Capítulo 7
No invité a Rosa a subir. No tenía una casa a la que invitarla.
Acabamos las tres en el bar de la esquina, en una mesa junto a una máquina de apuestas apagada. Rosa pidió agua del grifo. Yo, un café que tampoco necesitaba. Inés dijo que no quería nada y la camarera le puso un vaso igualmente.
Rosa empezó por disculparse.
—Si llega a saberlo su madre, se habría llevado un disgusto.
—¿El qué?
—Que estemos hablando de ella así.
Me molestó, pero tenía razón. Mi madre habría dicho que ya podíamos hacer una reunión sin ponerla a ella en medio. Y luego habría querido saber hasta el último detalle.
Rosa había conocido a Amparo en la sala de espera de una gestoría.
Las dos habían ido por problemas distintos con papeles que parecían no terminar nunca.
Mi madre había empezado a protestar por el aire acondicionado.
Rosa le había ofrecido su pañuelo. De ahí, según me contó, habían pasado a discutir qué tienda vendía el mejor pollo asado del barrio.
No había una gran escena que explicara la amistad. Me costó aceptarlo porque yo necesitaba encontrar el momento exacto en que mi madre había empezado a vivir cosas de las que no me hablaba.
—Yo estaba de interna —dijo Rosa—. Cuidaba a un matrimonio. Murió el señor y los hijos se llevaron a la señora a otra casa. Me quedé sin trabajo y sin habitación el mismo día.
Conseguía horas de limpieza, acompañamientos, lo que saliera. Su hermana vivía en otra provincia y no tenía sitio. Amparo le había ofrecido el dormitorio pequeño durante unas semanas.
—Lo de unas semanas se alargó.
Inés sonrió apenas.
—La abuela decía que cocinabas el arroz mejor que mamá.
—Tu abuela decía esas cosas para que cocinara otra.
Me reí. Esta vez de verdad, un ruido pequeño que me dio vergüenza en cuanto salió.
Rosa me miró con menos cautela.
Había llegado en marzo. Mi madre estaba enferma, pero aún bajaba a comprar y seguía empeñada en doblar las sábanas de una forma que requería dos personas. Rosa no era su cuidadora contratada. Se hacían compañía; se ayudaban. Durante los ingresos, Rosa había seguido viviendo allí.
—¿Y el dinero?
La mujer metió la mano en el bolso, sacó una cartera muy gastada y volvió a guardarla. No sabía si tenía que enseñarme algo.
—Bea me dijo que usted era quien llevaba las cuentas. Que Amparo no quería hablar de dinero y prefería que se lo diera a ella. Seiscientos cincuenta al mes. Más la fianza.
—¿Cuánto?
—Mil ochocientos. Lo llamaba fianza, reserva… No sé. Me dijo que me lo devolvería cuando me fuera y estuviera todo bien.
Me quedé mirando el azúcar sin abrir.
—Yo no he recibido nada.
Rosa no pareció sorprenderse. Pareció cansarse.
—Ya.
—¿Por qué ya?
—Porque ayer Elvira me dijo que tampoco lo tenía.
Inés levantó la cara.
—¿Viniste ayer?
—Por la tarde. Le dije que, si no me devolvían lo mío, iba a pedir ayuda. No sabía a quién, pero la pediría. Ella me contestó que a ver qué ayuda esperaba encontrar si ni siquiera tenía un contrato bien hecho.
Rosa se frotó una uña con el pulgar. Tenía la piel levantada junto a la cutícula.
—No grité. Bueno, un poco sí. Pero me fui.
—¿A qué hora?
—Sobre las cuatro. Tenía que entrar a trabajar.
—¿Dónde hablasteis?
—En su casa. En el cuarto. Después bajamos al portal. Elvira dijo que buscaría los recibos en el aparador de Amparo. La dejé subiendo y salí a la calle.
Mi hija dejó de mover el vaso.
Le pregunté a Rosa si había hablado con la policía. Me dijo que aún no, que había oído lo ocurrido al llegar al portal y Lucía le había dado mi nombre. Saqué la tarjeta de Recio.
—Tiene que contarles esto.
Rosa se quedó mirando el número.
—¿Cree que la he matado?
—No lo sé. Quiero decir… No he dicho eso.
Había conseguido ofenderla del modo que más había querido evitar. Inés me miró con una furia silenciosa.
—No creo nada —dije, más despacio—. La encontraron en mi casa. Tengo que contar lo que voy sabiendo. Y usted estuvo aquí.
Rosa cogió la tarjeta. La sostuvo por las esquinas, procurando no tocar las letras, como si pudieran borrarse.
—Amparo sabía perfectamente quién era yo —dijo.
—No lo estoy poniendo en duda.
Pero había utilizado el usted hasta entonces, y lo supe en cuanto ella se levantó.
La acompañamos fuera. Antes de irse, sacó la llave azul y me la ofreció. No la cogí.
—Me han dicho que no movamos cosas. Llame primero a la inspectora. Explíquele lo de la llave también.
Asintió.
—Mi caja no tiene nada importante —dijo—. Fotos. Una manta. Unos zapatos. No hace falta que se moleste.
La vimos alejarse. Caminaba deprisa, con el abrigo abierto, calculando el tiempo que le faltaba para llegar al trabajo. Yo sabía hacer aquella cuenta sin mirar un reloj.
—No la vuelvas a tratar como si estuviera ocupando algo —dijo Inés.
—Yo no sabía que existía.
—Ese es el problema.
Me volví hacia ella.
—Tú sí. Y tampoco me lo dijiste.
Inés abrió la boca y volvió a cerrarla. Por fin estábamos enfadadas por algo que las dos habíamos hecho.
