Todos Tenían Llave Capítulo 13
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Capítulo 13

Rosa me citó el jueves a las nueve en una cafetería junto al intercambiador.

Yo habría elegido otro sitio. Demasiadas maletas, demasiado ruido, gente comiéndose un pincho de tortilla de pie mientras miraba la hora. Rosa trabajaba cerca y solo tenía cuarenta minutos. No estaba disponible para mi crisis a jornada completa.

Llegó con una carpeta transparente y un táper pequeño. Llevaba las uñas cortas, una tirita en el nudillo y pendientes distintos. Se dio cuenta de que los miraba.

—El par bueno lo tengo en tu altillo —dijo—. Estos se parecen si no te fijas.

Pidió café y sacó el móvil.

—Esto es lo que tengo. Se lo enseñé ayer a la policía. Quiero que lo veas tú también, pero no para que lo pase todo el edificio.

No empezó por los pagos. Empezó por un mensaje de mi madre.

«Rosa, la puerta de abajo se atasca. Dale otro intento antes de quedarte esperando, que no oigo bien el timbre desde el baño».

Luego otro: «He dejado las lentejas fuera para que no abras el bote. Están buenas aunque Bea diga que tienen poco comino».

Y un audio en el que mi madre se reía porque Rosa había llamado «el señor del taxi» a Tomás. «Tiene nombre, hija. Lo del taxi no es un título nobiliario».

Oí su risa y tuve que apoyar las manos en las rodillas. Había pasado meses escuchando en mi cabeza a una mujer enferma. Aquella grabación me devolvía a otra que se reía de sus vecinos mientras removía unas lentejas.

—Yo no entré escondida —dijo Rosa.

—Ya lo sé.

—El martes no lo sabías.

Asentí.

Me enseñó los pagos. Había seis meses, desde marzo hasta agosto. Algunos por transferencia a Bea; otros entregados en mano con un recibo fotografiado. La fianza se había pagado en dos partes, mil euros y ochocientos. Rosa había vendido una pulsera para completar la segunda.

Me quedé mirando sus muñecas, desnudas.

—Bea dijo que era lo normal porque yo no tenía contrato fijo. Que así tú estabas tranquila.

—No me llegó nada.

—A mí tampoco me tranquiliza eso.

La camarera dejó dos cafés. El mío tembló un poco en el plato cuando lo acerqué.

Rosa había encontrado otra habitación a finales de agosto.

Más pequeña, sin ascensor, con tres personas con las que no compartía horarios.

Seguía visitando el pasaje porque había dejado cosas y porque aún esperaba cobrar.

Elvira le había dicho primero que había que comprobar gastos.

Luego que no era ella quien guardaba el dinero.

El lunes, Rosa había perdido la paciencia.

—Le dije que iría a pedir ayuda. A alguien que entendiera los papeles. Ella me contestó que yo también había firmado.

—¿Qué quería decir?

—Eso le pregunté.

Elvira no se lo aclaró. Bajó con Rosa hasta el portal y volvió a subir con la llave de mi madre en la mano. Rosa tuvo que marcharse al trabajo. No la vio entrar en el tercero.

—Yo no sé lo que encontró —dijo.

—¿Habló de Bea?

Rosa revolvió el café sin azúcar.

—Dijo que siempre había que ir detrás de ella arreglando lo que hacía. Yo no lo creí. Bea había estado allí todos los días y Elvira aparecía para decir cómo había que hacer las cosas.

Podía imaginarlo con demasiada facilidad. La ayuda, el control, las horas que se veían y las que nadie contaba. Una pelea antigua que había seguido utilizando la cocina de mi madre incluso después de su muerte.

Rosa sacó una hoja de su carpeta.

—Este es el contacto de la asociación donde me están ayudando. Yo voy a reclamar. No sé a quién le corresponderá pagar ni quiero que lo decidamos tomando café. Si hace falta hablar contigo, hablarán.

Guardé el papel.

—¿Puedo hacerte una pregunta que no tiene que ver con el dinero?

Me miró con cansancio. Yo llevaba tres días haciéndole preguntas que para ella siempre tenían que ver con el dinero, aunque para mí fueran sobre mi madre.

—Hazla.

—¿Estaba a gusto contigo?

Rosa bajó la vista al táper. Había traído un trozo de bizcocho y no había empezado a comérselo.

—Unos días. Otros le molestaba que respirara. Quería compañía y luego quería que la dejaran en paz. No le gustaba que le ordenase la mesilla. Me contaba cosas que seguramente te había contado a ti cuarenta veces. Lo pasábamos bien cuando no estaba demasiado cansada.

Le agradecí aquella respuesta.

—En abril quiso hablar contigo —añadió—. Después me preguntó cuánto estaba pagando yo.

La taza quedó a medio camino de mi boca.

—¿Y se lo dijiste?

—Sí.

—¿Qué pasó?

—Se enfadó. Mucho. Dijo que ella no era una fonda.

Recordé el audio sin escuchar del diecisiete de abril.

Rosa no sabía en qué había terminado aquella conversación. Amparo le dijo que no debía preocuparse, que lo arreglaría con Bea. Dos días después empezó otra racha de hospital y las conversaciones pasaron a tratar de citas, oxígeno y bolsas con zapatillas. En mayo murió.

—Yo pensé que el acuerdo seguía porque nadie me dijo lo contrario. Y porque estaba pagando. No porque creyera que una señora muerta podía seguir dándome permiso.

Me miró hasta asegurarse de que lo había entendido.

A las nueve y treinta y siete cerró la carpeta.

—Tengo que irme.

Le pedí que me avisara cuando supiera cómo recoger sus cosas. Guardé el contacto de su asesora junto al de Eva.

Al salir vimos un autobús atrapado detrás de una furgoneta. Rosa se metió entre la gente con el paso rápido de quien no llega a un trabajo diciendo que ha tenido una mañana difícil.

Yo me quedé bajo la marquesina y llamé al colegio.

Mi encargada, Pilar, me preguntó cómo estaba. Dije «regular», que era una palabra práctica porque no obligaba a ninguna de las dos a fingir que podía explicarse por teléfono.

—No te preocupes por el turno de hoy —dijo—. Pero mañana necesito que me digas algo. Para organizarme.

Era una petición justa. La vida de los demás llevaba días acomodándose alrededor de un cadáver que no habían visto.

Al colgar encontré cuatro llamadas perdidas de Lucía.

Su mensaje no tenía saludo.

«¿El paquete que se llevó la policía era marrón, con una esquina aplastada?»

Le contesté que sí.

Ella llamó antes de que terminara de guardar el teléfono.

—Pues tienen que hablar con el repartidor —dijo—. Porque a mí me dijo que la señora del tercero estaba perfectamente viva.