Capítulo 5
Paco me esperaba en el rellano del primero cuando bajé con la bolsa de ropa.
—Te la doy ya —dijo.
Tenía una llave sobre la palma. Sin llavero, sin etiqueta. Una llave corriente, tan gastada en los bordes que parecía blanda.
—¿Has hablado con la policía?
—Sí. Les he dicho que la tengo. Que estaba arreglando lo del radiador ayer por la mañana. Con tu permiso.
Yo se lo había pedido el domingo. El radiador del dormitorio de mi madre goteaba por una junta, aunque la calefacción todavía no estaba encendida, y Paco llevaba tres visitas explicándome por qué no podía dejarlo así hasta que vendiera.
—Guárdala por ahora. Tendré que cambiar la cerradura cuando me dejen.
Paco cerró la mano. No pareció ofendido, lo que me resultó más triste.
—Claro.
Me fijé en sus zapatillas. Una estaba descosida en el lateral. Siempre me había parecido que los adultos de aquel edificio llegaban a viejos de repente. El día anterior aún los recordaba desde abajo, con mi estatura de niña; ahora veía las venas de sus tobillos.
—¿Hiciste alguna copia? —pregunté.
Se quedó mirando la llave.
—La de Tomás.
—Yo pensaba que mi madre se la había dado.
—Me pidió que se la hiciera. Para recoger una compra durante el ingreso. Lo sabía tu madre, Marta.
No le había acusado de nada y ya se estaba defendiendo.
—¿Y después?
—Después no se la pedimos. Había otras cosas.
Las había habido. Citas que cambiaban de hora, turnos que no conseguía cambiar yo, una cama que hubo que mover para que mi madre no tuviera que cruzar el pasillo de noche. En aquellos meses las llaves se habían repartido con menos cuidado que las bolsas de la compra.
Paco me preguntó si quería un café. Le dije que había quedado con una abogada y que tenía que llevarme a Inés. No me preguntó por qué. Me acompañó hasta la puerta del segundo sin tocarme, manteniendo una distancia rara, nueva.
—Ayer por la mañana estaba todo bien —dijo al despedirse—. Tu cocina. Quiero decir eso.
Asentí.
Él bajó un peldaño y volvió a mirarme.
—Tenía que haberte llamado antes de entrar, aunque me hubieras dicho que podía ir.
No supe qué contestar. Hasta la noche anterior, yo le habría dicho que no fuera tonto.
Bea estaba hablando por teléfono cuando entré. Al verme se apartó hacia la ventana. Inés se había vestido con la ropa que le había traído y me esperaba sentada al borde del sofá, con la mochila sobre las rodillas.
—La abogada nos ve a las doce —le dije.
—¿Quién es?
—Sonia Muñoz. Me la ha recomendado una compañera.
Bajamos sin esperar a que Bea terminara su llamada.
En el portal habían quitado el cartel de la próxima reunión. Alguien había colocado en su lugar una hoja blanca: Se ruega no facilitar información a medios de comunicación. Debajo aparecía escrito a bolígrafo: ¿Quién lo ruega?
Reconocí la letra de Chon.
Había dos hombres junto a la puerta de la calle. Uno hablaba con Raquel; el otro sostenía una carpeta azul y miraba el móvil. Al vernos, el de la carpeta se guardó el teléfono.
—Marta. Lo siento muchísimo.
Era Iván Costa, de Ladera Patrimonio. Le había visto dos veces. En ambas ocasiones llevaba un traje sin corbata que parecía elegido para tranquilizar a personas que desconfiaban de los trajes.
Me ofreció la mano, se arrepintió a medio camino y terminó tocándome el brazo.
—No queríamos molestar. Me ha llamado Beatriz. Hemos suspendido la visita del viernes, evidentemente. Ya veremos más adelante.
Inés se separó un poco de mí.
—¿La ha llamado Bea? —pregunté.
—Ayer noche. Y esta mañana hemos hablado otra vez.
Asentí. Era normal. Alguien tenía que avisar.
