Todos Tenían Llave Capítulo 6
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Capítulo 6

La abogada tenía el despacho en un primero sin ascensor y una planta de plástico junto a la ventana.

Me tranquilizó la planta. Alguien que no fingía tener tiempo para regar quizá tampoco fingiría tener respuestas para todo.

Sonia Muñoz rondaba los cuarenta. Llevaba gafas, una camisa azul y un bolígrafo del que se había desprendido la pintura. Nos hizo sentarnos y preguntó a Inés por qué había ido.

Contesté yo.

Sonia me dejó hablar un minuto y cerró la libreta.

—Marta, entiendo que esté preocupada. Pero quien está aquí para recibir asesoramiento es su hija. Necesito escucharla a ella y, después, hablar un rato a solas.

—Yo también estoy implicada.

La palabra salió antes que el pensamiento.

Sonia me miró.

—¿En qué sentido?

—La encontraron en mi casa.

—Entonces quizá usted necesite su propio asesoramiento. Ahora vamos a separar las cosas.

Inés se hundió un poco más en la silla. Quedarse a solas con una desconocida parecía el primer alivio real de aquella mañana.

Expliqué lo mínimo: la muerte, las llaves repartidas, la declaración de la noche anterior. Dije que mi hija había estado en casa y no lo había contado bien. Sonia no utilizó mi eufemismo. Le preguntó directamente a Inés qué había dicho y qué no.

Yo miraba el bolso, que había dejado entre mis pies.

Cuando me pidió que esperase fuera, obedecí.

La sala de espera tenía tres sillas, revistas antiguas y una ventana que daba a un patio más estrecho que el nuestro. Oía un televisor en algún piso. Un hombre repetía una oferta de colchones como si de ella dependiera el país entero.

Saqué el móvil. Tenía llamadas de Quique y varios mensajes del grupo de vecinos. Ninguno era de Recio.

Llamé a Bea.

—¿Ha vivido alguien en casa este verano?

Al otro lado tardó un segundo en contestar.

—¿Cómo?

—He visto las fotografías de agosto.

Oí agua. Un grifo o una cafetera.

—Ah. Rosa.

Dijo el nombre como si yo lo hubiera olvidado, no como si nunca me lo hubieran dicho.

—¿Quién es Rosa?

—Una señora que estuvo acompañando a tu madre un tiempo.

—Eso fue antes.

—Sí. Y luego tardó un poco en encontrar dónde ir.

Apoyé la frente en la pared de la sala de espera.

—¿Cuánto es un poco?

—No lo sé, Marta. No llevaba un calendario. Se fue a finales de agosto.

Había muerto mi madre y yo había llorado por teléfono mientras Bea decía que se encargaría de cerrar la casa. No recordaba que hubiera dicho que la cerraría con una mujer dentro.

—¿Y no pensaste en decírmelo?

—Estabas con lo de Quique. Bastante tenías.

—No decidas tú lo que puedo saber.

El silencio se hizo más largo.

—Vale —dijo al fin—. Eso lo podemos hablar. Pero no lo mezclemos con lo que ha pasado.

—¿Por qué no?

—Porque no tiene nada que ver.

Lo dijo demasiado pronto para una cosa que yo acababa de descubrir.

Le pedí el teléfono de Rosa. Me dijo que tendría que buscarlo. Le pregunté si Elvira sabía lo de la mujer. Respondió que claro, que Elvira lo sabía todo. Sonó como una broma cansada. Yo no me reí.

Sonia abrió la puerta antes de que yo colgara.

Inés estaba sentada con la mochila en el regazo. Había llorado. Lo vi en la nariz, en el modo en que respiraba. Me dolió no haber estado y, casi a la vez, comprendí que parte de aquello quizá había sido posible porque yo no estaba.

Sonia no me contó lo que habían hablado.