Subimos al segundo. Bea había puesto la lavadora. Nos oyó entrar y salió del baño secándose las manos.
—¿Habéis comido?
—He hablado con Rosa.
Su cara perdió la expresión con la que había salido. No del todo. Solo lo suficiente para que yo lo viera.
—Ya me ha dicho Lucía que andaba por aquí.
—Le cobrabas por vivir en casa de mi madre.
Inés se quedó detrás de mí. Bea la miró, luego me indicó la cocina.
—Vamos a hablar tranquilas.
—Estoy tranquila.
No era verdad.
Bea cerró la puerta, pero no echó el pestillo. Me fijé en ello sin saber todavía que iba a pasarme días mirando las manos de la gente en las puertas.
—Amparo tenía muchos gastos.
—Los pagaba yo.
—Pagabas una parte.
—Pagaba lo que me decíais.
Bea dejó el paño sobre la mesa.
—Exactamente.
La forma en que lo dijo me hizo sentir estúpida antes de entender por qué.
—Había noches, Marta. Había cambios de sábanas a las tres. Había que comprar cosas que no estaban en ninguna lista. Había días en los que se negaba a comer y tardábamos una hora en convencerla. Tú venías y estaba todo hecho.
—No te estoy preguntando quién cuidó más de mi madre.
—Pues a lo mejor tendrías que preguntártelo.
Nos quedamos mirándonos. Conocía aquella cocina desde hacía más de treinta años. Había desayunado allí de adolescente, después de dormir en el suelo para no volver a mi casa cuando discutía con mi padre. Ahora no sabía dónde poner las manos.
—Rosa dice que tú cobraste una fianza.
—Y se le iba a devolver.
—¿Dónde está?
—Elvira llevaba esas cuentas.
—Rosa te pagaba a ti.
—Porque yo estaba. Siempre estaba yo.
Bea sacó un cajón y empezó a buscar entre recibos de farmacia. Los apartaba con una brusquedad que conocía bien: cuando estaba enfadada, ordenaba.
Encontró uno y lo puso delante de mí.
—¿Te acuerdas de esto?
Era de febrero. Una compra pequeña, cosas para la cama y un producto que mi madre necesitaba. Reconocí el nombre de la farmacia. Había pasado allí una noche, esperando a que abrieran, después de salir del hospital.
—Te lo pagué —dije.
—No he dicho que no.
Me enseñó la hora impresa. Yo habría estado durmiendo o trabajando. Bea había estado haciendo aquella compra. No estaba reclamando dos veces el importe. Estaba señalando una parte de su vida que no aparecía en el extracto de mi cuenta.
Me acordé de otra tarde de febrero.
Mi madre había vuelto del hospital con instrucciones que parecían sencillas hasta que intentabas organizar alrededor de ellas a personas que no podían dejar de trabajar.
Bea estaba sentada en la cocina con un vaso de leche y la chaqueta todavía puesta.
Tenía los ojos rojos. Me dijo que llevaba dos noches sin dormir bien.
Yo venía del colegio. Traía una bolsa con pan y dos cosas que había comprado en el último minuto para no llegar con las manos vacías. Recuerdo que me molestó el vaso de leche porque mi madre no debía tomar de la misma que comprábamos antes. Iba a decir algo y Bea me explicó que era para ella.
Nos quedamos calladas.
Mi madre llamó desde el dormitorio. Fui, le acomodé una almohada y le dije que tenía mejor cara. Ella me respondió que la cara era la misma y que lo que necesitaba era ir al baño sin que la vigilaran tres personas.
Después me pidió que revisara quién seguía teniendo llave.
—Hay más gente entrando aquí que en la mercería —dijo.
Yo estaba sosteniendo una bolsa de medicamentos. Miré la hora porque Inés me esperaba para recoger un papel del instituto.
—Mamá, es para ayudarte. Cuando estés mejor lo vemos.
—Estoy aquí ahora.
—Ya lo sé.
No lo escuché como una petición. Lo escuché como otra dificultad que debía resolver cuando hubiera acabado con las que me parecían urgentes. Al salir le dije a Bea que mi madre estaba un poco pesada. Bea sonrió, cansada, y me preguntó si podría quedarme esa noche.
No pude. O no encontré la manera. La diferencia la he discutido muchas veces conmigo misma sin conseguir una respuesta que valga para todo.
Volví al presente con el recibo delante.
—Tendríamos que haber organizado las cosas de otra forma —dije.
Bea soltó una risa amarga.
—Ya. Ahora lo organizáis muy bien todos.
—Pedirte perdón por eso no responde a lo de Rosa.
Empujó el recibo hacia mí.
—Pues guárdatelo. Para cuando vuelvas a hacer cuentas.
Dejé el recibo sobre la mesa y le pedí que conservara los documentos. Seguía sin saber dónde estaba la fianza de Rosa.
La lavadora entró en centrifugado. El ruido creció entre nosotras. Bea se apoyó en la encimera y miró hacia la ventana.
—No soy una ladrona.
No dije nada.
Se giró.
—¿Ahora vas a creer a una mujer que acabas de conocer antes que a mí?
Me acordé de mi madre, de su dormitorio en una fotografía tomada después de muerta, de los zapatos de otra persona debajo del escritorio.
—Quiero saber qué ha pasado en mi casa.
Bea se llevó una mano a los ojos. Por un momento pareció que iba a llorar. Después la bajó.
—Tu casa —repitió.
No alzó la voz. No hizo falta.
Abrió la puerta de la cocina. Inés estaba en el pasillo.
—Rosa tenía que haberos contado que vino ayer —dijo Bea—. Antes de que le preguntaras tú.
—Nos lo ha contado.
Bea me miró.
—Entonces ya sabes que estaba furiosa con Elvira.