Capítulo 26
Cuando declaré en el juicio, casi dos años después, el pez seguía sin cola.
Me enseñaron una fotografía del llavero, iluminada para que se vieran también las cosas que yo nunca había mirado.
Reconocí la llave.
Me preguntaron dónde la encontré y cuándo la recogí. Era la misma secuencia de otras veces, pero ahora Bea estaba a unos metros y Alberto escuchaba desde un lugar donde yo no quería mirarlo.
—¿Decidió ocultarla porque pensó que su hija podía estar relacionada con lo que había encontrado?
—Sí.
No utilicé la palabra «proteger» para hacer más agradable mi respuesta.
—¿Y no se lo dijo a la policía hasta el miércoles?
—No.
El abogado volvió a algunas preguntas. La posición del cuerpo, el zapato, la silla. Si la llave podía haber estado allí desde antes. Si yo podía asegurar que la llevaba Inés ese lunes. Si había hablado con mi hija antes de entregarla.
—¿Quiere que creamos ahora que esa fue la única cosa que retiró?
Sentí el calor del mensaje de Bea en el grupo. Quise contar todas las cosas que había hecho bien. Ninguna contestaba a aquella pregunta.
—Fue la única cosa que retiré antes de la llamada.
—Pero no lo declaró así desde el principio.
—No.
Conté lo que vi el viernes en la puerta del segundo B, lo que escuché por teléfono y cómo salieron Inés y Dani.
Antes de terminar, me preguntaron por el bolso blanco.
Hasta yo había llevado aquel bolso, una tarde en que Bea me pidió que sujetara sus cosas mientras acomodaba a mi madre en un coche.
—¿Y el paño? —preguntaron.
Expliqué que lo había bordado Amparo para Dani, que acabó después en su cocina y que cualquiera que cocinara allí pudo utilizarlo.
Me costó no mirar hacia Alberto para comprobar si le estaba haciendo daño.
Me preguntaron cuándo había empezado a sospechar de Bea.
No había una fecha limpia. Podía recordar la respuesta sobre Rosa, el mensaje del grupo, la visita que admitió después de negarla.
También podía recordar haber sospechado de Tomás al verlo con un sobre, de una mujer a la que acababa de conocer porque reclamaba dinero y de mi propia hija antes de escucharla.
Lo dije.
Tuve que detenerme y pedir que repitieran una parte de la pregunta. Había ensayado respuestas dentro de la cabeza durante meses, pero en aquella sala no servían las que solo estaban hechas para que yo saliera de ellas siendo una persona decente.
—¿Recibió una llamada del señor Robles antes de acudir al segundo B?
Al oír el apellido tardé en reconocer a Dani. Respondí que sí. Expliqué su llamada y mi aviso a los investigadores; después, la llamada a Inés y la petición de ayuda al 112.
Me preguntaron cuánto tiempo había pasado.
Los registros fijaban las horas. Yo recordaba el tenedor sobre el táper, el primer tramo de escalera, la mano de Paco.
Hubo una pausa. Me ofrecieron agua.
Al levantar el vaso me tembló la mano y derramé un poco sobre la mesa. Una persona me acercó un papel. Lo sequé, lo doblé y no supe dónde dejarlo. Me señalaron un lugar.
Ese gesto pequeño me permitió seguir.
Me preguntaron también por la nota de mi madre: quería que devolvieran el dinero y dejaran de usar su nombre.
Reconocí la nota cuando me la mostraron.
Al terminar quise mirar a Bea.
Lo hice.
Tenía el pelo más corto. Llevaba una chaqueta azul que no conocía y la misma manera de sujetarse una mano con la otra cuando esperaba algo que no le gustaba. No parecía una desconocida. Me habría resultado más fácil si lo hubiera parecido.
No bajó los ojos.
Durante meses organizamos la vida alrededor de citaciones, informes y demoras. Entre tanto, Inés cumplió veinte y luego veintiuno. Yo cambié de gafas. Quique tuvo que operarse de una rodilla. El caso ocupaba tiempo de nuestras vidas, no un paréntesis aparte.
Inés había reconocido la agresión y respondido por ella. Hubo consecuencias que cumplir, dinero que pagar y conversaciones en las que no pude sustituirla. No entró en prisión. La herida que había causado quedó separada de la muerte posterior.
Mi ocultación se examinó y acabó sin condena contra mí. Eva me explicó las razones jurídicas. Ninguna podía devolverle a Inés la confianza exacta que me tenía antes.
Dani, con asesoramiento propio, declaró sobre el lunes, la bolsa y el viernes.
Lo vi salir después, caminando demasiado deprisa por el pasillo. Se detuvo junto a una máquina de bebidas, apoyó una mano en la pared y se quedó así unos segundos.
Inés estaba conmigo.
—¿Quieres ir? —le pregunté.
Ella asintió.
Me quedé donde estaba. Vi cómo hablaban. No se abrazaron al principio. Después Dani bajó la cabeza y mi hija le puso una mano en el brazo. No volví a interpretar aquel gesto como una promesa sobre el resto de sus vidas.
La sentencia llegó más tarde.
Bea fue condenada por matar a Elvira. La sentencia distinguía el golpe mortal de las lesiones causadas antes por Inés.
Las cuentas tuvieron su propio recorrido. Rosa recuperó la fianza mediante un acuerdo documentado. No tuvo que renunciar a la verdad de aquellos meses para cobrar.
Alberto me llamó la tarde en que supimos el fallo.
—Ya está —dijo.
Los dos sabíamos que no estaba todo.
Me preguntó por Inés. Le dije que estudiaba y acababa de empezar unas prácticas.
—Me alegro —contestó.
Luego me contó que su hija había encontrado uno de los audios de Elvira leyendo un cuento. Lo escuchaba algunas noches. Había una frase en la que su abuela se equivocaba y volvía a empezar. A la niña le hacía gracia.
Después de colgar fui a recoger a Inés. Habíamos quedado para comer en un bar cerca de sus prácticas. Llegó tarde y se disculpó sin inventar tráfico. Se había quedado hablando con una compañera.
Pidió una tortilla poco hecha. Yo, una ensaladilla.
—¿Quieres hablar de la sentencia? —pregunté.
—Hoy no mucho.
Asentí.
Me contó que una máquina del laboratorio llevaba toda la mañana dando el mismo error y que al final el problema había sido una cosa tonta. No entendí algunos términos. Le pedí que me los explicara y ella lo hizo sin impacientarse demasiado.
Cuando trajeron la comida, había puesto mi bolso en la silla de al lado. Lo retiré para que no estorbara.
Dentro llevaba una sola llave del pasaje.
Iba a dejar de necesitarla pronto.