Todos Tenían Llave Capítulo 8
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Capítulo 8

Alberto llegó al edificio a media tarde.

Llevaba una maleta pequeña y la misma forma de fruncir el ceño que su madre cuando alguien aparcaba una bicicleta delante de los buzones.

Le conocía desde que éramos críos, aunque él era bastante menor.

Durante años había sido el niño al que Elvira llamaba desde la ventana hasta que se apagaban las conversaciones de todo el patio.

Ahora vivía en Málaga. Me lo había contado ella muchas veces, siempre añadiendo que estaba muy bien allí y que no tenía ninguna necesidad de volver.

Lo encontramos en el portal, junto a Paco. Tenía los ojos secos y una palidez gris alrededor de la boca.

—Marta.

Nos abrazamos. Él tardó en soltarme.

—Me han dicho que fuiste tú quien…

Asentí para que no tuviera que acabar.

—Lo siento muchísimo.

Era una frase gastada, pero no encontré otra. Alberto apoyó la maleta contra la pared y se frotó la cara con ambas manos.

—Me llamó el domingo. No se lo cogí.

Paco miró hacia los buzones. Yo pensé en todas las llamadas de mi madre que había dejado para después.

—Eso no significa nada —dije.

—Ya.

No se lo creía. Yo tampoco me lo habría creído.

La policía había estado también en el cuarto A. Alberto tenía que hablar con ellos antes de recoger algunas cosas. No sabía dónde iba a dormir, qué podía hacer, a quién llamar. Elvira había dejado demasiadas instrucciones sobre el ascensor y ninguna que él pudiera encontrar para aquello.

Bea apareció con una botella de agua.

—Mi casa está abierta —le dijo.

Me sorprendió que todavía tuviera espacio para ofrecerle una cama a alguien más. O que ofrecérsela le pareciera la primera cosa que hacer.

Alberto cogió la botella y no la abrió.

—¿Qué hacía en tu piso? —me preguntó.

—No lo sé del todo.

—Ella entraba, ya. Pero…

Se interrumpió. Me quedé esperando porque la frase no había terminado en el sitio que quería.

—¿Pero qué?

Alberto miró a Bea.

—Nada. Que no lo entiendo.

Bea le puso una mano en el hombro.

—Ahora no intentes entenderlo todo. Primero ve con los agentes.

Él asintió. Subió con Paco. Cuando ya no podía oírnos, me volví hacia mi amiga.

—¿Qué iba a decir?

—Yo qué sé.

—Te ha mirado a ti.

—La gente se mira, Marta.

Tenía razón. También tenía una manera nueva de tenerla que me hacía sentir pequeña.

Una hora después, Alberto me pidió que subiera. Ya había hablado con los agentes y sabía qué podía recoger del cuarto A. No quería hacerlo solo.

Dejé a Inés descansando y subí.

No entraba en aquella casa desde una Navidad, varios años antes.

Me sorprendió lo pequeña que era. Elvira ocupaba tanto espacio cuando bajaba a las demás viviendas que yo había imaginado la suya más grande.

Tenía muebles oscuros, dos lámparas de pie y una mesa de comedor cubierta con un hule transparente para proteger la madera.

No había nada lujoso salvo un sillón que parecía comprado para quedarse dormida sin reconocerlo.

Alberto estaba en mitad del salón con una bolsa vacía.

—No sé qué coger primero.

Le pregunté qué necesitaba. Unos documentos personales, ropa para su madre, unas fotografías. La enumeración le hizo daño a mitad de camino. Lo dejé terminar sin ayudarle con las palabras.

En el aparador había una fotografía de él con su hija. Elvira llevaba el pelo mojado y una camiseta demasiado grande. Miraba a la niña, no a la cámara. Al lado, un cuenco con caramelos que se habían pegado al cristal.

—Los tenía desde la última vez que vinimos —dijo Alberto—. Mi hija siempre buscaba los rojos.

La cocina estaba recogida. En el fregadero había un único vaso y una taza invertida. Un calendario colgaba junto a la puerta. El lunes tenía escrito «Rosa» y una flecha. No lo toqué.

Alberto me dijo que ya lo habían fotografiado. Lo estaba mirando como quien reconoce la agenda de alguien y de pronto entiende que no habrá más citas.

En el dormitorio había dos almohadas.

