Todos Tenían Llave Capítulo 17
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Capítulo 17

El viernes abrí una lata industrial de tomate y me corté.

No fue grave. Un tajo pequeño en el lateral del dedo, suficiente para que Pilar me apartara de la mesa y me mandara limpiarme mientras otra compañera acababa lo que yo había empezado.

—No me demuestres nada —dijo—. Si no puedes, no puedes.

Me puso delante una caja de apósitos azules. Estábamos trabajando.

Volví a una tarea más sencilla y pasé la mañana pesando pasta, comprobando etiquetas y contestando a preguntas que tenían respuestas.

Tantas raciones. Esta bandeja sin aquello.

Este carro no sale todavía. Había olvidado lo que descansaba la cabeza cuando un error podía corregirse antes de que alguien se lo comiera.

Me pusieron a trabajar junto a Sandra, una compañera que llevaba poco tiempo y a la que yo había corregido demasiado la semana anterior. Era rápida, pero todavía no conocía dónde se guardaban las cosas cuando no estaban donde debían.

Pilar le dijo que se encargara de la mesa y que me dejara a mí las bandejas.

Sandra asintió. Me molestó durante un segundo que me quitaran una responsabilidad que sabía hacer dormida.

Luego moví una pila de bandejas y golpeé el borde con la cadera, en el mismo sitio donde me había hecho daño con el cajón de mi cocina.

Me quedé quieta.

Sandra levantó la vista.

—¿Estás bien?

—Sí.

Iba a seguir como si no hubiera pasado nada. Ella apartó una caja y me hizo espacio sin discutirlo. No sabía qué me estaba ocurriendo por dentro y tampoco necesitaba saberlo para dejarme pasar.

A las nueve y media faltaba un paquete de servilletas. Yo estaba segura de haberlo puesto junto al carro. Sandra dijo que lo había guardado en el almacén porque allí estorbaba. Le pregunté por qué lo cambiaba de sitio sin decirme nada.

Mi voz sonó más dura de lo que exigía un paquete de papel.

Sandra se quedó con una bandeja en las manos.

—Perdona.

Me vi desde fuera, lo justo para resultar incómoda: una mujer cansada defendiendo un metro de encimera como si todas las demás cosas que le habían ocurrido pudieran resolverse impidiendo que alguien moviera unas servilletas.

—No, perdóname tú. Me he pasado. Enséñame dónde las has puesto y ya está.

Fuimos al almacén. Estaban en una balda lógica, no escondidas. Sandra había puesto encima una nota para el siguiente turno.

Volvimos sin hablar mucho. Después me preguntó si podía cambiar el orden de un carro porque le resultaba más cómodo para servir. Le dije que probara y que lo viéramos antes de sacarlo.

Volví a mi mesa. Sandra siguió preparando el carro sin pedirme permiso para cada bandeja.

En la pausa, Pilar me ofreció una silla en el pequeño cuarto donde guardábamos los abrigos. Se quedó de pie, comiéndose una manzana.

—Te van a preguntar cosas —dijo—. A mí ya me han preguntado. Les he dicho que tienen trabajo.

Le di las gracias.

—No por eso vas a estar aquí haciéndote la fuerte. Necesito que, si no puedes con algo, me lo digas antes de que se te caiga encima.

Asentí.

Me preguntó por Inés. Contesté que estaba acompañada. No intentó saber por quién ni qué había dicho a la policía. Terminó la manzana y tiró el corazón en el cubo.

—Mañana te mando los turnos de la semana que viene. Miramos qué podemos hacer.

Salió. Me quedé en el cuarto, entre chaquetas que olían a cebolla y a suavizante, y por primera vez aquella semana descansé cinco minutos sin pensar que alguien iba a entrar para pedirme una explicación.

Antes de volver a la cocina encontré un mensaje de Alberto.

«He visto mi apellido en unos papeles de tu casa. No hagas nada antes de hablar conmigo».

Lo llamé. Estaba con un familiar, organizando lo que quedaba por organizar para despedir a su madre. Me dijo que no se refería a algo encontrado después del crimen. Eran copias que Elvira guardaba en su propia carpeta. Había entregado lo relevante a la policía y quería mostrarme una parte.

