Capítulo 22
Inés había subido en el ascensor con Bea.
Cuando Dani bajó, su madre salió detrás, le quitó el móvil y dijo que no se marchara sin escucharla. Inés intentó recuperar el teléfono de su novio. Bea se lo guardó en el bolsillo, le quitó a Inés el suyo mientras hablaba conmigo y entró en el ascensor.
—Dijo que si quería mis cosas subiera —me contó después—. Yo pensé que iba a cogerlo y salir.
No la interrumpí para explicarle lo que debería haber pensado. Yo había entrado muchas veces en una discusión creyendo que podría salir al recuperar lo que era mío.
Dani subió por la escalera. Encontró la puerta abierta, a Inés en el pasillo y a su madre diciendo que todos se habían vuelto contra ella. Bea cerró detrás de él. Cuando intentó marcharse, lo apartó del picaporte y guardó la llave negra.
No hubo una amenaza grandiosa. Hubo una mujer que decía «cinco minutos» cada vez que alguien le pedía salir.
Inés me contó aquello sentada en el sofá de Raquel. Se detenía para corregir una palabra o para preguntar si yo había oído cierta frase. Le dije que podía descansar. Avisaríamos a Sonia.
—Me ha cogido fuerte —dijo, señalándose la muñeca—. Y me he quedado quieta.
—Estabas intentando salir.
—El lunes empujé a Elvira y hoy me he quedado quieta.
No encontré una frase que explicara las dos cosas sin hacerle daño.
—No son la misma situación —dije al final.
Asintió muy despacio.
Nos atendieron para valorar las lesiones que pudiera tener. Quique llegó con el pelo mojado y una camiseta puesta del revés. Abrazó a Inés cuando ella se levantó hacia él. Después me vio llevarme una mano a la cadera y me preguntó si necesitaba sentarme.
Yo llevaba sentada diez minutos. No se lo dije.
Quique tenía prisa por sacar a Inés de allí y, al mismo tiempo, miedo de irse antes de que alguien le dijera que podía. Pasaba de la puerta al sofá, miraba el móvil y volvía. Raquel le ofreció café. Él dijo que no, luego que sí y por fin se disculpó porque no sabía lo que quería.
Mi hija lo vio andar de un lado a otro.
—Papá, siéntate.
Se sentó inmediatamente. A mí me habría costado conseguirlo con una orden más razonada.
Paco subió un momento para decirnos que Chon seguía en el primer rellano y que no necesitábamos preocuparnos por ella. Nadie había preguntado, pero comprendí que él quería aportar una cosa resuelta. Se quedó junto a la puerta, retorciendo la gorra.
—No he hecho nada —dijo—. Solo sujetar.
Inés levantó la vista.
—Pues gracias por sujetar.
Paco asintió y bajó antes de ponerse a llorar delante de todos.
Raquel me llevó al baño para que viera la marca de la cadera. Había empezado a doler de verdad cuando dejé de estar pendiente de la puerta de abajo. Me ofreció una toalla y me preguntó si quería que saliera. Dije que no.
Mientras yo intentaba recolocarme el pantalón, ella se quedó mirando el espejo.
—El lunes Leo estaba solo un rato —dijo.
No supe por qué me lo contaba entonces.
—Tenía que recogerlo mi hermana y llegó tarde. Yo estaba a diez minutos, pero estaba trabajando. Oí a la gente hablar después de ruidos y de horas y me entró un miedo horrible a que todo acabara siendo sobre eso.
La miré a través del espejo.
—¿Oyó algo?
—No lo sé como quieren que se sepa. Oyó voces. Elvira estaba siempre hablando fuerte. No vio a nadie. Se lo contó a la policía como pudo. Yo también les conté lo de estar solo. No quiero que ahora cada frase de un niño parezca una prueba que tiene que salvar a alguien.
Me apoyé en el lavabo.
—No te voy a pedir que me lo repita.
Raquel soltó el aire. No era la primera vez que una madre se quedaba esperando que yo entendiera algo sin convertirlo inmediatamente en información que pudiera utilizar.
Cuando volvimos al salón, Quique estaba enseñándole a Inés la camiseta al revés. Ella le había señalado la etiqueta y se reía con una mano sobre la boca porque le dolía el brazo al moverse.
Él se levantó para ir a cambiarse al baño. Al pasar junto a mí murmuró:
—No sé qué hacer con todo este miedo.
