Todos Tenían Llave Capítulo 15
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Capítulo 15

El jueves por la tarde Paco preparó seis sobres con llaves para devolver.

Las había puesto en sobres de propaganda doblados por la mitad, con el piso escrito fuera. Bajé porque Chon me llamó. No quería que me enterara por una fotografía del grupo.

—Mi marido ha decidido jubilarse de ser el padre de todo el mundo —dijo al abrirme—. A ver cuánto le dura.

Paco estaba junto a la mesa del salón, recortando un sobre que había quedado demasiado grande. Al verme dejó las tijeras.

—La tuya está ahí. No he hecho más copias aparte de la que te dije.

Me dio el sobre del tercero B. Dentro había una llave corriente y otra más pequeña, la del buzón.

—¿También tenías esta?

—Para cuando tu madre estuvo ingresada. Llegaban cartas del hospital y recibos.

Asentí. No podía seguir descubriendo aquellas cosas con el gesto de quien acababa de sorprender un robo. Yo había sido una de las personas que había pedido ayuda y luego no había preguntado cómo se hacía.

En el aparador había un plato con mandarinas y el bastón de Chon apoyado contra una silla. Paco había atado una cinta reflectante en el mango para encontrarlo cuando se cayera detrás de algo. Ella había añadido una pegatina de un gato muy feo.

—Si lo deja guapo, luego cree que tiene derecho a decirme cuándo lo uso —explicó.

Me reí. Me dolió la cara.

Miré los sobres. Primero B. Segundo A. Tercero A. Tercero B. Cuarto A. Cuarto B.

—Falta Bea.

Paco guardó los recortes.

—De Bea no he tenido nunca.

—¿Ni para una avería?

—Ella estaba. O dejaba a Dani.

Chon levantó una ceja.

—Una cosa es dar de comer al vecindario y otra que el vecindario te abra los cajones.

No lo dijo como una acusación. Sonó más bien a un comentario que había hecho otras veces y que nadie había escuchado porque no parecía importante.

Alguien llamó al timbre. Tomás entró sin esperar a que acabaran de abrirle. Llevaba una camisa limpia y olía a desodorante recién puesto. No venía del taxi.

—Me han dicho que estás repartiendo llaves.

Paco le señaló su sobre.

Tomás lo cogió, vio el mío en mi mano y se quedó quieto.

—La de tu casa la tengo arriba —dijo—. Te la bajo.

—Cuando puedas.

—Ahora.

Se marchó y volvió tan deprisa que Chon apenas tuvo tiempo de comentar que le sentaba fatal estar sin trabajar. Dejó la llave sobre la mesa sin sobre.

—No entré el lunes —dijo.

Nadie se lo había preguntado.

Paco abrió la boca. Chon lo detuvo tocándole la muñeca.

Tomás me miraba a mí.

—Me han tenido dos horas con lo mismo. Que si Elvira me había prestado dinero, que si habíamos discutido. Llevo viviendo aquí más de veinte años.

Era el argumento que todos sacábamos cuando no queríamos responder a una pregunta concreta.

—Yo no les he hablado de ningún dinero —dije.

—Alguien habrá hablado.

—Quizá lo han encontrado ellos.

Se pasó la mano por el pelo. Tenía los ojos rojos.

Chon señaló una silla.

—Siéntate, que de pie das más miedo y no estás diciendo nada más útil.

Tomás se sentó. El enfado perdió un poco de altura.

Elvira le había prestado cuatro mil euros cuando tuvo que cambiar una pieza del coche y pagar otro gasto que no explicó. Se lo iba devolviendo. El viernes anterior habían discutido porque ella quería cobrar todo antes de que se resolviera la venta del edificio.

—Le dije que no podía sacar dinero de donde no había.

—¿Y por qué no querías contarlo? —preguntó Chon.

Él la miró como si la respuesta resultara evidente.

—Porque no quería.

Paco apartó la vista. Aquella era una explicación que entendía muy bien.

Tomás había entregado a la policía mensajes, pagos y trayectos. Esperaba saber qué habían podido comprobar.

—También fui al cuarto A muchas veces —añadió—. Si eso es lo siguiente que os van a contar.

Chon dejó de mover el bastón.

Tomás miró el suelo.

—No era solo por el dinero.

—¿El sobre del lunes? —pregunté.

Tomás me miró con una mezcla de fastidio y vergüenza.

—La del sobre me la había escrito ella. La otra era mía y estaba en su casa. Quería recogerla antes de que la viera Alberto. Llevaba la suya para leerlas juntas. Oí a la policía y no tuve valor para entrar.

—¿Se lo has dicho a los agentes?

—Sí. Les he dado la que llevaba y les he dicho dónde estaba la otra. Mis llaves. Las horas. Todo lo que habéis convertido en preguntas.

Chon se acercó a por su vaso de agua y se lo dejó al lado.

—Que tuvierais una historia no es una vergüenza —dijo.

—No te he pedido que me des permiso.

Chon retiró la mano. Aceptó la brusquedad sin devolvérsela.

El silencio se llenó de una intimidad que no nos pertenecía. Pensé en Elvira, en su chaqueta gris, en las uñas siempre pintadas con el mismo color discreto. La había colocado en una edad sin deseo para poder ignorarla mejor.

—No tienes que explicárnoslo —dije.

—Pues a ver si se lo dices a la gente. Que ya he oído bastante.

Se levantó. Paco intentó darle una mandarina; Tomás la cogió por educación y se quedó sin saber dónde guardarla.

Antes de irse preguntó por Inés. Contesté que estaba en casa de su padre. No le dije que había empujado a Elvira. No era un dato comunitario, por muchas cosas suyas que él hubiera acabado de contarnos.

Cuando cerró la puerta, Paco reunió los sobres restantes.

—Tendría que haber apuntado a quién le daba cada copia.

—Habría estado bien —dijo Chon.

Me quedé ayudando a preparar una tortilla. Paco pelaba patatas a la velocidad de quien llevaba años haciéndolo sin que nadie le hubiera llamado experto. Chon me pidió que sacara una sartén del armario bajo.

Detrás había una fuente de mi madre.

La reconocí por una esquina astillada. Azul, ovalada, con un dibujo de peces que todos odiábamos y ninguno había tirado.

—La dejó Bea el lunes —explicó Chon—. Con empanadillas para cenar. He lavado la fuente, pero se me había olvidado subírtela.

Me quedé agachada.

—¿El lunes cuándo?

Chon dejó el cuchillo.

—Por la tarde. Antes de que llegaras tú. ¿Por qué?

—Por nada. Estoy intentando acordarme de las cosas.

—Pues no digas «por nada» cuando llevas esa cara.

Paco miró la fuente. Yo no la cogí. Pensé en mi cocina, en los armarios, en los objetos que entraban y salían sin que nadie los considerara una noticia.

—¿Las había hecho en mi casa?

—Yo qué sé, hija. Bea cocinaba para Amparo y traía de más. Lo seguiría teniendo congelado. Pregúntaselo a ella.

Apunté lo que había dicho tal como lo había dicho, en el bloc del teléfono, y después llamé a Recio.

Paco me observaba desde la cocina.

—¿Tengo que dejar de pelar?

Miré la fuente, la sartén y las patatas sobre la tabla.

—No lo sé —dije—. Voy a preguntar.