Le propuse vernos al salir del colegio. No podía abandonar cada tarea en cuanto alguien utilizaba la palabra «papeles». También había alguien esperando que yo acabara de preparar ciento ochenta y nueve comidas.

Al salir del colegio, cogí dos autobuses. En el segundo me senté junto a una mujer que llevaba un ramo envuelto en papel de supermercado. Me pregunté si iría a celebrar algo o a pedir perdón. Luego me molestó estar intentando convertir también su día en una historia.

Rosa y su hermana me esperaban abajo. La hermana se llamaba Nieves y había traído bolsas grandes, cinta de embalar y una expresión que dejaba claro que no estaba allí para oír hablar bien de nadie.

Subimos juntas.

Abrí la puerta de mi casa y me quedé en el umbral.

La primera diferencia fue la silla. Estaba apartada, ya no ocupaba su lugar habitual junto a la mesa. Habían desaparecido el paquete, la taza y el paño. Seguía viendo los objetos que faltaban antes que los que quedaban.

Rosa no me dio prisa. Nieves dejó las bolsas en el pasillo y abrió una ventana del salón después de preguntarme.

Ese «¿te importa?» casi me hizo llorar.

No entramos en la cocina. Fuimos al dormitorio. En el altillo había dos cajas rotuladas con el nombre de Rosa, una maleta vieja y una bolsa con mantas. Ella identificó cada cosa antes de bajarla. Nieves no permitió que me subiera a una silla que cojeaba.

—Si encima te caes, no salimos de aquí en toda la mañana.

Encontramos los pendientes, el libro de la foto de agosto y una bolsa de zapatos que Rosa abrió para comprobar que estaban todos. Se quedó mirando unas zapatillas de mi madre mezcladas con los suyos.

—Estas no son mías.

Las saqué. Una llevaba una gota seca de pintura blanca en la punta. Mi madre había pintado una maceta un mes antes de morir, enfadada porque le habíamos dicho que descansara.

Debajo de las zapatillas había una carpeta amarilla. No era de Rosa. La había dejado mi madre en el altillo después de una discusión, según recordaba ella, para que nadie se la ordenara.

No la abrí de inmediato. La dejé sobre la cama y terminé de bajar las cajas.

Al abrir la última vimos un sobre cerrado con el nombre de Inés. Pregunté a mi hija si quería que se lo llevara así. Contestó que sí.

Rosa acabó el recuento con una hoja en la mano. No faltaba nada importante. Firmamos una relación de lo que retiraba, como le había recomendado su asesora. La reclamación de la fianza seguía abierta.

Antes de irse dejó su llave azul en una bolsa. Anotamos la entrega, siguiendo las indicaciones que había recibido.

En el pasillo se detuvo.

—Amparo me dijo que no te contara que había vuelto a fumar un día.

La miré.

—¿Cuándo?

—En abril. Dos caladas. Se puso a toser y me dijo que aquello ya no merecía la pena.

Sonreí. Mi madre había dejado de fumar muchas veces. Siempre por decisión propia, según ella, aunque la mitad hubieran coincidido con una bronca.

—Gracias por decírmelo.

—No te lo digo para hacerte gracia. Te lo digo porque a veces la gente guarda secretos pequeños. No todo lo que no sabías era una desgracia.

Se marchó con Nieves y las cajas. Oí las ruedas de la maleta en el rellano y el ascensor que tardaba en llegar.

Me quedé con la carpeta amarilla.

Dentro había facturas, anotaciones de mi madre y una hoja arrancada de un cuaderno. Reconocí su letra, más temblorosa al final de los renglones.

«Hablar con Marta. Rosa no tiene que pagar por estar conmigo. Devolver lo que haya dado. No usar más mi nombre».

Debajo figuraban dos nombres: Bea y Elvira.

Mi madre lo había escrito. Había pedido que me lo dijeran.

Cogí el teléfono para avisar de lo que había encontrado.

Entonces oí una llave en la cerradura.

Bea entró con una bolsa de basura abierta entre las manos.

—Pensaba que ya estabas abajo —dijo.

Se quedó mirando la carpeta sobre la cama.