Todos Tenían Llave Capítulo 11
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Capítulo 11

En casa de Quique, Inés dejó el bolso junto a la puerta y fue directa a la cocina. Abrió el frigorífico, lo cerró y se quedó mirando el imán de una playa a la que habíamos ido cuando tenía once años.

—No hace falta que nos lo cuentes todo ahora —dijo él.

—Quiero que dejéis de mirarme sin saber qué estáis pensando.

Nos sentamos a la mesa. Era una mesa comprada entre los dos, pero desde la separación yo no sabía dónde colocar los codos.

Inés habló mirando el mantel.

Había vuelto a casa el lunes a por unos papeles del instituto y una chaqueta.

Entró con su llave. Encontró a Elvira en la cocina, revisando una carpeta junto a la ventana.

No le extrañó verla allí. Eso fue lo primero que tuve que aceptar: a mi hija le parecía normal encontrar a una vecina dentro de casa.

—Le pregunté por Rosa —dijo—. El domingo me había escrito porque no le devolvían la fianza.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Inés levantó la vista. Yo cerré la boca.

Elvira le dijo que aquello no era asunto suyo. Inés contestó que sí lo era, porque le había dicho a Rosa que podía fiarse. Había ayudado a cambiar el colchón de sitio y a llevar dos cajas al altillo. Sabía que pagaba por quedarse, aunque no cuánto.

—Pensaba que tú recibías el dinero.

La misma frase de Rosa. Me imaginé a las dos mirando una cuenta bancaria que solo existía porque ninguna me había preguntado.

Elvira sacó un folio de la carpeta. Inés recordaba un recuadro, una cifra y mi apellido. No lo había leído entero. Quiso fotografiarlo.

—Me agarró el móvil.

Mi hija se tocó la muñeca izquierda. Tenía una marca poco visible que yo había confundido con el roce de la manga.

—Yo tiré para quitárselo. Ella no lo soltaba. Me dijo que mi abuela me había consentido demasiado, que ya bastante nos había tenido que aguantar a las dos.

Inés se interrumpió. Le acerqué el vaso de agua y ella lo apartó sin beber.

—Eso no es una excusa —dijo.

No supe si se lo estaba diciendo a sí misma o si había visto en mi cara el alivio de encontrar una frase desagradable de Elvira a la que agarrarme.

—No —contesté.

—Le puse las manos aquí.

Se señaló la parte alta del pecho.

—Y la empujé. Fuerte. No como cuando apartas a alguien para pasar. Quería que se quitara de delante.

Elvira retrocedió, perdió el equilibrio y se golpeó con el borde de la encimera. Inés imitó el sonido con la boca, un ruido pequeño que me hizo mirar mis propias manos.

No cayó al suelo. Quedó medio sentada contra un armario bajo y empezó a insultarla. Inés cogió un paño, lo mojó y quiso ponérselo en la cabeza. Elvira se lo arrancó.

—Tenía sangre detrás de la oreja. Yo le decía que llamaba y ella me decía que ni se me ocurriera, que estaba bien, que ya se ocuparía ella de que yo aprendiera.

—¿Llamabas a quién?

—A emergencias. A quien fuera. No sé.

Pero no llamó. Llamó a Dani.

La frase quedó tan desnuda que ninguno intentó cubrirla.

Dani estaba cerca. Subió. Entre los dos ayudaron a Elvira a sentarse en la silla. Ella les pidió agua y les dijo que desaparecieran de su vista. Dani insistió una vez en llevarla a que la vieran. Elvira levantó el brazo para señalar la puerta.

—Me dijo que me iba a denunciar —susurró Inés—. Y yo pensé en lo que ibas a decirme tú.

Sentí que Quique me miraba, pero no me defendí. No era el momento de discutir si yo era una madre temible o una madre a la que resultaba fácil temer porque las otras personas hablaban en mi nombre.

—Pensé que, si se calmaba, podía volver con alguien y pedirle perdón. Que no había sido para tanto porque estaba hablando. Yo sabía que sí había sido para tanto. Pero quería que dejara de serlo.

Dani la sacó de allí. Bajaron al segundo. Bea estaba en casa.

—Le conté lo del empujón. Todo. Me dio agua y dijo que fuera a dar una vuelta con Dani, que ella subía a ver cómo estaba Elvira.

Me acordé de Bea poniéndome un plato el lunes. Antes había sentado a Inés en aquella misma cocina y le había dado agua.

—¿Subió? —pregunté.

—No la vi. Nosotros salimos.

—¿Y después?

—Dani quería llevarme a una cafetería. Me encontré fatal. Nos sentamos en un banco por Bravo Murillo. Bea llamó al rato. Le pregunté por Elvira y me dijo que ella se ocupaba. Luego, cuando llamó otra vez, ya era porque la habías encontrado tú.

Inés había contado aquello a Sonia el martes y a la policía esa mañana. Me lo dijo con una serenidad cansada. Había hablado sin esperarme.

—¿Por qué mentiste el lunes? —preguntó Quique.

Inés se quedó mirando el imán del frigorífico.

—Porque Bea dijo que ya no servía de nada contar una discusión que iba a parecer otra cosa. Que primero había que saber qué había pasado. Que tú, mamá, no aguantarías que encima dijeran que había sido yo.

No dijo que Bea la hubiera obligado. Lo dejó claro antes de que yo pudiera convertirla en alguien sin decisión.

—Yo quise creerla. Y Dani me dijo que no mintiera, pero luego también mintió con la hora. Todos estábamos esperando que el siguiente arreglara lo que acabábamos de hacer.

Quique se levantó para cerrar una ventana. Entraba ruido de obra. La cerró despacio y volvió a sentarse.

Yo saqué la frase que había traído guardada desde el despacho de Eva.

—Encontré tu llave.

Mi hija se quedó inmóvil.

—Estaba en el suelo de la cocina. La recogí y no se lo dije a la policía hasta hoy.

—El pez.

Asentí.

—Lo busqué cuando llegué a casa de Bea. Pensé que se habría quedado en el bolsillo de la sudadera de Dani.

—Yo pensé que podía demostrar que habías estado allí.

—Había estado allí.

No levantó la voz. Habría preferido que lo hiciera.

—No sabía lo del empujón —dije.

—¿Y eso lo habría cambiado?

La pregunta no tenía una respuesta que me dejara bien.

—No sé lo que habría hecho. Lo que hice estuvo mal.

Mi hija empezó a llorar. No fue un llanto infantil ni un derrumbe. Lloró con los brazos sobre la mesa, enfadada por cada lágrima que no conseguía detener.

—Ahora no puedo ni estar enfadada contigo tranquila.

—Puedes.

—No me digas lo que puedo.

Me callé.

Quique se sentó junto a ella. No la tocó hasta que Inés inclinó la cabeza hacia su hombro. Yo me quedé al otro lado de la mesa, aprendiendo una distancia que no se arreglaba acercando una silla.

Cuando se calmó, preguntó si podía irse a su cuarto. Era el dormitorio donde había crecido. Su padre dijo que sí y luego rectificó:

—Claro. No tienes que pedirlo.

La puerta se cerró.

En mi móvil apareció una llamada de Bea. La pantalla iluminó la mesa entre nosotros. Quique la miró y después me miró a mí.

No contesté.

Llegó un mensaje.

«¿Qué habéis dicho?»

Ni «¿cómo está Inés?» ni «¿necesitáis algo?».

Hice una captura. No la envié a nadie del edificio. Llamé a Eva.