Le dije que yo tampoco.
Se quedó un momento a mi lado. No hacía falta que volviéramos a vivir juntos para poder sostenernos sin cobrarlo después como una reconciliación.
Recio llegó más tarde. Habló con los agentes, entró en el segundo B y después vino a escucharnos.
Me preguntó por la llamada de las seis y doce, por las palabras exactas de Dani y por qué había pedido ayuda de emergencia después.
Volví a recorrer los hechos. Rosa estaba ya lejos, el piso abierto de mi madre seguía arriba, el cerrajero se habría ido a otro trabajo sin saber en qué había terminado la tarde.
La inspectora no me dejó acompañarla al segundo B.
—No necesita ver nada para darnos su información.
Me quedé en el rellano.
Vi salir la bolsa blanca cuando correspondió. Ya no la transportaba Bea ni contenía favores para una vecina. No podía distinguir desde fuera qué había dentro. No intenté acercarme para confirmar el pato naranja o la forma de un objeto de bronce.
Había llamado porque no sabía. Podía seguir sin saber durante un rato más.
Dani salió después. Tenía los ojos hinchados y una venda limpia en el dedo que se había cortado el martes. Quique se levantó al verlo. Durante un segundo pensé que iba a empujarlo. Solo le puso una mano en el hombro y preguntó:
—¿Puedes ir con alguien?
Dani asintió. Un compañero de trabajo venía a buscarlo cuando terminara lo que tuviera que hacer allí. No quería dormir solo, pero tampoco quería irse con nosotros. Inés lo llamó por su nombre.
Él se acercó hasta el primer escalón. No llegó a abrazarla.
—Lo siento.
—Yo también.
Aquello no resolvió nada entre ellos. Le dejó a cada uno la parte que podía decir sin mentir.
Bea salió acompañada por agentes. La recuerdo por fragmentos: el cuello torcido de la camiseta, una marca roja donde se había rascado, el pelo recogido con una pinza que yo le había regalado en un amigo invisible absurdo entre tres vecinas.
Al verme se detuvo.
—Tú sabes quién soy.
Quiso acercarse, pero no se lo permitieron.
Yo seguía sentada junto a la puerta de Raquel. Mi hija estaba al otro lado del pasillo con su padre. Podía contestar mirando a una u otra.
—Pensaba que sí —dije.
Bea negó despacio, como si me hubiera equivocado en una cuenta sencilla.
—Cuando necesitabas que alguien se quedara con tu madre, sí lo sabías.
La oí entera. Nadie me tapó los oídos ni me explicó que una frase dicha en aquel momento no podía contener nada verdadero.
Se la llevaron.
El edificio no quedó en silencio. Un ascensor subió, alguien cerró una puerta, Chon preguntó desde abajo si podía bajar ya porque llevaba demasiado tiempo de pie.
Luis devolvió a Leo a su madre y el niño quiso saber por qué había tanta gente.
Raquel se arrodilló para hablar con él. No le dio una explicación para adultos en miniatura.
Paco recogió el bastón de Chon. Le puso la mano bajo el codo. Ella se la quitó porque podía bajar el primer tramo sola y volvió a buscarla en el segundo.
Me quedé mirando aquel intercambio hasta que Quique me tocó el hombro.
—Nos vamos.
Subí a cerrar mi casa. No me pidió nadie que fuera valiente ni que la dejara para mañana. Tenía una cerradura nueva y una luz encendida. Eso también necesitaba terminarse.
En el dormitorio encontré la carpeta amarilla donde la había dejado. La guardé de la forma acordada, junto con los demás documentos que debían aportarse. El sobre de Inés estaba sobre la cama.
Me lo llevé.
Antes de apagar, miré la cocina desde el pasillo. La silla seguía apartada. La fuente azul descansaba sobre el aparador del salón. Había una marca clara en la encimera donde el almirez había protegido el material del sol y de las manchas durante años.
No fui a frotarla.
Cerré con una de las llaves nuevas. Bajé por la escalera porque esa noche no quería esperar al ascensor.
En el coche, Inés abrió el sobre de su abuela. Sacó la pulsera y dos fotografías. Leyó la nota sin enseñárnosla.
Después la dobló y la guardó en el bolsillo.
—¿Estás bien? —preguntó Quique.
—No —contestó ella—. Pero quiero ir a casa.
Ninguno preguntó a cuál.