Capítulo 23
El sábado por la mañana me despertó el ruido de una cucharilla.
Inés estaba desayunando en la cocina. No había dormido mucho. Tenía el pelo recogido y un cuaderno abierto junto al plato, pero esta vez había escrito varias líneas.
Me senté frente a ella.
—¿Qué haces?
—Cosas que no quiero olvidar.
No intenté leerlas. Fui a poner el café.
En el móvil tenía mensajes de personas con las que no hablaba desde hacía años.
Una prima me decía que estaba para lo que hiciera falta.
Una compañera de un trabajo anterior preguntaba si era verdad lo que se estaba diciendo.
Alguien había compartido una noticia sin saber que la persona de la cocina era yo.
No había una versión correcta en ninguno de los mensajes. Tampoco una forma de corregirlos todos sin pasar a vivir dentro de ellos.
Recio nos citó para lo que quedaba por declarar sobre la tarde anterior. Hablamos por separado. Los resultados del laboratorio tardarían.
La bolsa contenía el almirez y su mano. Me enseñaron fotografías para que confirmara si los objetos eran míos. Reconocí las dos asas, la abolladura que había hecho de niña y el cambio de color en la base. El paño del pato también era el de mi madre, procedente de Bea tantos años atrás.
La identificación no explicaba por sí sola cómo habían llegado allí. Lo dije cuando Eva me lo recordó antes de volver a entrar.
—Lo usábamos todas —expliqué a la inspectora—. Bea cocinaba en esa casa. Elvira también pudo tocarlo. Yo lo he tocado cientos de veces.
No me costaba decir aquello para proteger a Bea. Me costaba porque había empezado a necesitar que fuera culpable de una manera sencilla. No quería añadirle una certeza que los objetos no daban.
Recio anotó los usos habituales y volvió a las fechas. Cuándo lo había visto por última vez. Quién había entrado. Qué recordaba del hueco. Qué había comunicado Dani y desde dónde.
Respondí hasta donde recordaba.
Al salir encontré a Alberto en la calle. Había venido para otras gestiones y se había quedado esperando un taxi. Llevaba la misma maleta del martes; ahora guardaba en ella cosas de su madre.
—Lo han encontrado —dije.
Él no preguntó qué. Debían haberle informado de lo que le correspondiera por otra vía.
Se quedó mirando el tráfico.
—Llevo una semana pensando en la última conversación que no tuvimos. Y ahora voy a pasarme la siguiente pensando en una que sí tuvo con alguien.
No intenté convencerlo de que pensara en los buenos recuerdos.
Fuimos andando hasta una cafetería. No hablamos del dinero al principio. Habló de su hija, que no sabía cómo despedirse de una abuela que recordaba sobre todo por las notas de voz. Elvira le mandaba cuentos leídos con una voz seria, sin hacer personajes. A la niña le gustaban precisamente por eso.
Era una Elvira que yo no había conocido.
Alberto abrió una fotografía. La mujer sentada en mi cocina aparecía con una corona de cartulina torcida, sosteniendo una muñeca sin un zapato. Se le veía la encía de arriba al reír. Nunca la había visto reír así.
—No sé si tendré derecho a enfadarme con ella por lo otro —dijo.
—No creo que tengas que pedirle permiso a nadie.
Guardó el móvil.
—Pues estoy enfadado. Y quiero que hubiera contestado al teléfono para poder decírselo.
Nos quedamos allí hasta que llegó su taxi. Pagué los cafés. Alberto no protestó. Era una de las pocas cosas pequeñas que podía hacer sin intentar cobrarla después en cariño.
Dani me llamó por la tarde. No quería hablar de la bolsa, de la policía ni de su madre. Quería saber si el cargador negro estaba en casa de Quique.
—Sí. Lo tiene Inés.
—Vale.
Se quedó en silencio. Yo esperé.
—A veces me acuerdo de una cosa normal —dijo—. De ella comprando cereales o preguntándome si tenía ropa limpia. Y pienso que todo lo demás se habrá equivocado.
Yo recordaba a Bea con Dani en brazos, una noche entera pendiente de la fiebre, y acompañándolo a sus primeros trabajos.
—Yo también me acuerdo —respondí.
—No sé qué hacer con eso.
No tenía una respuesta. Le dije que buscara compañía, que no tenía por qué decidir aquella tarde cómo iba a recordar el resto de su vida.
Su compañero seguía con él. Habían cancelado un trabajo y Dani estaba enfadado por el dinero que iban a perder.
Me alivió oírlo enfadarse por algo que pudiera medirse.
Antes de colgar dijo:
—El martes, cuando subí la bolsa, ella me dijo que no te molestara con más cosas. Que bastante tenías. Esa frase era normal.
Me quedé mirando el aparato del café.
—Lo sé.
—Por eso no pregunté.
Después de la llamada apunté la frase: «Que bastante tenías».
Por la noche, Inés me enseñó una de las fotografías del sobre. Tenía cinco años y salía sentada en el suelo del salón con Dani, un montón de piezas de construcción entre los dos. Mi madre, al fondo, estaba regañando a alguien que no aparecía en la imagen.
—¿Qué decía la nota? —pregunté.
Inés se lo pensó.
—Que no me pusiera la pulsera para ir a la piscina, que se estropeaba.
Nos reímos. Muy poco, pero de verdad.
Luego mi hija volvió a guardar la fotografía.
—No decía nada que solucionara esto, mamá.
Asentí.
Mi madre llevaba meses muerta. Ya había trabajado bastante.