Capítulo 10
Eva León no me dejó seguir justificándome.
—Primero lo que hizo. Luego lo que pensó.
Tenía una mesa pequeña, una pantalla colocada de lado y una caja de pañuelos aún sin abrir. A través de la pared se oía a alguien preguntando por una factura de agosto.
Puse el bolso en mis rodillas.
—Encontré una llave de mi hija debajo del zapato de Elvira. La recogí y me la guardé antes de llamar.
—¿La tocó con algo más?
—Con la mano.
—¿La limpió?
Negué.
—¿Ha cambiado de sitio desde entonces?
Le conté lo del bolsillo del pantalón y el compartimento del bolso. También que la había puesto sobre la mesa de Quique. Eva lo anotó todo, incluidas las cosas que a mí me parecían insignificantes.
—¿Por qué sabe que es la de su hija?
—Por el llavero. Lo hizo en el colegio. Tiene la cola rota.
—¿Otra persona podía usarla?
Mi primera reacción fue decir que no. Me vi hacerlo, tomar la curva conocida hacia una respuesta que protegiera a Inés de una pregunta y la dejara expuesta a la siguiente.
—No lo sé.
Eva levantó la vista.
—Esa también es una respuesta.
Le expliqué el mensaje de Dani, la visita que mi hija había acabado admitiendo y las copias que circulaban por el edificio. Me escuchó sin darle a ninguna de esas cosas el aspecto tranquilizador que yo buscaba.
—Tiene que entender que entregar ahora un objeto no borra haberlo retirado —dijo—. Tampoco me permite anticiparle cómo se va a valorar su conducta. Lo que sí podemos hacer es dejar de añadir versiones.
—Quería ganar tiempo.
—Lo ganó. ¿Para qué le ha servido?
No había crueldad en la pregunta. Eso la hizo peor.
Llamó a Recio delante de mí. Habló de una ampliación de declaración y de la entrega voluntaria de un objeto.
Mientras esperábamos confirmación, Quique mandó un mensaje: «Inés va con Sonia. Estoy abajo si hace falta».
No había contestado a mi confesión con un abrazo. La noche anterior me había preguntado si yo comprendía que él era también el padre de la persona a la que creía estar protegiendo. Después había guardado silencio. Yo había dormido peor, pero al menos no estaba durmiendo encima de una mentira nueva.
Eva me acompañó a dependencias policiales. Esperamos hasta que nos hicieron pasar a una sala con sillas bastante más incómodas que las de su despacho.
Recio escuchó mi relato sin interrumpir hasta que acabé. Salas estaba a su lado.
—El lunes le pregunté por cualquier cosa que hubiera tocado —dijo ella.
—Lo sé.
—Me habló del hombro, de la silla y del teléfono.
—Sí.
—Y decidió no contar esto.
Eva apoyó una mano abierta sobre la mesa. No para detener a la inspectora, sino para que yo no contestara antes de entender la pregunta.
—Sí —repetí.
La llave dejó de ser un pez que Inés había hecho con seis años.
Pasó a ser un objeto que otra persona fotografió, describió y guardó.
Explicaron de nuevo dónde debía situarla en el dibujo de la cocina.
La señalé junto a la pata de la silla, debajo del borde del zapato derecho.
Tuve que admitir que no sabía si Elvira la había pisado o si había llegado allí después.
—¿Ha hablado con su hija sobre la llave? —preguntó Recio.
—No.
—¿Con quién sí?
Dije el nombre de Quique.
Me preguntaron por el tiempo transcurrido hasta la llamada. No supe dar segundos. Recordaba haber sacado el móvil, haberme agachado y guardado la llave. No había ido a otra habitación ni buscado un sitio donde esconderla. Salas tomó nota.
—Usted no podía saber qué significaba —dijo Recio.
Asentí.
—No le estoy pidiendo que asienta. Le estoy diciendo que retiró algo cuyo significado desconocía.
Aquello quedó entre nosotras.
Después conté lo que había averiguado de Rosa y la habitación. La inspectora ya había hablado con ella. No me dijo qué le había contado ni si coincidía conmigo.
Cuando mencioné el audio de mi madre, pidió que lo conservara y me explicó cómo aportarlo.
Antes de salir pregunté si habían encontrado el almirez.
—No podemos hablarle de todos los objetos de la investigación.
—Es que Paco arreglaba cosas en mi casa. Igual lo cogió para…
Me detuve. Ni siquiera sabía qué iba a inventarle al almirez: una reparación, una excusa, una vida fuera de la cocina.
Recio esperó a que terminara de callarme.
—Si recuerda algo concreto, nos lo comunica. No haga preguntas en nombre de la policía. Y no intente ponerse de acuerdo con nadie.
En el pasillo vi a Inés.
Estaba con Sonia, sentada junto a una máquina de agua. Quique permanecía de pie a dos metros, sosteniendo una chaqueta que nadie le había pedido. Mi hija levantó la cabeza y me miró las manos.
No llevaba el bolso abierto. No había forma de que supiera lo que acababa de entregar. Aun así, me sentí descubierta de una manera que no había sentido delante de Recio.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó.
Miré a Sonia. Ella no contestó por mí.
—He venido a contar una cosa que no conté el lunes.
Inés palideció.
—¿Qué cosa?
—Después te lo explico. No quiero decirte nada antes de que hables tú.
Mi hija se levantó.
—Ahora sí que no quieres decirme nada.
Tenía razón en estar enfadada. No sabía si la tenía en la razón concreta que imaginaba. La vi entrar con Sonia y me quedé con las dos posibilidades.
Quique se sentó a mi lado.
—¿Ya está?
—Ya lo he contado.
No preguntó si me había quitado un peso. El peso había cambiado de sitio; se notaba en la forma de respirar, en que podía mirar una puerta sin pensar dónde esconder el bolso.
Nos quedamos allí casi dos horas. Compramos dos cafés malos. El suyo se enfrió sin que lo tocara. Yo bebí el mío entero porque necesitaba hacer algo que tuviera principio y final.
Cuando Inés salió, no vino hacia nosotros. Fue primero al baño. Sonia nos dijo que necesitaba descansar y que seguiría pendiente de lo que se requiriera. Nada más. No tradujo la intimidad de mi hija para que yo me sintiera otra vez su madre.
Inés regresó con la cara mojada.
—Quiero ir a casa de papá.
Asentí. Quique recogió las chaquetas.
En el coche, mi hija se sentó detrás. Al detenernos en un semáforo me miró por el retrovisor.
—La empujé —dijo.
Quique apretó el volante, pero no arrancó cuando el coche de detrás pitó.
—Se golpeó con la encimera. Y yo me fui.
Mi primer pensamiento fue que, al menos, no había utilizado el almirez.
Me dio asco que ese fuera mi primer pensamiento.
—No estaba muerta —añadió Inés—. Me estaba hablando.