Todos Tenían Llave Capítulo 18
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Capítulo 18

No se abalanzó sobre los papeles. No intentó arrancarme el móvil.

Hizo algo mucho más difícil de reconocer a tiempo: sonrió con cansancio y puso una mano sobre el hombro de mi madre en una fotografía que seguía en la cómoda.

—Te vas a encontrar cosas de todos los días que, vistas ahora, parecen otra cosa.

Yo estaba sentada en la cama. Me levanté y dejé el teléfono a la vista.

—No he acabado de leer.

—Tu madre se enfadaba. Luego se le pasaba.

—Aquí pone que quería devolver el dinero.

Bea miró la hoja. No fingió sorpresa.

—Y lo hablamos.

—¿Conmigo?

—Con ella.

La ventana daba a la calle, tres plantas más abajo. Solo podía salir por la puerta, pasando junto a Bea. Me molestó estar calculándolo.

Ella dejó la bolsa de basura sobre una silla.

—He venido a echarte una mano.

—No te la he pedido.

La frase la hirió. Lo vi. Y aún hoy no sé separar del todo cuánto había de dolor real y cuánto de una respuesta que le servía.

—Vale —dijo—. Pues no te ayudo.

No se fue.

Me preguntó qué pensaba hacer con la casa. Le contesté que no lo sabía. Preguntó si había hablado con el comprador y le dije que eso no tenía que ver con lo que estábamos hablando.

—Tiene todo que ver. Tú vas a vender, vas a coger tu dinero y te vas a marchar. Como siempre. Los demás nos quedamos recogiendo.

—No he vendido nada.

—Pero ya lo has calculado.

Lo había calculado. Había dividido trescientos dieciocho mil euros en una vivienda posible, gastos, deudas y un resto que en mi cabeza siempre crecía porque no quería mirar lo que costaban las cosas. Negarlo habría sido otra manera de darle a Bea el control de la conversación.

—Sí. Quiero poder irme.

Se apoyó en la cómoda.

—¿Y qué pasa con los que no podemos?

No supe qué contestar. Su piso era suyo, aunque aún pagaba cargas que yo no conocía bien. Vender tampoco le proporcionaría otra casa por arte de magia. Aun así, no entendía por qué mi deseo de marcharme debía convertirla en dueña de lo que yo callaba.

Sonó mi móvil. Alberto.

Bea miró la pantalla.

—Ahora vais a ser muy amigos.

Contesté delante de ella.

—Estoy arriba. Sube si puedes.

No añadí nada. Alberto dijo que estaba en el portal y que llegaba.

Bea retiró la mano de la fotografía.

—Yo quería a tu madre.

—Lo sé.

—No lo digas como si no importara.

Miré la hoja sobre la cama.

—Importa. Esto también.

Alberto llamó, no entró. Fui a abrir. Cuando volvió conmigo al dormitorio, Bea recogía la bolsa de basura. Al pasar a nuestro lado le dijo que sentía mucho lo de su madre. Él le dio las gracias con una educación tan seca que hizo daño escucharla.

La puerta se cerró.

Alberto dejó su carpeta junto a la mía. No tocó la hoja de Amparo hasta que yo le indiqué que podía leerla. Después se quedó largo rato mirando los dos nombres.

—Mi madre sabía que Rosa pagaba —dijo—. Y no solo lo sabía.

Sacó una copia de un cuadro de cantidades. No era una contabilidad sofisticada. Meses, iniciales, recibos y una columna titulada «gestión». Al lado de varios pagos había un reparto. La letra era de Elvira.

—Hay tachones y cosas pendientes —añadió—. No sé cuánto llegaron a repartirse. Pero mi madre no era alguien que pasaba por allí.

Le conté que había fotografiado los recibos que Bea me enseñó. Coincidían algunas fechas. No todas. El resto tendría que comprobarlo quien pudiera acceder a los pagos reales.

—¿Por qué has venido a decírmelo tú?

Alberto se sentó en la silla donde Bea había dejado la bolsa.

—Porque ayer me preguntaste por ella como si yo necesitara que la defendieras. No necesito eso. Necesito que no la cambien tanto que luego no sepa a quién echar de menos.

Pasó otra hoja. Era una anotación de Elvira sobre una cantidad que debía volver a Rosa. Había escrito «antes del viernes» y, debajo, «no lo pienso asumir yo».

La fecha era de la semana anterior.

—Mi madre quería cerrar las cuentas antes de hablar con el comprador —dijo—. No sé si por vergüenza, por miedo a una reclamación o porque iba a salir todo al revisar los pisos. Eso son cosas que pienso yo. No está escrito.

Le enseñé el audio de abril. No la fotografía de las torrijas. Había cosas que seguían siendo mías aunque pudiera ayudar a alguien a entenderlas.

—Tu madre lo intentó —dijo.

Asentí.

—Y la mía decidió otra cosa.

Alberto no lloró. Se pasó un dedo por el borde de una funda de plástico hasta dejarlo blanco. Yo conocía ese gesto de Elvira, la manera de alinear una hoja mientras pensaba.

Llamamos a Recio y explicamos los hallazgos. Nos indicó cómo guardar y aportar las hojas.

Alberto me ayudó a llevar una bolsa de ropa al salón. Evitó mirar la cocina. Antes de irse se detuvo frente a la fotografía de Amparo.

—Mi madre hablaba de ella como si estuviera siempre dándole trabajo. Y sin embargo todos los días encontraba una excusa para bajar.

Se quedó callado.

Pensé que quizá la soledad también había tenido llave de mi casa, pero no se lo dije. Habría sido una frase bonita y no le habría devuelto nada.

Cuando me quedé sola, llamé al cerrajero cuyo número me había pasado Quique. Le pedí cambiar el bombín y acordamos una hora para esa misma tarde.

Después llamé a Inés para decirle que había encontrado su sobre.

Mi hija contestó desde una calle con mucho tráfico.

—Voy a ver a Dani un rato.

—¿Dónde?

—Fuera. Mamá, no voy a su casa.

No le pedí que me lo jurara.

Le dije que le guardaba el sobre y se lo daría cuando quisiera.