Todos Tenían Llave Capítulo 27
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Capítulo 27

No vendí el piso por trescientos dieciocho mil euros.

La oferta de Ladera Patrimonio no sobrevivió a las comprobaciones pendientes ni a los propietarios que cambiaron de opinión. Había viviendas, contratos, herencias y decisiones distintas detrás de cada puerta.

Durante un tiempo me enfadé con Iván como si me hubiera quitado un dinero que ya era mío. Después comprendí que yo había comprado demasiadas cosas con una cifra escrita en una hoja.

Me quedé en el pasaje porque marcharse costaba. Necesitaba saber qué podía pagar antes de improvisar otra vida.

Inés pasó unos meses con su padre y luego compartió piso con Clara. Dani no se fue con ella. Se quisieron durante parte de aquel tiempo y dejaron de saber cómo estar juntos durante otra.

Mi hija seguía hablando con él alguna vez. No me daba un informe.

Dani siguió trabajando. Dejó el segundo B y alquiló con un compañero un espacio para sus equipos. Visitó a su madre cuando decidió hacerlo. También hubo meses en los que no fue.

Paco y Chon se quedaron.

Paco volvió a ayudar con averías, pero preguntaba antes de entrar. Chon decía que a su edad había descubierto el timbre y que todavía estaba en garantía.

Una vez Luis se dejó las llaves dentro. Paco no tenía copia. Hubo que esperar a alguien que pudiera abrir con autorización y pagar el servicio. Luis se enfadó por el gasto, Paco se sintió inútil y Chon les dijo que una tarde incómoda no justificaba repartir otra vez todas las puertas.

Se rieron después. En el momento, no.

Lucía siguió en el primero B mientras le correspondió y quiso seguir. Habló con su propietario sin necesitar que Bea tradujera la conversación. Rosa se mudó a una habitación que había elegido ella y tardó meses en escribirme sin tener que adjuntar un documento.

El primer mensaje que no tenía que ver con papeles fue una fotografía de los pendientes buenos.

«Eran más feos de lo que recordaba».

Le contesté que eran estupendos. Me respondió un emoticono de ojos en blanco. Nunca nos hicimos amigas íntimas. No era algo que me debiera.

Alberto me pidió que lo acompañara cuando recogió los últimos muebles del cuarto A. Llamé antes de entrar.

Encontramos una libreta con fechas de riego y dibujos de plantas que su madre había hecho fatal. Alberto se la quedó. El piso se vendió a una pareja que preguntó por el ascensor, la orientación y lo ocurrido.

Durante algún tiempo Leo preguntó si la policía podía volver cualquier día. Raquel buscó ayuda para hablar con él de aquello.

Se cambió de administrador, se revisaron permisos y se dejaron encargos por escrito. Volvimos a discutir por bolsas junto al contenedor y por una lavadora ruidosa. Me alegré el primer día en que una reunión acabó sin mencionar a Bea.

A mí me costó más no mencionarla dentro de la cabeza.

El día en que se rompió una tubería llamé primero a Paco por costumbre.

Me dijo que no podía. Estaba con Chon en una cita médica.

Le dije que no pasaba nada y busqué a un profesional.

Cuando recibí la factura me dolió el dinero, pero no tuve que guardar una deuda sin cantidad para el resto de mi vida.

Aun así, hubo favores que acepté. Que Pilar me cambiara un turno. Que Quique me acercara cuando llovía. Que Lucía me recogiera un paquete, después de avisarme.

No quería salir de aquella historia convertida en una mujer que creyera que pedir ayuda era un peligro. Esa habría sido otra forma de dejarle a Bea la última decisión.

Cuando por fin encontré comprador para el tercero B, ya no intenté ocultarme que tenía ganas de irme.

Era una pareja con una niña pequeña. Vieron la vivienda varias veces y supieron lo que había pasado en la cocina.

El precio fue distinto del primero. Compré un piso más pequeño, más cerca del trabajo. Las cuentas seguían siendo ajustadas, pero podía hacerlas sin que nadie me prometiera que luego se arreglarían.

Inés vino el último domingo a ayudarme a embalar.

—No lo metas todo por culpa —dijo al verme guardar una fuente que nunca había usado.

—También puedo guardarla porque me gusta.

La miró.

—¿Te gusta?

Era feísima.

La dejamos fuera.

Nos llevamos la fuente azul de los peces, envuelta en una toalla corriente, algunas fotografías, la maceta pintada por mi madre y el abridor del cajón.

El almirez no volvió a nuestra cocina. Cuando pudimos decidir qué hacer con él, no lo quise. Mi madre no necesitaba que conservara cada objeto que había tocado, y mucho menos aquel.

Al vaciar la última balda encontré una caja de llaveros.

Había publicidad de una inmobiliaria que ya no existía, un muñeco de una gasolinera, una bola de goma partida y una cinta roja con el nombre de una playa. Mi madre guardaba esas cosas porque «nunca se sabe».

Inés se sentó en el suelo y fue sacándolas una a una.

—¿El pez te lo han devuelto? —preguntó.

—Sí. Está con los papeles que guardé.

Asintió.

—No lo tires.

—No.

—Pero no le pongas otra llave.

La miré. Estaba acariciando el borde de la cinta roja con un dedo.

—De acuerdo.

Guardamos la caja sin decidirlo todo. Había objetos que podían esperar sin mandar sobre nosotras.

Al anochecer bajamos la última bolsa. Paco sujetó el portal. Chon estaba sentada en una silla porque le dolía una rodilla y no pensaba perderse una despedida por culpa de una articulación.

Me abrazó cuando me acerqué.

—Ven a vernos. Pero avisa, que a lo mejor no nos viene bien.

Le prometí hacerlo.

Arriba, en el tercero B, dejamos las persianas a media altura. Las paredes seguían teniendo marcas de cuadros que ya no estaban. Otra persona decidiría qué hacer con ellas.