Capítulo 9
Dani recogió la caja de cables antes de contestar. Tuve que apartarme para que no me golpeara las rodillas.
—Inés estaba asustada. Yo le dije que se tranquilizara.
—¿Antes de saber que Elvira había muerto?
Dejó de intentar cerrar la solapa de cartón.
Alberto sujetaba la puerta del ascensor. Podía oírnos. Aquello me hizo bajar la voz, como si el problema fuera el volumen y no las palabras.
—No voy a discutir contigo en el portal —dije.
—Yo tampoco.
Dani parecía haber envejecido desde la tarde anterior, pero de una manera desordenada: tenía la voz de siempre y los hombros de alguien mucho mayor.
Se había dejado una tira de esparadrapo en un dedo.
Recordé las rozaduras que le salían cuando pasaba la noche montando un escenario y, durante un segundo, quise preguntarle si había cenado.
Él se aprovechó de ese segundo para subir por la escalera.
Alberto y yo entramos en el ascensor. En el segundo, me despedí y salí. La puerta de Bea estaba entreabierta. Desde dentro llegaba el ruido del grifo, platos que chocaban y una discusión en voz baja.
—No lo tenías que haber hecho tú —decía Bea.
Dani contestó algo que no entendí.
Empujé la puerta.
Los dos estaban en la cocina. La caja de cables sobre una silla, la bolsa de basura junto al cubo. Bea tenía una taza rota entre las manos. Dani había dejado un charco de té en la mesa.
—Se ha cortado con esto —explicó ella.
Puso los trozos en un plato. El borde de uno llevaba una mancha pequeña de sangre.
Sentí vergüenza por haber pensado otra cosa. Luego sentí rabia por la facilidad con que la vergüenza podía hacerme aceptar cualquier explicación.
—Me voy a casa de Quique.
Bea me miró sin soltar el plato.
—¿Ahora?
—Solo esta noche. Mañana tengo cosas que hacer temprano.
—¿Qué cosas?
La pregunta no habría sonado rara el domingo. Nos preguntábamos por citas médicas, por turnos y por ofertas de detergente. Sabía la hora a la que me levantaba y yo sabía qué pastillas le daban acidez. Aquella noche no quise darle la dirección de la abogada.
—Hablar con la policía. Lo que toque.
—Puedes hacerlo desde aquí.
—Lo sé.
Esperaba una explicación más larga. No se la di. Fui al dormitorio de Dani a guardar las dos mudas que había sacado de mi casa. En la cama quedaba la marca del cuerpo de Inés. Su cargador estaba enchufado detrás de la mesilla.
Bea apareció en la puerta.
—Marta, si es por lo de Rosa, podemos hablarlo.
—Tenemos que hablarlo. Pero no ahora.
—Tu madre no era fácil.
Me quedé con una camiseta doblada en las manos.
—No.
—A veces decía una cosa y al día siguiente la contraria. A ti también te lo hacía.
Mi madre cambiaba de opinión sobre la comida, sobre si quería bajar al centro de salud o prefería esperar y sobre qué vecina le caía peor aquella semana. También había sabido decir con absoluta claridad a quién quería en su casa. Mezclarlo todo resultaba cómodo.
—Si Rosa te pagaba por una habitación, tiene que haber algo —dije—. Un recibo, un mensaje. Algo que pueda ver.
—Elvira llevaba los papeles.
—Pues tendrá que haber otra cosa.
Bea se sentó en el borde de la cama. No lloró. Se frotó la marca del reloj, que se había quitado para fregar.
—He hecho mucho por vosotras.
—Lo sé.
—No. Lo sabes cuando necesitas algo. Después se te olvida cómo estaba todo antes de que yo llegara.
La frase me alcanzó porque una parte era cierta. No contesté deprisa. Guardé la camiseta y metí el cargador de Inés en el bolsillo exterior de la mochila.
—Lo que hiciste por mi madre no desaparece porque te pregunte por un dinero.
—Parece que sí.
