Todos Tenían Llave Capítulo 14
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Capítulo 14

Lucía estaba en la lavandería de autoservicio, sentada encima de una cesta azul.

Me había mandado la ubicación porque no quería volver al pasaje para hablar.

Vestía vaqueros y una camiseta del hotel.

En la máquina de delante giraban unas sábanas que no podían ser suyas: demasiadas, demasiado blancas, demasiado grandes para la cama que yo había visto una vez a través de su puerta.

—Son de mi hermana —aclaró al verme mirar—. Se le ha roto la lavadora. No todo tiene que ver con mi trabajo.

Me senté a su lado.

Sacó el móvil y abrió la aplicación de la empresa de reparto. La entrega del paquete figuraba el lunes a las 17:18. El destinatario era ella. La firma, un garabato. Debajo, en observaciones, aparecía «Vecina 3B».

La hora me produjo un alivio tan violento que tuve que esperar antes de hablar. Aún no sabía a qué hora había salido exactamente Inés. No tenía derecho a convertir cuatro cifras en una absolución.

—¿Se lo has dicho a Recio?

—Esta mañana. Me ha pedido que lo conserve todo y le he dado el número del repartidor. Pensé que tú sabrías por qué lo dejó arriba.

—Elvira recogía cosas para los vecinos.

—Ya. Pero le dije al repartidor que lo dejara en el cuarto A si no estaba yo.

Lucía me enseñó su conversación con él. Había llamado el lunes mientras ella trabajaba y no podía bajar. Él le mandó un mensaje de voz al completar la entrega. Lo reprodujo.

«Te lo han recogido en el tercero B, que en el cuarto no abrían. La señora dice que sabe que es para Lucía, la del hotel. Se llama Elvira. Te lo da luego».

Al fondo de la grabación se oía un motor. El repartidor hablaba deprisa.

—¿Lo viste el lunes?

—Vi lo de entregado. El audio lo he escuchado esta mañana. Me pasé dos días pensando en lo otro. Ayer llamé porque me decían que ya lo tenía y yo no lo encontraba.

El paquete contenía unas zapatillas y un regalo para el cumpleaños de su hermana. No era material del hotel. Yo había construido una explicación sin preguntar, solo porque sabía dónde trabajaba Lucía.

—El repartidor puede haberse equivocado de persona —dije.

Me salió con esfuerzo.

—Por eso lo tienen que ver ellos. Pero le he preguntado y dice que era la mujer a la que se lo había dejado otras veces. Que salió al rellano hablando.

El tambor se detuvo. Lucía se levantó, abrió la máquina y sacó una sábana que olía a detergente barato. La ayudé a llevarla a la secadora.

—Hay otra cosa —dijo, sin mirarme—. No quiero que Bea se entere por mí.

Me quedé sujetando una esquina húmeda.

—¿Qué cosa?

—Que yo hablo con el administrador cuando me da la gana. Que ya soy mayor. Y que si el propietario quiere vender, tendrá que hablar conmigo de lo que afecte a mi contrato, no ella.

Sacudió la sábana con más fuerza de la necesaria.

Bea le había escrito la noche anterior aconsejándole que no hiciera preguntas sobre la operación de venta. Decía que todo estaba demasiado revuelto, que los dueños se estaban portando bien y que Lucía no debía hacerse notar justo entonces.

—A mí me parece que debería haberme hecho notar antes —dijo.

No contesté. Pensé en la facilidad con la que había contado a Iván los ocho pisos como si dentro no hubiera más que una decisión pendiente.

Lucía puso las monedas en la secadora.

—Mi madre quiere que vuelva a casa. Mi hermana me dice que no entre más en el edificio. Y yo tengo una fianza allí, tengo mis muebles, tengo que seguir trabajando. No puedo desaparecer porque ese sitio os dé ahora miedo a todos.

Era la segunda mujer aquella mañana que me recordaba que las casas no se dejaban atrás con la misma facilidad para todo el mundo.

Le di las gracias por llamarme. Llamé a Sonia y le expliqué qué había visto, de dónde procedía y que la policía ya lo tenía. Después escribí a mi hija: «Hay una información del reparto. Sonia está al tanto. No sé todavía lo que significa».

Borré antes de enviarlo un «todo va a salir bien».

De vuelta a casa de Quique, mi móvil vibró.

Dani.

«He contado todo».

Me detuve junto a un escaparate de electrodomésticos.

«¿A quién?»

«A la policía. Con abogado. No voy a escribirlo por aquí».

Le contesté que había hecho bien. No añadí «por fin». Me costó quitarlo.

Inés estaba despierta cuando llegué. Había abierto el portátil con la intención de estudiar, pero en la pantalla solo se veía el mismo documento en blanco que había dejado por la mañana. Me preguntó por Lucía.

Le hablé del audio y de la hora de entrega.

—Nosotros salimos antes —dijo.

—Eso tendrá que comprobarse.

—Ya lo sé, mamá. No estoy intentando convencerte.

Se tocó la muñeca. Pensé que iba a volver a hablar del empujón. En cambio, me pidió un bocadillo.

Lo preparé con lo que había. Queso, tomate y el pan que Quique dejaba sin cerrar, igual que siempre. Corté el tomate demasiado fino porque necesitaba tardar.

Mi hija apareció en la puerta de la cocina.

—Aunque siguiera viva, yo le hice daño.

Dejé el cuchillo.

—Sí.

—Y pensé que tú preferirías no saberlo.

No tenía una respuesta rápida. Le puse el plato delante, me senté y procuré no hablar hasta que encontrara una que no me protegiera.

—He hecho cosas para que pensaras eso.

Inés tomó un trozo de pan. No me perdonó ni me dio las gracias por reconocerlo. Comió.

A media tarde, Sonia confirmó que estaban comprobando la entrega. Nos llamaría cuando supiera más.

Cuando colgué, Inés seguía en la mesa.

—¿Puedo pedirte una cosa? —dijo.

—Sí.

—No vuelvas a esconder nada que sea mío para ayudarme.

—No volveré a hacerlo —dije.

Inés se quedó mirándome hasta que aparté las manos del borde de la mesa.

Mi hija dejó sobre la mesa la llave de casa de Quique. Una llave corriente, sin pez ni historia. Se había quitado del llavero todas las demás.