Todos Tenían Llave Capítulo 16
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Capítulo 16

No se llevaron la tortilla.

Salas habló con Chon, fotografió la fuente y le pidió que la dejara aparte hasta que le indicaran qué hacer.

Ella explicó que la había lavado, que no recordaba la hora exacta y que Bea no le había parecido distinta a cualquier otro día.

No cambió ninguna respuesta cuando él volvió a formular la pregunta.

Yo esperé en la escalera.

En el rellano del segundo escuché un golpe dentro de casa de Bea. Luego la voz de Dani.

—No te estoy pidiendo permiso.

La puerta se abrió. Él salió con una mochila y un casco de bicicleta enganchado a una correa. Bea apareció detrás.

—Lo único que te digo es que ahora no es el momento de ponerte así.

Dani me vio y se detuvo.

—No me pongo así. Me voy a trabajar.

—Después de todo el día, podías quedarte un rato conmigo.

No había nada en aquellas palabras que no hubiera oído antes en otras casas, incluida la mía. Eso era lo difícil. Las frases no venían con un cartel que explicara cuándo eran cariño, cuándo miedo y cuándo una cuerda.

Dani bajó. Yo esperé a que Bea decidiera si cerraba o no.

—Estáis todos muy entretenidos —dijo.

—No estoy entretenida.

—Paco repartiendo llaves, la policía entrando en casa de Chon por unas empanadillas. Si no hubiera muerto alguien, parecería una broma.

—Precisamente ha muerto alguien.

Su expresión cambió. Reconocí la irritación que le producían las respuestas demasiado obvias.

—¿Te han devuelto ya la casa?

La pregunta me sorprendió.

—Recio me ha dicho que podré entrar mañana. Me confirmarán cuándo.

—Bien. Te vendrá bien estar en tus cosas.

Miré por encima de su hombro. El gancho del recibidor estaba vacío. Allí solía colgar el bolso de tela donde llevaba medicamentos, recibos y todo lo que otras personas le pedían que guardara. Blanco, con letras verdes, una costura reparada y una raya oscura en el asa.

Lo había visto mil veces. Hasta entonces apenas me había fijado en él.

—Cuando entremos, Rosa tiene que recoger sus cajas —dije.

—Lo que quede.

—¿Qué quieres decir?

—Que algunas cosas de tu madre ya estaban separadas para donar. Lo hablamos antes de todo esto.

Recordé la conversación del domingo. Había dicho que quería vaciar los armarios y Bea había ofrecido llamar a un hombre que recogía muebles. Yo respondí «lo vemos». Entre nosotras, esa frase llevaba años significando cosas distintas.

—No se lleva nada nadie hasta que yo lo decida.

—Pues díselo tú, porque el hombre había reservado la mañana del viernes.

Sentí un frío pequeño.

—¿Ya lo habías llamado?

—Marta, alguien tiene que hacer las cosas.

No contesté a esa frase. Llevábamos toda la vida usándola como final de conversación.

Le pedí el número del hombre. Me lo dio con enfado, pero me lo dio. Lo llamé desde la calle y cancelé la recogida. Él me explicó que no había ningún problema, que ya tenía otro trabajo en la zona. No sabía nada del asesinato. Solo le habían encargado retirar un armario y varias cajas.

Aún no había ido a medir. Había reservado la mañana con el permiso de Bea, sin hablar conmigo.

Dani me esperaba en la esquina, agachado junto a la bicicleta. Había colocado la mochila en el suelo y estaba intentando ajustar una luz que se le movía en el manillar. Levantó la cabeza cuando me vio.

—No he salido todavía.

No hacía falta explicarlo. La luz seguía sujeta con una goma vieja.

Me agaché a su lado y le sostuve la bicicleta mientras probaba de nuevo. De pequeño había necesitado que le sujetara el sillín una tarde en que Bea no podía bajar. Él juraba que no se acordaba. Yo sí: gritaba que lo soltara y en cuanto lo hacía se enfadaba porque lo había soltado.

La goma se partió.

Dani la tiró a la papelera con una fuerza desproporcionada.

—Todo tiene que romperse hoy.

Le di una brida de plástico que llevaba en el bolsillo de la bolsa de trabajo. No sabía por qué seguía allí. En las cocinas se acaban guardando cosas que luego aparecen en los peores momentos.

La colocó sin hablar. Cuando terminó, encendió la luz y la miró parpadear sobre la acera.

—He contado que la dejé allí —dijo.

Yo seguía sujetando el manillar.

—¿A Elvira?

Asintió.

—No estaba inconsciente. Nos dijo que nos largáramos. Yo pregunté si quería ir a urgencias y ella empezó a gritar. No estoy diciendo que por eso estuviera bien irme. Solo digo lo que hizo.

—Eso es lo que tienes que contar.

