Capítulo 19
El mensaje apareció mientras esperaba al cerrajero.
Lo mandó Bea al grupo de la comunidad, donde todavía figuraba el número de Elvira. Su fotografía seguía siendo una maceta de geranios. Nadie se había atrevido a quitarla.
«Pido un poco de prudencia. Hay personas que están contando versiones incompletas de lo que pasó el lunes. Todos queremos proteger a nuestros hijos, pero no a costa de señalar a quienes llevamos años ayudando. La policía tiene que saber TODO».
No nombraba a Inés. Tampoco hacía falta.
Alguien respondió con unas manos juntas. Otro vecino preguntó si había novedades. Raquel escribió «por favor, por aquí no». Tomás salió del grupo.
Me quedé mirando la pantalla con un calor que me subía desde el estómago. Quería escribir veinte cosas, empezando por «mi hija ya ha contado lo que hizo» y terminando con preguntas sobre el dinero que no tenía derecho a convertir en acusaciones públicas.
Abrí el cuadro de respuesta.
Tecleé: «Años ayudando no te dan derecho…».
Lo borré.
Probé: «No permito que se hable de Inés…».
También lo borré. Llevaba la vida entera diciendo que no permitía cosas que no podía impedir y pidiendo disculpas por otras que sí dependían de mí.
Guardé el mensaje y se lo envié a Sonia. Me pidió que no respondiera en caliente.
Luego llamé a mi hija.
—Ya lo he visto —dijo antes de que pudiera explicarle.
—¿Estás bien?
—Estoy enfadada.
Al fondo se oía una máquina de café. Seguía con Dani.
—Él le ha dicho que lo quite —añadió—. Y ella le ha preguntado de qué lado está.
Miré la puerta abierta de la cocina.
—¿Y qué ha contestado?
—Que no quería tener lados.
Pensé que aquella respuesta le duraría poco.
El cerrajero llegó con una mochila, una caja y un presupuesto que me enseñó antes de empezar.
Le expliqué que necesitaba nuevas llaves y le pregunté qué partes cambiaba.
Contestó lo suficiente para que yo entendiera el trabajo, sin convertirlo en una clase.
No preguntó por el precinto retirado ni por la mirada que yo echaba al pasillo cada pocos segundos.
Mientras trabajaba, llamó Paco al timbre del portal.
—Subo con la fuente.
Le dije que no hacía falta. La policía le había indicado que podía devolverla después de las comprobaciones que hubieran considerado. Le dije que no tenía por qué subir la fuente desde el primero. Ya bajaría yo.
—Estoy abajo ya.
Entró justo cuando el cerrajero terminaba. Miró el bombín retirado encima de un papel y luego la puerta.
—Es lo suyo —dijo.
No preguntó si le daría copia. Agradecí que no me hiciera decir que no delante de un desconocido.
Dejó la fuente sobre el aparador del salón. No pasó a la cocina. Me enseñó la esquina astillada y dijo que llevaba así mucho tiempo, que no la había roto Chon. Aquella preocupación pequeña me hizo quererlo más de lo que había conseguido querer a nadie esa semana.
El cerrajero me dio las llaves en un sobre. Probé una, pagué y guardé la factura. Él recogió sus cosas. Paco se apartó para dejarlo salir.
Al quedarse conmigo se quedó mirando el bombín viejo.
—¿Lo tiro?
—No. Lo guardaré.
—Claro.
Lo dijo sin ofenderse. Lo metí en una bolsa y lo aparté por si debían verificar algo más. No podía deshacer las entradas anteriores, pero al menos esa decisión ya no iba a perderse dentro de un cubo.
Paco fue hasta la ventana del salón. Abajo se veía a un niño golpeando un balón contra una pared. El ruido era regular, casi tranquilizador.
—Amparo me pidió que arreglara la puerta del dormitorio pequeño en abril —dijo—. Elvira quería poner un cierre.
Me volví.
—¿Qué cierre?
—Uno sencillo. Para separar la habitación del resto cuando viniera gente. Yo dije que no. Que era una casa, no una pensión. Tu madre me oyó y se puso hecha una fiera.
—¿Contigo?
—Con todos. Conmigo también, por hablar como si ella no estuviera.
Se pasó la palma por el pantalón.
Yo recordaba aquella puerta atascada. Bea me había dicho que Paco no podía arreglarla hasta encontrar una pieza. Al final mi madre dejó de cerrarla. No sabía que detrás de la avería hubiéramos estado otra vez discutiendo sobre quién podía decidir dentro de su casa.
—¿Lo has contado?
—No me habían preguntado por abril.
Me senté. Estaba agotada de encontrar hechos importantes guardados dentro de respuestas técnicamente correctas.
Paco lo entendió sin que yo se lo explicara.
—Lo contaré.
Después hablamos de cosas que no tenían que ir a ninguna declaración.
Del vecino del antiguo local, que arreglaba radios y gritaba al fútbol sin encender la televisión.
De mi padre subiendo un armario que nunca cupo por el ascensor.
De una vez que Bea y yo pintamos el techo de la cocina y dejamos una huella de mano que mi madre no quiso tapar durante años.
—Ella también tiene recuerdos aquí —dijo Paco.
—Ya.
—No te lo digo para defender nada. Te lo digo porque va a doler igual aunque al final todo sea verdad.
No quise preguntarle qué entendía por «todo». Quizá no pensaba en el asesinato. Quizá solo en el dinero. Yo tampoco sabía cuánto podía sostener mi cabeza a la vez.
Me ayudó a abrir la ventana que daba al patio. Desde abajo llegó la voz de Chon.
—¡Paco! ¡El pan!
Él cerró los ojos.
—Se me ha olvidado.
Le di dos rebanadas del que acababa de comprar. Las aceptó como si fueran una pieza de recambio imprescindible.
Cuando se fue, comprobé la cerradura nueva. Cerré y abrí. Volví a cerrar sin hacerlo dos veces por miedo. Dejé una llave para Inés dentro del sobre de su abuela. Después la saqué. No tenía por qué recibirla escondida dentro de un regalo.
La puse aparte.
El silencio de la casa era distinto. Al otro lado de la puerta seguía habiendo personas con mi número de teléfono, mis recuerdos y suficientes opiniones para llenar el patio. Ya no tenían una forma automática de entrar.
Me senté en el suelo del salón, donde no podía ver la cocina, y abrí el táper que Quique me había preparado por la mañana. Comí una ensalada templada con un tenedor de plástico.
A las seis y doce me llamó Dani.
—Marta, ¿tu madre tenía un paño de bebé con un pato naranja?
La pregunta me hizo dejar de masticar.
—Sí. Era tuyo.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso lo he reconocido.