Tokyopunk CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Eri caminó rápidamente por las calles estrechas de la ciudad industrial, con su chaqueta militar ligeramente abierta y los ojos fijos en el suelo.

Sabía que el tiempo jugaba en su contra, pero si alguien podría detectar fallos en el equipo, era su hermano.

Cuando llegó a la entrada del un taller de aspecto caótico, golpeó la puerta metálica tres veces con impaciencia.

No pasó mucho tiempo antes de que una cerradura automática emitiera un chasquido y la puerta se abriera con un leve chirrido.

Dentro, el espacio estaba repleto de piezas de armamento, pantallas parpadeantes y herramientas esparcidas por todas partes.

En el centro del caos, un hombre de cabello oscuro y gafas de interfaz se giró con una sonrisa confiada.

—Vaya, Eri. Pensé que estabas demasiado ocupada salvando al mundo para hacerme una visita.

—Corta el drama, Rensuke —respondió ella, cruzándose de brazos—. Necesito que revises unas armas de prototipo antes de que hagamos una misión mañana. —Rensuke arqueó una ceja y dejó caer la herramienta que tenía en la mano.

—¿Una misión? ¿Así que te vas a una aventura?

—No tengo tiempo para explicaciones, solo dime si puedes hacer una revisión rápida sin tocar nada crítico.

Rensuke chasqueó la lengua y extendió la mano.

—Déjame verlas. —Eri sacó una a una las armas y se las entregó, Rensuke lo sostuvo con cuidado, sus dedos recorrieron la estructura con precisión.

Tomó una de las armas—. Ligero, bien equilibrado…

pero veo lo que te preocupa. El software parece tener bloqueos internos, como si estuviera diseñado para impedir modificaciones externas.

Esto es estándar en prototipos militares, pero si hay un fallo, difícilmente lo detectarían a simple vista.

Eri se cruzó de brazos, observando cómo su hermano colocaba el arma sobre una mesa de análisis y lo conectaba a una de sus interfaces.

—No me importa lo que puedas modificar, solo dime si hay algo que pueda fallar en el peor momento.

Rensuke asintió y dejó que la máquina escaneara los sistemas. Minutos después, los resultados comenzaron a aparecer en la pantalla holográfica.

—Interesante... —murmuró, ajustando su visor.

—¿Qué? —preguntó Eri, sintiendo un escalofrió de incertidumbre. Rensuke giró la pantalla hacia ella, amplificando los datos relevantes.

—Las armas tienen un sistema de autoajuste que optimiza la energía de cada disparo dependiendo del ambiente, lo cual eso suena increíble, pero…

aquí está el problema. Si hay una fluctuación de energía en el entorno —como, por ejemplo, en una dimensión completamente desconocida— el arma podría entrar en un estado de reinicio forzado, dejándote sin disparos por un tiempo indefinido. —Eri sintió que la sangre le hervía.

—¿Cómo demonios dejaron de pasar algo así? —Rensuke se encogió de hombros.

—Quizás asumieron que el entorno sería estable. Pero dime, ¿de qué trata la misión exactamente?

Eri apretó los labios, sin responder de inmediato. Sabía que Rensuke no se conformaría con una respuesta vaga, pero tampoco podía revelarte demasiada información. La misión era clasificada y, aunque confiaba en su hermano, ciertas cosas estaban más allá de lo que podía compartir.

—No puedo entrar en detalles —dijo finalmente, con un tono firme—. Solo digamos que vamos a un lugar donde no sabemos qué esperar, y no quiero que mi equipo quede indefenso por culpa de un mal diseño.

Rensuke la observó en silencio por unos segundos, calibrándola con una mirada afilada. Luego suspiró y volvió su atención a la pantalla holográfica.

—Bien, bien… no insistiré. Pero esto es un problema serio. Si las armas entran en un estado de reinicio en el momento equivocado, podrías terminar con una late de metal inservible en las manos mientras algo —lo que sea que enfrentes allá— te destroza. —Eri asintió, consciente del riesgo.

—¿Puedes arreglarlo?

Rensuke se rio entre dientes.

—Por supuesto que puedo. Pero, como siempre, tengo una condición.

Eri puso los ojos en blanco.