Una llevaba la funda sin planchar y estaba medio metida bajo el edredón. Elvira no dejaba así las cosas cuando las ordenaba para que nadie las usara.

Pensé en Tomás y aparté la mirada. Aquella parte de la vida de su madre no tenía por qué descubrirla conmigo a su lado.

Alberto abrió un cajón, encontró varias carpetas y leyó los rótulos. Comunidad. Médico. Banco. Amparo.

Se quedó con la última en la mano.

—¿Sabes qué es esto?

Negué. No le pedí que la abriera.

La dejó aparte para consultar qué debía hacer con ella. Yo tenía ocho años de ventaja y una muerte reciente que no me había enseñado a soportar la siguiente.

Buscábamos una bolsa más grande cuando la puerta de entrada se abrió.

Bea apareció en el pasillo. Llevaba un rollo de bolsas y el mismo manojo de llaves que había usado en mi casa. Alberto dio un respingo.

—No te había oído —dijo.

—Perdona. Pensaba que estaba Paco.

Miró las carpetas sobre la cama.

—Traigo esto. Y quería llevarme unas cosas de Amparo que Elvira guardaba aquí, para que no te líes.

Yo tenía las manos vacías. Las noté de pronto muy visibles.

—¿Qué cosas?

—Papeles. Recibos. Cosas que no son suyas.

Alberto dejó las bolsas en una silla.

—Prefiero que no salga nada hasta saberlo.

Bea hizo un gesto de aprobación que llegó tarde.

—Claro. Lo decía por ayudar.

No insistió. Dejó el rollo de bolsas en el pasillo y preguntó si había comido. Alberto contestó que no tenía hambre. Ella le dijo que eso no importaba, que le haría un plato.

—Ahora no —respondió él.

Era un hombre de treinta y nueve años y parecía disculparse por no querer un plato. Vi cuánto de Bea estaba dentro de nuestras respuestas incluso cuando apenas la conocíamos.

Cuando se fue, Alberto se quedó mirando la puerta.

—¿Siempre ha tenido llave?

—No lo sé. Supongo que para ayudar a tu madre.

Él asintió. No se tranquilizó.

Terminamos de guardar la ropa necesaria. Alberto eligió una blusa azul y me preguntó si a su madre le gustaba. Le dije que la había visto ponérsela muchas veces. Era lo único que podía saber.

Antes de salir cogió uno de los caramelos rojos. Se lo guardó en el bolsillo sin comérselo.

Bajé a casa de Bea pensando en la carpeta con el nombre de Amparo y en la almohada usada. Escribí a la inspectora. Me respondió que ya estaban examinando los documentos. El resto no me lo contó.

Me quedé un momento junto a la ventana. Abajo pasaba una mujer con un carrito de la compra. Se detuvo a cambiar una rueda de posición que se le atascaba. La vi repetir el movimiento dos veces, irritarse y seguir. Por un segundo quise estar abajo con un problema así de claro.

Poco después, Sonia nos llamó. Había concertado una comparecencia para el día siguiente. Antes quería volver a hablar con Inés por teléfono, a solas. Mi hija salió al tendedero de Bea, un hueco acristalado que daba al patio común, y cerró la puerta.

Yo llamé a la otra abogada. Se llamaba Eva León.

Le dije que había encontrado un cadáver y que había hecho algo que necesitaba explicarle.

Me dio cita para la mañana siguiente, antes de que Inés fuera con Sonia.

Al colgar sentí un alivio tan intenso que casi me avergoncé.

No había confesado nada aún. Solo había reservado un sitio para hacerlo.

Quique volvió al atardecer con una bolsa de ropa y otra de comida. Insistió en llevarnos con él. Inés dijo que prefería ir a casa de Clara, una amiga con la que había estudiado el curso anterior. Me enseñó los mensajes. La madre de Clara estaba de acuerdo.

—Quiero dormir —dijo—. Sin oír pasos arriba.

No pude discutírselo.

Le pregunté si Dani iba a estar allí. Negó, demasiado cansada para enfadarse. Quique la llevaría.

Antes de salir, Inés me pidió su cuaderno. Lo saqué de la bolsa.

—¿Lo has leído?

—No.

Esta vez era verdad.