—Vamos a contactar con la inspectora y a preparar una aclaración formal de lo ocurrido —dijo—. Hasta entonces, no intentéis coordinar versiones con nadie. Guardad los mensajes. No borréis nada, no devolváis objetos, no entréis a buscar cosas por vuestra cuenta.

El bolso me pesó entre las rodillas.

—¿Hoy?

—He dejado aviso. En cuanto nos indiquen, iremos. Inés necesita contar lo que sabe con precisión, no lo que cree que tranquilizará a los demás.

Mi hija miró por la ventana.

Sonia me tendió una tarjeta de otra compañera de su despacho.

—Para usted. He pedido que pueda llamarla esta tarde. Si tiene algo propio que consultar, hágalo aparte.

No le había dicho lo de la llave. Me quedé mirando la tarjeta que acababa de darme.

Bajamos. En la calle, Inés se detuvo junto a una moto aparcada.

—No le preguntes qué le he contado.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas.

Tenía razón. Me callé.

Quique vino a recogernos. Aparcó en doble fila y salió del coche con una bolsa de mandarinas, como si fuéramos a un hospital. Nos abrazó por separado. A Inés le tocó la cara con las dos manos; a mí, solo el hombro.

—Os quedáis en casa —dijo.

Nuestra antigua casa. La que yo había abandonado con tres maletas y demasiadas cosas sin decir.

Inés negó.

—No puedo ahora.

Quique me miró. Él tampoco entendía por qué prefería volver al edificio. Yo no supe explicárselo. Tal vez porque salir de allí sin saber lo que había ocurrido me parecía dejar a mi hija dentro, aunque viniera conmigo.

Aceptamos que nos llevara al pasaje. Antes de bajarnos me cogió de la mano.

—No hace falta que puedas con todo.

Lo habría agradecido más si me lo hubiera dicho cuando aún vivíamos juntos. Aun así, asentí.

Rosa nos esperaba en el portal.

La reconocí por la chaqueta. Era la misma que aparecía en la fotografía, un abrigo fino de cuadros marrones.

Debajo llevaba ropa de trabajo y un bolso cruzado.

Tendría poco más de cincuenta años. Tenía el pelo teñido de un castaño que se volvía rojizo bajo la luz y las manos enrojecidas por el frío o el agua.

No parecía sorprendida de ver a Inés.

—¿Cómo estás, cariño?

Mi hija se fue hacia ella. Se abrazaron sin vacilar.

Yo me quedé junto al coche, con la bolsa de mandarinas que Quique me había puesto en la mano.

—Soy Marta.

Rosa me miró. Se separó un poco de Inés.

—Ya lo sé.

Aquella respuesta me hizo sentir extranjera en mi propia dirección.

—Bea me ha dicho que estuvo en casa.

—Estuve, sí.

Sacó una llave del bolsillo del abrigo. Llevaba una funda azul en la cabeza. La sostuvo sin ofrecérmela.

—Venía a devolverla. Y a recoger una caja que dejé en el altillo.

—Ahora no se puede entrar.

Rosa miró hacia las escaleras.

—Ya me lo han dicho.

Inés seguía junto a ella. Vi la facilidad con que se colocaban una al lado de la otra, el espacio compartido sin esfuerzo.

Pensé en las veces que mi hija había venido a ver a su abuela mientras yo trabajaba, mientras yo discutía con Quique, mientras yo creía que ya sabía todo lo importante porque alguien me enviaba un mensaje al final del día.

—¿Mi madre sabía que usted vivía aquí?

Rosa me sostuvo la mirada.

—Su madre me hizo sitio en el armario.

No me lo dijo con desafío. Por eso me dolió más.

—¿Y después de que muriera?

Inés se movió.

—Mamá…

—Quiero oírla.

Rosa guardó la llave.

—Después seguí pagando. Hasta que Bea me dijo que había que vaciar para la venta. Que usted volvía.

—¿Pagando a quién?

La mujer miró primero a Inés. Después, a mí.

—Pensaba que lo sabía.