—Ya lo he contado, Marta.

Me callé. Le estaba contestando como si aún pudiera volver a aquel lunes y colocar a los chicos en otro sitio.

Dani sacó del bolsillo un manojo de llaves para meterlo en la cremallera de la mochila. La de su casa tenía una funda negra parecida a la de su madre. Había otra del espacio donde ensayaba un grupo y una cinta roja gastada.

—Mi madre siempre sabe lo que hay que hacer —dijo—. Cuando pasó lo del empujón yo quería llamar a alguien. Ella dijo que no me pusiera nervioso, que fuera con Inés, que Elvira necesitaba calmarse. Me pareció mejor que cualquier cosa que se me hubiera ocurrido a mí.

—A mí también me habría parecido.

Alzó la vista.

—Luego vino lo de no contar la discusión —añadió—. Yo le dije a Inés que no. Le mandé el mensaje. Pero cuando me preguntaron por las horas, dije lo que hacía que pareciera menos raro. Pensé que después ya lo ordenaríamos.

La bicicleta se inclinó. La sujeté con ambas manos.

—¿Has visto a tu madre hacer algo que no hayas contado? —pregunté.

Dani se quedó quieto.

—No voy a hacer una lista contigo. No quiero que luego me preguntéis si he cambiado una cosa porque alguien me ha dicho que la recuerde de otra manera.

Me aparté del manillar.

—Tienes razón.

Guardó las llaves y cerró la cremallera. Después apoyó la mano sobre la mochila sin terminar de ponérsela.

—Pero hay cosas normales que ya no sé si eran normales. Que me pida mover una bolsa. Que no quiera que abra un cajón. Que me diga que otra persona está mal y no debo molestarla. Eso pasa todos los días.

Le dije que se lo contara a su abogado.

Se puso la mochila.

—Si mi madre no ha hecho nada, voy a haberle hecho muchísimo daño.

Me costó contestarle porque era una cuenta que yo misma llevaba días haciendo.

—Si dices la verdad sobre lo que viste, no estás decidiendo lo que hizo ella.

Dani se quedó mirando la luz roja. Yo tampoco sabía cuánto tiempo iba a poder aferrarme a esa frase cuando llegara mi turno de necesitarla.

Se montó en la bicicleta, apoyó un pie en el pedal y me pidió que no contara a Inés aquella conversación como si hubiera estado derrumbado.

—Estabas arreglando una luz —dije.

Se marchó por la calle lateral. Esperé a que doblara la esquina antes de cruzar.

El jueves terminó con seis mensajes sin responder y una cena de sopa.

Inés estaba más callada. Había hablado con Dani después de su declaración y no quiso contarme de qué. Acepté esa puerta cerrada con más esfuerzo del que habría admitido.

Sonia llamó mientras recogíamos la mesa. Habían confirmado que Elvira recibió personalmente el paquete después de la salida de Inés y Dani.

Inés se tapó la boca con la servilleta. Yo me senté porque las piernas habían decidido antes que yo que aquello era demasiado.

Quique preguntó si podían decir que su hija no había matado a nadie.

Sonia dijo que seguían pendientes de los informes sobre las lesiones. La entrega confirmaba que Elvira vivía cuando ellos ya estaban fuera; aún faltaba saber qué la había matado.

Cuando colgamos, Inés se fue al baño. La oí llorar con el grifo abierto. Esta vez no entré. Llamé una vez a la puerta y le dije que estábamos fuera.

—Ya lo sé —contestó.

A las once, Recio confirmó que podría acceder al piso al día siguiente. Me indicó qué debía dejar sin tocar y pidió que comunicara cualquier cosa nueva que encontrase.

Le hablé de la recogida de muebles cancelada y de las cajas de Rosa. Lo anotó.

—¿Hay algo que le dé miedo encontrar? —preguntó.

Pensé en la sangre que quizá quedara, en el hueco del almirez, en mi propio silencio junto a la silla.

—No sé si voy a reconocerla.

Recio tardó un poco en contestar.

—No entre sola la primera vez.

Elegí a Rosa.

Le escribí que podía recoger sus cosas, que yo iba a estar y que vendría también alguien si ella prefería. Me respondió al cabo de unos minutos.

«Llevo a mi hermana. Y no quiero que esté Bea».

Contesté: «De acuerdo».

Después preparé el uniforme del colegio. Entraría temprano, trabajaría el turno de preparación y Pilar me había conseguido un relevo antes del servicio. No era un favor sin límite: la semana siguiente tendríamos que ver cómo reorganizar mis horas.

La ropa olía a jabón y a una cocina donde ninguna vecina tenía llave. La dejé en una silla, alineé los zapatos y puse la alarma.

Durante unos minutos hice lo mismo que habría hecho cualquier jueves.