Se lo guardó en la mochila. Quise preguntarle otra vez qué había ocurrido con Elvira. Ya tenía la pregunta preparada, con las palabras colocadas para que pareciera distinta de las anteriores. En lugar de hacerla, le dije que me avisara al llegar.

Mi hija me besó en la mejilla.

Fue un beso rápido, torpe. Me aferré a él más de lo que habría reconocido.

Cuando el coche de Quique dobló la esquina, me quedé un rato bajo el toldo de la panadería.

Había dejado de llover. Una luz amarilla caía sobre el cristal donde anunciaban ofertas del día.

El dependiente retiraba las barras que no había vendido y las metía en una caja.

Sentí hambre de pronto, un hambre brutal, y compré una empanadilla que me comí andando.

No había avanzado diez metros cuando sonó el teléfono. Alberto.

—¿Puedes hablar un momento?

Nos sentamos en un banco junto a una farmacia. Él seguía con la botella de agua sin abrir.

—Mi madre me llamó por lo de la venta —dijo—. O eso creo. Me dejó un audio. No lo escuché hasta ayer, después de que me llamase la policía.

Sacó el móvil. Antes de darle a reproducir me miró.

—Ya se lo he dado a ellos.

Asentí. No quería un secreto nuevo. Me quedaban demasiados.

La voz de Elvira sonó limpia, irritada, viva.

«Alberto, cuando puedas me llamas. No es nada grave. Bueno, no sé si es grave. Hay un asunto con unas cuentas y con la casa de Amparo. Ya te dije que esto de hacer favores… En fin. Mañana lo dejo arreglado. Pero me llamas, por favor. Y no a las once de la noche, que luego dices que no te cojo».

Alberto detuvo el audio.

Me había reído por dentro al oír lo de las once. Me odié un poco por ello. Después lo miré y vi que a él le había pasado algo parecido.

—Era muy suya —dijo.

—Sí.

—¿Sabes de qué cuentas hablaba?

Le conté lo de Rosa: la habitación, el dinero que yo no había recibido, el nombre de Bea. Alberto escuchó con la mirada fija en sus zapatos.

—Mi madre nunca daba nada sin apuntarlo —dijo.

—¿Crees que tenía los recibos?

—Creo que tenía hasta los de mi excursión de tercero. Otra cosa es dónde.

Abrió por fin la botella. Bebió un trago pequeño.

—No era una mujer fácil. Pero eso no…

—Ya lo sé.

—No quiero que ahora todos digan que era maravillosa. Me da más miedo que digan eso que lo contrario. Porque no era verdad, y entonces parece que están hablando de otra.

Me quedé a su lado sin intentar arreglarle la frase.

Alberto guardó el móvil.

—La última vez que hablamos me dijo que Beatriz se había pasado de lista. Le pregunté qué quería decir. Me contestó que yo no me metiera, que bastante tenía con mis cosas.

Miré la pantalla oscura.

—¿También se lo has contado a la inspectora?

—Sí.

Se hizo de noche mientras estábamos en el banco. La farmacia encendió su cruz verde. A nuestro alrededor la gente entraba, salía, consultaba recetas, buscaba en el bolso. Alberto se quedó mirando una ventana del edificio de enfrente.

—Ayer me escribió un mensaje a las cuatro y pico —dijo—. Solo ponía que le llamase. Lo vi tarde.

No le pedí que me lo enseñara. No quería convertir todo lo que le quedaba de su madre en una pista.

Me acompañó hasta el pasaje. Al llegar al portal, alguien estaba sacando una bolsa grande de basura del antiguo local de abajo. Dani. Tenía polvo en la camiseta y una caja de cables apoyada en la rodilla.

—Mi madre me ha dicho que recoja mis trastos —explicó al vernos—. Para que quepáis mejor.

Alberto le dio las gracias por algo que Dani no había ofrecido.

Yo miré la bolsa. No sé qué esperaba ver. La cabeza de un almirez a través del plástico, quizá. Una cosa que hiciera sencillo lo que no lo era.

Dani dejó la caja en el suelo y se acercó a mí.

—¿Inés está bien?

—Está durmiendo en casa de Clara.

Asintió. Pareció aliviado y decepcionado a la vez.

—Yo no quería que mintiera —dijo muy bajo.

Alberto ya estaba junto al ascensor.

—¿Quién quería? —pregunté.

Dani levantó la vista hacia la escalera.

—No lo he dicho bien.