Cuando salí, Dani me acompañó hasta abajo. Llevaba la bolsa de basura. La dejó en el contenedor gris y, al volver, señaló el cargador que asomaba del bolsillo de mi mochila.
Lo miré.
—Es el mío —dijo—. El de Inés es negro. Se parecen.
Se lo devolví. Sonreí sin ganas, casi aliviada por una confusión tan pequeña.
El coche de Quique paró en la esquina. Había dejado libres los asientos de atrás, donde normalmente llevaba herramientas. Me fijé en ese detalle antes de fijarme en su cara.
Dani se acercó antes de que yo cruzara.
—Cuando le pregunten, que diga lo que pasó.
—¿Por qué no lo dices tú?
Miró la ventanilla del coche. Quique nos estaba viendo.
—Porque no pasó todo delante de mí.
No me agarró del brazo, pero su mano hizo el movimiento.
—No la dejes sola con esto, Marta.
Subí al coche con una rabia limpia contra él. Era más fácil que la otra rabia, la que tenía demasiadas personas dentro.
Quique esperó a que me abrochara el cinturón.
—¿Te ha dicho algo?
—Nada que me sirva.
No puso música. En la guantera había una caja de caramelos de limón y un recibo de la ITV. Los dos objetos me produjeron una tristeza absurda. Eran parte de una vida en la que las cosas podían seguir siendo aburridas.
—Inés me ha preguntado si podía volver unos días —dijo.
—Está en casa de Clara.
—Ya lo sé. Me refiero después.
—Puede hacer lo que quiera.
—Eso díselo sin esa voz.
Giré la cara hacia él. Quique mantuvo los ojos en la calzada.
Nuestra separación no había tenido una gran escena.
Habíamos gastado tantas discusiones pequeñas que la última pareció una más.
Él se había pasado años diciendo que todo se arreglaría y yo había terminado oyendo que todo debía arreglarlo yo.
Ahora iba sentado a mi lado sin ofrecer una solución.
Era lo más útil que había hecho en mucho tiempo.
En su casa había preparado el sofá. Mi taza seguía en el armario, pero la puso sobre la mesa con cuidado, como si no supiera si usarla era una amabilidad o una provocación.
Me duché, me puse un pijama suyo y dejé el bolso junto al sofá.
La llave seguía dentro.
Antes de dormir busqué en el móvil la conversación con mi madre. No la abría desde el funeral. Había audios sobre el pan, sobre una enfermera que hablaba demasiado deprisa, sobre una prima a la que nadie quería llamar.
En marzo encontré una fotografía. Mi madre sentada en la cocina, Rosa detrás con un plato de torrijas. El mensaje de debajo decía: «Al final nos hemos puesto moradas».
Mi respuesta era un pulgar levantado.
Había visto a Rosa. Había tenido su cara delante. Simplemente no había preguntado quién era.
Más abajo había un audio de doce segundos que nunca había escuchado. Toqué el triángulo con el volumen muy bajo.
«Marta, luego me llamas, que quiero preguntarte una cosa del cuarto. No es para que te preocupes. Tú llámame cuando acabes».
La fecha era el diecisiete de abril.
Busqué mi llamada de respuesta como quien busca un recibo que sabe que no guardó. No había nada que demostrara que la hubiera hecho. Tampoco que no. Tenía recuerdos de conversaciones interrumpidas por el ruido del comedor, de decirle «mamá, ahora no puedo» mientras alguien me pedía una bandeja.
Dejé el móvil boca abajo.
Al otro lado del pasillo, Quique apagó la luz. Oí el somier. Me había preguntado si necesitaba algo y yo había dicho que no.
Tardé unos minutos en entender que aún podía cambiar esa respuesta.
—Quique.
Apareció descalzo.
—Dime.
Le señalé la silla, no el sofá. Se sentó.
—Mañana voy a tener que contar una cosa que hice —dije—. Y no quiero que me digas que seguro que no es para tanto.
Esperó.
Saqué del bolso el pez de plástico y lo dejé sobre la mesa.