Capítulo 20
El pato tenía un ala más larga que la otra.
Lo había bordado mi madre cuando nació Dani.
Quiso copiar un dibujo de una revista y el resultado parecía un pájaro que hubiera discutido con una puerta.
Bea lo utilizó durante años, primero para secar al niño y después para lo que hiciera falta.
Cuando el tejido empezó a gastarse, acabó en casa de Amparo, debajo de cosas que manchaban.
Dani había visto el paño muchas veces. Pero aquella tarde lo reconoció doblado dentro de una bolsa blanca con letras verdes, encima de una de sus cajas de equipo.
—¿Dónde? —pregunté.
—En casa. En el cuarto pequeño. Mi madre lo ha puesto todo ahí porque decía que abajo podían entrar más personas.
Le pedí que no tocara nada más y que saliera si estaba intranquilo. Me oí usar la voz del trabajo, esa voz que servía para parar un carro a tiempo. No bastaba para lo que podía estar pasando al otro lado del teléfono.
—No lo he abierto —dijo—. He visto una parte al coger mis cables. Había algo pesado.
—¿El qué?
—No sé.
—¿Está Inés contigo?
—Ha bajado a comprar agua. Nos íbamos. Yo solo había subido por el cargador y unas cosas para trabajar.
Busqué el nombre de Inés en la pantalla sin cortar la llamada.
—¿Y Bea?
—Ha salido a la farmacia. Vuelve enseguida.
—Dani, habla con tu abogado o con la policía. No muevas esa bolsa.
Oí que respiraba por la boca.
—El martes la metí yo aquí.
Miré el reloj. Seguían siendo las seis y doce, como si el minuto se negara a avanzar.
Dani había recogido sus cosas del antiguo local cuando Bea se lo pidió.
Había varias cajas abiertas, trípodes y cables.
Su madre le dijo que la bolsa blanca no se quedara abajo, que contenía objetos de Amparo que yo no quería ver todavía.
Él la subió. Era pesada, pero las cosas de mi madre llevaban años pesando en las manos de otras personas y nadie había considerado necesario preguntarme por cada una.
—Yo la he subido —repitió.
—Eso es lo que tienes que contar.
—¿Y si piensan…?
—No sé lo que pensarán. Si la cambias ahora de sitio, tendrás que contar también eso.
Hubo un ruido de llaves.
Dani dejó de hablar.
—¿Ha vuelto? —pregunté.
—Sí.
—Sal al rellano.
—Ahora te llamo.
La llamada se cortó.
No me levanté a correr. Ese detalle todavía me avergüenza cuando lo recuerdo. Me quedé unos segundos mirando el tenedor sobre el táper, esperando que el teléfono volviera a sonar y convirtiera todo aquello en una confusión.
Llamé a Recio. No contestó. Llamé al número por el que nos habían indicado comunicar incidencias y expliqué qué acababa de decir Dani, con la dirección completa.
Dije que podía haber un objeto relacionado con la investigación en una bolsa del segundo B y que Dani se había quedado dentro con su madre.
Me pidieron que no interviniera ni intentara recuperar el objeto. Tomaron los datos y dijeron que lo trasladaban. Aquello no era una promesa de que alguien aparecería en el tiempo que mi cuerpo estaba empezando a necesitar.
Llamé a Inés.
Contestó enseguida.
—Estoy abajo. Dani me ha dicho que espere. ¿Qué pasa?
Le expliqué lo mínimo. El paño, la bolsa, la llamada. Le pedí que no subiera.
—Ya viene —dijo ella.
Oí el timbre del ascensor al fondo. Luego voces. La de Dani, primero, y la de Bea después.
—No te vayas así —decía Bea.
No estaba gritando.
Inés se apartó del móvil.
—Solo queremos irnos a casa.
—Pues antes hablamos.
—Luego.
Hubo un ruido brusco, como si alguien golpeara una mochila contra el ascensor. Mi hija soltó una exclamación. Después oí a Dani:
—Dámelo.
—Inés —dije—. Contéstame.
La voz de Bea se acercó al teléfono.
—No hace falta montar otro espectáculo.
La llamada terminó.
Entonces sí me levanté.
Cogí las llaves nuevas, abrí y salí al rellano. Llamé al 112 mientras bajaba el primer tramo, explicando lo que había oído y que temía que alguien no pudiera salir.
En el segundo no había nadie. La puerta de Bea estaba cerrada.
Llamé con los nudillos.
—Bea. Abre.
Desde dentro llegó la voz de Dani.
—Marta, espera.
Al otro lado de mi teléfono, la persona que atendía la llamada me pidió que describiera la situación y me mantuviera a salvo.
Dije que oía a mi hija dentro. No había escuchado golpes nuevos.
La puerta estaba cerrada. Había una muerte reciente en el edificio y había dado ya aviso a los investigadores de un objeto.
Bea gritó desde dentro:
—¡Déjanos hablar tranquilos!
La voz sonó más alta de lo necesario, demasiado preparada para llegar a todas las plantas.
La puerta del tercero A se abrió arriba. Raquel apareció con la mano todavía en el picaporte. Le hice una señal para que esperara.
—Han llamado a la policía —dije, para que se oyera también dentro.
Se hizo un silencio corto.
Después Bea respondió:
—Pues que venga. Así lo contamos todo.
Me quedé frente a una puerta que había atravesado durante cuarenta años, tantas veces que todavía conocía la baldosa que crujía al otro lado.
No tenía llave.