—Déjate de juegos, Rensuke. No tengo tiempo para negociaciones.

Rensuke alzó las manos con una sonrisa burlona.

—Relájate, solo quiero que, cuando regreses, me cuentes exactamente qué demonios fuiste a hacer. Algo lo suficiente interesante como para que vengas corriendo a mí en plena noche con equipo militar de alta tecnología.

Eri lo miró por un momento antes de soltar un resoplido.

—Está bien. Si vuelvo, te contaré.

—Cuando vuelvas —corrigió el, volviendo a su trabajo.

Se colocó los guantes y comenzó a teclear en su consola mientras unas líneas de código aparecían en la pantalla.

Eri se apoyó contra una de las mesas del taller, observando cómo su hermano trabajaba.

Pasaron varios minutos en silencio, interrumpidos solo por el sonido de los dispositivos analizando las armas.

Finalmente, Rensuke dejó escapar un sonido de satisfacción y se quitó los guantes.

—Listo. He instalado un bypass en el sistema de autoajuste. No lo desactiva, pero evita que entre en estado de reinicio si detecta una anomalía en el entorno. En otras palabras, las armas seguirán funcionando, aunque la energía a su alrededor se vuelve inestable.

Eri tomo una de las armas y la inspeccionó. A simple vista, no había cambiado nada, lo cual era bueno.

—¿Seguro que esto no afectará el rendimiento?

—Cien por ciento seguro —dijo Rensuke, con su habitual confianza—. Aunque...

—¿Qué?

—Hay algo que no puedo prever. No se cómo responderán estas armas si el entorno al que vas es completamente hostil a la tecnología que usamos. Si el problema no es el software, sino la física misma de ese lugar, bueno, ahí no podré hacer nada.

Eri apretó la mandíbula. Sabía que había muchas incógnitas en esta misión, pero al menos ahora su equipo tendrá una oportunidad mejor.

—Hiciste lo mejor que pudiste, y eso es suficiente —dijo, guardó las armas en su mochila.

Rensuke se quitó las gafas y la miró con seriedad por primera vez en toda la conversación.

—Solo… ten cuidado, Eri. No importa cuán avanzado sea tu equipo, si te metes en un lugar donde las reglas son diferentes, podrías no salir de ahí.

Eri le sostuvo la mirada y luego asintió.

—Lo sé. —Tomó la mochila y se dirigió a la salida, pero antes de cruzar la puerta, escuchó la voz de su hermano una vez más.

—Y no olvides lo que prometiste. Cuando vuelvas, quiero todos los detalles. Eri sonrió levemente sin girarse.

—Si vuelvo con vida, tal vez te cuente todo. Y con eso, desapareció en la noche, rumbo a la base.

El viento frío de la madrugada azotaba en el valle cuando Eri llegó de vuelta a la base.

A pesar del cansancio en su cuerpo, su mente seguía girando en torno a las palabras de Rensuke.

«Si las reglas de ese lugar son diferentes…

podrías no salir de ahí». Respiró hondo, reajustando la correa de su mochila mientras cruzaba la plataforma de aterrizaje.

Las luces del hangar iluminaban la pista de despegue donde varias naves estaban siendo preparadas.

En el horizonte, el cielo aún estaba obscuro, pero el resplandor del amanecer no tardaría en asomarse.

Hoy era el día. Mientras entraba en la base, vio a Tanaka Rei de pie junto a la sala táctica, revisando su NeuroSynap con expresión concentrada.

Al notar su presencia, levantó la vista y arqueó una ceja.

—¿Todo bien? —preguntó sin rodeos.

Eri le lanzó la mochila con las armas modificadas y cruzó los brazos.

—Mi hermano encontró un fallo en el sistema de auto ajuste de las armas. Lo arregló. No afecta su rendimiento, pero ahora no se desactivarán si el entorno es inestable.

Tanaka la observó con atención antes de tomar una de las armas y revisarla.

—¿Confías en su trabajo?

—Sí.

Asentí y dejó el arma sobre la mesa de la sala táctica.

—Bien. Nos reuniremos en diez minutos. Asegúrense de que su equipo esté listo. —Eri inclinó la cabeza y salió del lugar sin más problemas.

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