Todos Tenían Llave Capítulo 28
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Capítulo 28

La primera noche en el piso nuevo dormí con una silla detrás de la puerta.

No se lo dije a Inés. No porque quisiera esconderle una cosa importante, sino porque me avergonzaba haber pagado por una cerradura y seguir confiando más en una silla de cocina.

A la mañana siguiente la aparté. No hice una ceremonia. Necesitaba salir a comprar leche y me estorbaba.

La casa olía a pintura, cartón y al jabón del anterior propietario. La cocina era pequeña. Desde la ventana se veía una pared con una parra que alguien cuidaba desde otro patio. No conocía a nadie que pudiera decirme cómo se llamaba la persona que la regaba.

Dejé los cuchillos en un cajón distinto al de los tenedores. Era incómodo. Al día siguiente cambié de idea. Nadie lo comentó.

Inés vino a comer el sábado.

Trajo una planta y dos bocadillos porque había supuesto, con razón, que yo todavía no encontraría las sartenes. Se quitó los zapatos junto a la puerta y preguntó si podía dejarlos allí. Le dije que sí. Más tarde casi me caí al pasar y los apartamos entre las dos.

Mientras comíamos me contó que Dani había conseguido varios días de trabajo seguidos. No me pidió que me alegrara demasiado ni que fingiera que no me importaba. Le pregunté si seguían hablando.

—A veces.

—Vale.

Me miró para comprobar si vendría otra pregunta. No vino.

Después le enseñé el pequeño dormitorio que podría usar cuando quisiera quedarse. No era «su cuarto» en el sentido de que yo pudiera medir cuánto lo ocupaba. Había una cama, una estantería y una caja que todavía decía SALÓN porque habíamos reutilizado el cartón.

Inés abrió la ventana.

—Se oye menos de lo que pensaba.

Nos quedamos escuchando. Un motor arrancó abajo. Alguien sacudió una alfombra. La parra se movía un poco.

Saqué una llave de un sobre y la puse sobre la estantería.

—Esta es para ti. Cuando quieras entrar. Si prefieres no llevarla, la guardo.

Mi hija la cogió.

—La llevo.

No le pregunté a quién se la dejaría ni cuánto tardaría en devolvérmela.

Hablamos de cosas concretas. Que me avisara si venía con alguien.

Que yo no entraría en su habitación cuando se quedara sin llamar.

Que si perdía la llave me lo dijera enseguida, sin esperar a encontrar una explicación que me gustara.

—Lo mismo para ti —dijo.

Asentí.

Me dio una copia de la de su piso con Clara. Habían hablado las dos antes de decidirlo.

—Por si pasa algo —explicó—. No para traerme táperes cuando no esté.

Me reí.

—¿Ni croquetas?

—Me llamas.

Guardé la llave en un sobre donde escribí su dirección. No la mezclé con la mía. El gesto era pequeño y un poco ridículo, pero necesitaba aprender también con las manos.

Cuando se fue, me quedé buscando un sitio para la planta. La cambié tres veces. En la cocina no tenía suficiente luz, en el salón estorbaba para abrir una ventana y en el dormitorio olvidaría regarla. Al final la puse junto a la puerta del balcón.

Mi madre habría tenido una opinión.

La dejé allí.

Esa tarde llamaron al timbre.

Era una vecina que se presentó con el nombre de Pilar. Le dije que mi encargada se llamaba igual y nos reímos con la cortesía de dos personas que todavía no tenían nada que decirse. Traía un paquete que habían dejado en su puerta por error. No lo había abierto.

—No sabía si estabas.

—Estoy. Gracias.

Me preguntó si necesitaba algo con la mudanza. Dije que de momento no. Ella señaló el techo y me explicó dónde vivía, por si cambiaba de idea.

No le conté mi historia para advertirle de cómo debía tratarme. No le pedí que demostrara que podía fiarme. Era una mujer devolviendo un paquete en una tarde de sábado. Podía dejarla ser eso.

Cerré la puerta y llevé la caja a la mesa.

Dentro había un estante para el baño y una bolsa de tornillos que se abrió al sacarla. Se me cayeron varios al suelo. Me agaché para recogerlos uno a uno.

Encontré el último debajo de la pata de una silla.

Me quedé inmóvil un momento. Después lo levanté y lo dejé con los otros. Llamé a Inés para preguntarle si había llegado bien. Contestó que sí, que estaba comprando pan, que luego hablábamos.

No comprobé dónde estaba en ninguna otra parte.

Por la noche hice la cama, apagué la luz del salón y fui hacia la puerta para colocar la silla. La cogí por el respaldo. Me detuve.

La llevé a la mesa.

Antes de acostarme miré el móvil. Tenía una fotografía de Chon con la cinta reflectante del bastón enrollada en la muñeca. Paco había escrito: «Dice que ahora es para salir de noche».

Les respondí que me avisaran.

Luego dejé el teléfono en la mesilla y apagué.

No estaba todo bien.

Estaba en casa.