Todos Tenían Llave Capítulo 25
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Capítulo 25

La explicación de Bea fue cambiando, pero hubo una frase que no cambió nunca.

«Yo me ocupaba».

La leí en documentos y se la escuché mucho después. Al principio me irritaba por lo poco que explicaba. Luego comprendí cuánto le permitía dejar fuera.

Se ocupaba de recoger recetas, de llamar al fontanero, de saber quién tenía una bombona sin abrir, de localizar a Tomás si alguien necesitaba ir al hospital.

Se ocupaba de mi madre cuando yo me quedaba trabajando.

También decidía lo que nos contábamos unos a otros y cuándo teníamos bastante información.

Nosotros habíamos dejado de preguntarle qué permiso tenía.

El lunes por la tarde, Elvira cuestionó ese permiso.

Después de que Inés y Dani le contaran lo del empujón, Bea subió a mi casa. Elvira estaba herida y enfadada.

Bea acabó reconociendo el enfrentamiento por las cuentas. Las palabras que solo ellas oyeron llegaron por su boca; nunca pude darles la misma certeza que al paquete o a los objetos encontrados.

Según Bea, Elvira dijo que no pagaría por ella. Tendría que devolver el dinero de Rosa y explicar los otros cobros. Elvira había participado, pero no pensaba quedarse expuesta cuando se vendiera el piso.

Bea le recordó las noches, los turnos perdidos, la comida que cocinaba para más de una casa. Elvira respondió que no podía cobrarse lo que le pareciera sin decirlo.

El repartidor interrumpió la discusión. Elvira salió a atenderlo. Bea se quedó dentro.

Cuando volvieron a discutir, Elvira le pidió las llaves de mi casa.

Bea dijo que no se las daría a ella. Que yo se las pediría si quería.

Elvira, siempre según ese relato, contestó que yo no se las pediría nunca, porque Bea se encargaba de que le debiéramos demasiado.

No sé si Elvira lo dijo así. Sé que Bea eligió esas palabras para explicar lo que hizo después.

Cogió la mano del almirez y golpeó a Elvira.

Utilizó un objeto de una casa donde llevaba años moviéndose sin pedir permiso.

Después tuvo tiempo de pedir ayuda.

Eso fue lo que más me costó: el tiempo posterior. Pudo sacar el teléfono en vez de la bolsa, pedir ayuda y evitar que Inés siguiera creyéndose responsable de todo.

Bea había querido que yo pensara en la vida entera antes de juzgar un golpe. Yo pensaba también en lo que hizo después del golpe.

Recogió el almirez y la mano, los envolvió en el paño y se los llevó. Nunca reconoció haber visto la llave del pez junto a la silla. Yo la había recogido antes de que nadie pudiera comprobar su posición.

Antes de que yo llegara el lunes, dejó la bolsa en el local. El martes le pidió a Dani que la subiera: eran cosas de Amparo que yo no quería ver.

También el lunes llevó las empanadillas a Chon. Durante meses oí dentro de la cabeza la frase con la que entraría en el primero A: «He hecho de más».

Cuando yo llamé y el edificio se llenó de gente, Bea subió a ayudarme.

Me abrazó en el pasillo.

Eso sí lo sé sin informes.

Me sujetó contra su hombro. Me dijo dónde estaba Inés. Por la noche nos hizo sitio en la cama de su hijo y nos sirvió tortilla.

Había cuidado de nosotras antes de matar a Elvira.

Siguió cuidándonos después.

No podía separar las dos mujeres con un corte limpio para conservar a una y condenar a la otra. Eran la misma persona. Durante mucho tiempo fue lo que más miedo me dio.

Yo seguí estando a punto de llamar a Bea cuando una lavadora se atascó. Dani siguió preguntándose qué estaría cenando su madre. Inés soñaba con la encimera y se despertaba furiosa si yo le preguntaba por tercera vez cómo estaba.

Había mañanas en las que todo el mundo parecía haber aceptado una historia que yo todavía no podía juntar.

Una de esas mañanas fui a la cocina de mi madre y abrí el cajón de los cubiertos.

Saqué los cuchillos, lavé el cajón y volví a guardarlos. Encontré al fondo un abridor, dos gomas y una cuchara de postre doblada.

No había ninguna explicación más.

Cerré el cajón.