Todos Tenían Llave Capítulo 21
75%

Capítulo 21

Raquel bajó con el móvil en la mano.

Le dije que mantuviera a Leo dentro de su casa. Contestó que ya estaba con Luis, arriba. Lo había llevado allí antes de bajar.

—¿Qué ha pasado? —susurró.

No tenía una explicación que cupiera en un rellano.

Le dije que Bea había quitado el teléfono a Inés y que Dani había llamado antes por una bolsa.

Mientras hablaba comprendí lo ridículo que podía sonar.

Dos jóvenes discutían con una madre. Yo había empezado a temblar.

No había visto un arma ni una agresión. Solo conocía a la persona encerrada dentro y acababa de oír cómo dejaba de poder contestarme.

Llamé otra vez a la puerta.

—Inés, dime si estás bien.

—Estoy bien —respondió.

Su voz vino desde más lejos, no desde el recibidor.

—¿Puedes salir?

No contestó enseguida.

Bea habló por ella.

—Por supuesto que puede salir. Nadie la tiene aquí.

—Pues abre.

El silencio siguiente fue más largo.

Raquel se sentó en un escalón. Yo seguía al teléfono, pendiente de las indicaciones y de los ruidos del otro lado.

Llegó Paco. Chon se había quedado en el primer rellano porque las escaleras le costaban, pero su voz subía perfectamente.

—¡Que dejen salir a la chica!

Paco probó el picaporte sin forzarlo. Yo le aparté la mano.

—No.

Me miró sorprendido y retiró la mano.

Desde dentro se oyó un golpe seco. Una silla, quizá. Inés dijo:

—No me toques.

Lo repetí a la persona del teléfono, con las palabras exactas. La espera dejó de ser una espera normal. Cada segundo tenía espacio para una imagen distinta de lo que podía estar ocurriendo.

Paco golpeó con la palma.

—Bea, soy yo. Abre un momento.

—¡Todos queréis entrar ahora! —gritó ella.

Luego oí a Dani muy cerca de la puerta.

—Mamá, aparta.

Oí las llaves de Dani: había sacado su propio manojo. El cerrojo sonó una vez. Después otro ruido, de metal contra madera, y un forcejeo corto.

La puerta se abrió unos centímetros y volvió a cerrarse contra algo. Vi la zapatilla de Dani en el hueco. Su madre lo empujaba desde dentro, con una mano en el brazo que sujetaba el picaporte.

—No vas a dejarme como si fuera una delincuente —dijo.

La vi por encima de su hombro. Tenía la cara colorada, el pelo pegado a la frente y el móvil de Inés en la mano izquierda. En la derecha no llevaba nada.

—Aparta —repitió Dani.

No la llamó mamá esta vez.

Paco sujetó la puerta cuando el joven consiguió abrirla lo suficiente. No entró. Raquel se levantó del escalón. Yo vi a Inés al fondo del pasillo, junto a la cocina.

Tenía un brazo pegado al cuerpo y miraba hacia el cuarto pequeño.

—Ven —dije.

Bea se giró.

—Aquí no entra nadie.

No sé si me empujó primero o si fui yo quien intentó pasar demasiado deprisa. Recuerdo el marco golpeándome la cadera y la mano de Dani en el hombro de su madre. Recuerdo a Paco diciendo «cuidado» como si estuviéramos moviendo un mueble.

Inés vino hacia la puerta. Bea intentó alcanzarla del brazo. Mi hija se apartó y tropezó con una caja. La cogí por la parte alta de la espalda y tiré de ella hacia mí, sin elegancia y sin fuerza suficiente para parecerme después a nadie valiente.

Salimos al rellano.

Raquel recibió a Inés. Yo quise volver a mirar dentro, pero Paco me sujetó por el codo.

—Ya está aquí. Quédate aquí.

No estaba todo terminado. Dani seguía dentro.

Bea se había apartado unos pasos. Tenía el móvil contra el pecho y miraba a su hijo con una expresión que yo le había visto cuando era pequeño y rompía algo que costaba dinero: ofensa, incredulidad, la expectativa de que él comprendiera el daño y lo reparara inmediatamente.

—Diles lo que hiciste tú —le dijo.

Dani respiraba con dificultad.

—Ya lo he dicho.

—Diles cómo la sacaste de allí. Cómo la dejaste con la cabeza abierta.

Mi hija se tapó los oídos. Raquel la llevó hacia la escalera del tercero. No le pidió que escuchara para defenderse.

Yo seguía viendo a Bea en el marco. Durante un instante pensé que iba a llorar, a sentarse, a dejarse ayudar. Luego vi cómo miraba hacia el cuarto pequeño.

Dani lo vio también.

—No toques la bolsa.

Bea dio un paso.

—Son mis cosas.

Él no intentó arrebatárselas. Se quedó entre ella y la puerta del cuarto. Alto, torpe, con el cuerpo inclinado como si todavía no hubiera aprendido que podía ocupar espacio delante de su madre.

—No la toques —repitió.

El ascensor empezó a subir.

Todos miramos hacia la puerta metálica.

Cuando se abrió, vi uniformes.

La explicación que di fue mala. Demasiadas palabras, nombres sin contexto, mi hija arriba, una bolsa, una muerte el lunes. Uno de los agentes me pidió que me apartara y otro habló con Dani. Repetí dónde estaba Inés y qué había oído por teléfono.

Bea empezó a hablar muy deprisa.

Dijo que era una discusión familiar. Que a la chica la conocía desde que nació. Que nadie la había retenido. Que estaba preocupada porque llevaba días actuando de forma extraña.

Al intentar devolver el móvil, el agente le pidió que lo dejara donde le indicaba. El objeto golpeó la cómoda con un ruido demasiado fuerte.

Dani señaló la puerta del cuarto pequeño.

—Yo he dado aviso de una cosa que puede tener que ver con Elvira. Mi madre no quería que llamara.

Bea se volvió hacia él.

No dijo nada. No necesitó hacerlo para que él bajara la vista.

Pero no retiró la mano que señalaba el cuarto.

Subí al tercero porque Inés me estaba llamando. La encontré sentada en casa de Raquel, con un vaso de agua que aún no había bebido. Tenía roja la muñeca y una marca en el codo. Leo no estaba allí. Luis seguía con él arriba, lejos de la puerta.

Me senté en el suelo, delante de mi hija.

—¿Te duele?

—Sí.

No le dije «solo ha sido un susto».

Debajo de nosotras, el rellano se llenaba de voces. La de Bea seguía siendo la más fácil de reconocer.