Todos Tenían Llave Capítulo 12
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Capítulo 12

Bea me esperaba en el portal aquella tarde.

Había ido a recoger el cargador correcto y una bolsa de medicamentos que me había dejado en su baño.

Eran excusas pequeñas, pero eran mías. Quería verla.

Eva me había dicho que no discutiera declaraciones ni intentara obtener una confesión.

No me había prometido que dejaría de necesitar mirar a mi amiga a la cara.

—¿Dónde está Inés? —preguntó.

—Con su padre.

—No me coge el teléfono.

—Necesita descansar.

En el tablón había un aviso de la revisión del ascensor, una oferta para regar plantas y la convocatoria de la reunión que Elvira había preparado antes de morir. Alguien había tachado la fecha con un bolígrafo. La raya atravesaba también su firma.

Bea siguió mi mirada.

—Parece mentira —dijo.

No supe a qué se refería.

Subimos. Su casa olía a tomate frito. Sobre el escurridor había cuatro tarros de cristal, una espumadera y el plato con los trozos de la taza. No los había tirado. Me pareció un detalle tan ajeno a mis sospechas que estuve a punto de sentir alivio.

Me dio el cargador negro y los medicamentos en una bolsa de farmacia. Guardé el cargador y comprobé los nombres de las cajas.

—Inés ha contado que empujó a Elvira —dije.

Bea cerró la puerta del armario con la cadera.

—Ya me lo imaginaba.

—También ha contado que tú dijiste que subirías a verla.

Bea cogió un paño, limpió una gota en la encimera y lo dejó.

—Y subí.

La facilidad de la respuesta me dejó sin la frase que había preparado.

—El lunes dijiste que no la habías visto desde por la mañana.

—El lunes acababan de matar a una persona. Si vamos a repasar todo lo que dijimos…

—¿La viste?

—Fui a ver si necesitaba algo. Ya sabes cómo era. No quería que nadie la ayudara si no podía luego decir que lo habían hecho mal.

Tuve que obligarme a no asentir. Conocía aquella manera de hablar de Elvira. La había usado yo también, cuando todavía describía a una persona y no una posible coartada.

—¿Cuándo?

Bea apoyó las dos manos en el canto de la encimera.

—Antes de que los chicos se fueran. O mientras se iban. No miré el reloj.

Inés había dicho que salieron antes. Apreté las asas de la bolsa de farmacia.

—¿Y después volviste?

—No.

Nos miramos.

—¿Se lo has contado a Recio?

—Hablaré con ella. No tengo que darte a ti un parte de cada cosa que hago.

Era verdad. También era la primera vez en muchos años que cualquiera de las dos decía en voz alta que podía reservarse una parte del día.

Bea se dio la vuelta y sacó una carpeta de una balda alta.

—Querías los papeles de Rosa.

Los dejó sobre la mesa. Había recibos con cantidades escritas a mano, mensajes impresos y una hoja encabezada con mi dirección.

En la esquina inferior reconocí la firma de Elvira.

Rosa había firmado en otro lugar. Mi nombre figuraba arriba, como propietaria de referencia, aunque en marzo mi madre aún vivía.

Me senté.

—Esto no lo he firmado yo.

—Nadie ha dicho que lo firmaras.

—Pone mi nombre.

—Para el contacto. Tu madre quiso que se hablara contigo si pasaba algo.

Leí. No era un contrato limpio ni un acuerdo que yo supiera interpretar. Mezclaba «aportación», «habitación» y «gastos», como si cambiar de sustantivo pudiera dejar satisfechas a todas las personas que lo miraran.

Eva tendría que verlo. Rosa también.

—¿Me dejas hacer una foto?

—Para eso la he sacado.

Fotografié las hojas sobre la mesa. Bea no intentó tapar nada. Aquello volvió a desordenar mis sospechas.

Entre las hojas había una lista de turnos. Lunes, martes, miércoles. Iniciales. Algunas eran de Bea; otras, mías; otras, de una mujer que cobraba por quedarse con mi madre. Varias casillas estaban tachadas.

Bea tocó una con la uña.

—Ese jueves dijiste que venías.

Lo recordé. Había enfermado una compañera y me quedé para cerrar la cocina. Llamé a media tarde. Bea me dijo que no me preocupara.

—Tú me dijiste que podías.

—Porque alguien tenía que poder.

Nos quedamos mirando el papel. En mi memoria, la llamada había terminado al colgar. En la suya, había comenzado una noche.

No intenté arreglarlo ofreciéndole dinero que no me estaba pidiendo por aquella casilla. Tampoco podía aceptar que la conversación justificara cobrarle a Rosa usando mi nombre.

