piel se hacía cada vez más fuerte.

—¿Alguien más siente que aún nos están observando?

—Sí —respondió Tanaka, con el rostro endurecido—. Nos movemos. Ahora.

Pero cuando dieron el primer paso, alguien respondió.

Desde lo profundo de las ruinas, las sombras se inclinaron hacia ellos.

No con movimiento, sino con intención. Y entonces, la realidad se fragmentó.

Las figuras a lo lejos parecían como si fueran visiones dentro de un desierto donde el sol está en lo más alto del cielo.

El aire se volvió más denso, pesado, como si el mundo intentara aplastarlos.

Las sombras no solo se movían… respondían.

—Tanaka —su voz apenas fue un susurro. Las siluetas en la distancia titilaban, sus contornos deformándose como espejismos en el calor abrasador del desierto.

Pero no hacía calor. De hecho, la temperatura estaba descendiendo rápidamente.

Nos están rodeando —dijo Ryo, su voz apenas controlada mientras revisaba las lecturas—.

Esto no es normal, no es una ilusión térmica.

Kaede maldijo, desvainando su cuchilla con un chasquido seco.

—Si van a hacer algo, que lo hagan ya. Odio esta mierda de aparecer y desaparecer.

—No dispares —Ordené, con el arma en alto—. Nos movemos lento. Retrocedemos en formación cerrada.

Pero cuando dieron el primer paso, las sombras hicieron lo mismo.

Copiando sus movimientos. Sentí el frío en mi pecho expandirse.

Y entonces una silueta se hacía más clara cada vez que se acercaba mientras que atrás de esa silueta había más, cerca de 2000 siluetas, pero ellas no hacían movimiento alguno.

—¡Konnichiwua! —dijo la voz. Pero la voz parecía ser más aguda, clara y brillante. Mientras la silueta se acercaba más daba forma de lo que realmente era.

—¡Un niño! —dije—. Un maldito niño. —No tenía más de 8 años. Vestía unas túnicas viejas y rotas y unas chanclas sucias y gastadas. Y con su cara llena de polvo, igual que sus brazos y piernas. No puedes ser real. El niño tenía la piel pálida y sus ojos… Dios.

Sus ojos eran demasiado grandes, demasiados oscuros.

Reflejaban el entorno como si fueran dos esferas de obsidiana líquida, sin un atisbo de emoción.

Las túnicas viejas se aferraban a su frágil cuerpo, cubiertas de polvo grisáceo que parecía devorar la luz.

Pero lo peor no era su aspecto. Lo peor era su sonrisa.

Era una curva pequeña, ligera. Demasiado perfecta.

—Konnichiwua… —volvió a decir con aquella voz extremadamente clara, demasiado clara para este lugar de pesadilla. Estaba un poco tenso.