Pasé a la hoja siguiente. Había una compra de comida, un recibo de suministros y una cantidad anotada sin concepto. Señalé esa última.

—¿Qué es?

—Cosas de esos días.

—¿Qué cosas?

Bea se echó hacia atrás.

—No voy a acordarme de cada céntimo.

—Yo tampoco. Por eso te lo pregunto.

Cogió el papel, buscó una fecha y volvió a dejarlo. La cantidad seguía sin explicación.

—Esto tendrá que revisarlo alguien —dije.

—Siempre alguien. Cuando había que levantarse, ese alguien era yo.

Era la misma respuesta, pero ahora me di cuenta de que servía para cualquier pregunta.

La carpeta contenía también una nota con el nombre de Dani y un importe para un equipo. Ella vio dónde miraba y la retiró.

—Eso es de mi hijo.

Asentí.

—Entonces sepáralo.

Lo apartó. Durante un momento trabajamos juntas sobre la mesa como habíamos hecho muchas veces, clasificando ropa o papeles. El gesto era tan familiar que se me aflojaron los hombros. Después vi otra vez mi nombre encabezando una hoja que nunca había recibido y recordé por qué estaba allí.

Los primeros recibos llevaban la letra inclinada de Elvira. En dos figuraba «recibido por B. Robles». Había transferencias y pagos en efectivo. Un doblez ocultaba parte del número de cuenta.

—¿Por qué cobrasteis? —pregunté.

Bea se sentó frente a mí.

—Porque vivir cuesta, Marta. La luz cuesta. La comida cuesta. Tu madre necesitaba gente por las noches, necesitaba que hubiera alguien cuando tú no podías. No podía pagarse todo con lo que mandabas.

—Yo le pagaba a una mujer tres tardes a la semana.

—Tres tardes. Hay siete noches.

La oí sin responder. Tenía razón sobre las noches. La había llamado muchas veces desde el trabajo y ella había contestado susurrando porque mi madre acababa de dormirse. Una vez le pedí que se quedara veinte minutos y llegué una hora y media después.

—Podías haberme dicho que no —murmuré.

—No era tan fácil.

Se quedó mirando la ventana. A través del patio se oía a Raquel explicándole a Leo una división. Lo mismo que en cualquier tarde, salvo que una de las ventanas de arriba permanecía cerrada para siempre.

—Yo no soy una ladrona —dijo Bea—. Si Elvira hizo cosas con esos papeles, habrá que ver cuáles. Pero a mí no me conviertas en una extraña porque te venga bien.

La frase me dejó clavada a la silla. No quería convertirla en una extraña.

Quería que siguiera siendo la mujer que había acompañado a mi madre al hospital, y al mismo tiempo que me explicara dónde estaba un dinero que Rosa necesitaba para recuperar una parte de su vida.

Me parecía una petición razonable hasta que tenía que hacérsela.

—El lunes fuiste a ver a Elvira —dije, volviendo a lo único que podía sostener—. Y eso tendrás que contarlo tú.

Bea retiró la carpeta.

—También tendré que contar lo que me dijo Inés cuando entró por esa puerta. Supongo que ahora queréis que haga eso.

Me levanté.

—No te he pedido que mientas por ella.

No era una frase inocente saliendo de mi boca. Lo supe mientras la pronunciaba. Bea no conocía aún la llave, pero yo sí.

En el pasillo me encontré con Dani. Se apartó para dejarme pasar. Tenía auriculares colgados del cuello y una mancha blanca seca en la zapatilla.

—¿Ha venido Inés?

—No.

Miró a su madre, que había aparecido detrás de mí.

—Voy a bajar al local un rato.

—Hoy no —dijo Bea.

—Tengo que entregar el equipo.

—He dicho que hoy no.

Ninguno de los dos levantó la voz. Era una discusión tan usada que apenas necesitaba palabras. Yo misma había tenido una parecida con mi hija por una chaqueta, por un chico, por llegar a una hora que no habíamos acordado de verdad.

Dani esperó a que su madre entrara de nuevo en la cocina.

—Hablaré con quien tenga que hablar —me dijo.

—Hazlo pronto.

Al bajar, llamé a Eva y le conté la conversación. Envié las fotografías por el medio que me indicó. Después llamé a Recio y comuniqué que Bea acababa de admitir una visita a mi casa que el lunes había negado.

No tuve la sensación de estar ayudando a resolver nada.

Tuve la sensación de estar traicionando a alguien.

Continué hablando de todos modos.