El otro hombre se presentó como técnico. Dijo que solo había pasado a recuperar unas mediciones y que no iban a entrar en ninguna vivienda. Me agradeció no sé qué. Tenía una amabilidad cuidadosamente vacía, de alguien que no sabía en qué frase podía pisar algo.
—¿La oferta sigue? —pregunté.
Me arrepentí antes de terminar.
Inés giró la cara hacia mí.
Iván no me juzgó. O tuvo la educación de no demostrarlo.
—No vamos a tomar decisiones precipitadas. Esto cambia los plazos, pero hablaremos cuando sea oportuno. La compra de cada vivienda depende de sus propietarios y de las comprobaciones pendientes. No hay una operación cerrada todavía.
—Ya.
—No se preocupe ahora por eso.
Me molestó que pudiera decirlo. Él no necesitaba aquellos trescientos dieciocho mil euros. Yo sí, y eso no había dejado de ser cierto porque hubiera muerto alguien.
Fuera lloviznaba. El pasaje olía a asfalto húmedo y al humo de la cafetería de la esquina. Un repartidor trataba de meter una furgoneta donde no cabía; una mujer le indicaba con la mano que siguiera, aunque era evidente que no había sitio. Madrid seguía gastando su mañana en cosas normales.
Caminamos hacia Bravo Murillo sin hablar.
—No hacía falta preguntarlo —dijo Inés al cabo de un rato.
—Lo sé.
—Parece que solo te importa vender.
Me detuve frente a una tienda de telefonía. En el cristal se reflejaban las dos, yo con la bolsa de ropa y ella con su mochila. Parecíamos habernos escapado de algún sitio sin saber adónde ir.
—No sabes lo que me importa.
Inés mantuvo la mirada en el escaparate.
—A veces no.
Quise explicarle la cuenta, hacerle otra vez el reparto del dinero, enseñarle que en todos mis cálculos estaba ella. No lo hice. Me había pasado años pronunciando su nombre después de la palabra sacrificio sin decir la palabra sacrificio. De repente oí cómo debía de sonarle.
Me quedé mirando el escaparate.
El domingo, antes de que nada ocurriera, Elvira había subido con una carpeta azul y un metro que no necesitaba.
Yo estaba vaciando el armario del pasillo.
Había sacado dos cajas al rellano para poder abrir las puertas y Inés intentaba convencerme de que no tirara una lámpara que llevaba años desenchufada.
Sonaba música desde su móvil. Durante un rato habíamos conseguido estar allí sin hablar de mi separación ni de la abuela.
Elvira empujó la puerta con la cadera.
—¿Se puede?
Ya estaba dentro.
Se agachó para mirar las cajas del rellano, leyó dos etiquetas y me preguntó qué pensaba llevarme. Lo hizo con ese tono de los administrativos cuando falta una casilla, como si mis pertenencias debieran tener un destino definido antes de ocupar un metro de suelo.
—Todavía no lo sé.
—Pues cuanto antes lo sepas, mejor. Hay que enseñarlo bien.
Del armario había salido también el paño con un pato naranja que mi madre bordó para Dani cuando nació. El ala le quedó torcida. Lo dejé junto a los trapos de la cocina, donde acababan todas las telas demasiado queridas para tirarlas.
Inés dejó la lámpara sobre una silla.
—No vamos a enseñarlo mañana.
—Mañana no. Pero las cosas no se arreglan la noche anterior.
Elvira abrió la carpeta. Me enseñó otra vez la cifra de la oferta y señaló dos anotaciones que había añadido por su cuenta sobre la entrada y un armario empotrado. Yo ya había leído la cantidad tantas veces que podía verla incluso con el papel boca abajo.
—No voy a tocar el tabique ahora —dije.
—Nadie te está pidiendo que tires un tabique. Solo que quites lo que estorba.
Miró la silla donde estaba la lámpara. Después la maleta de Inés, aún a medio vaciar desde que habíamos vuelto.
—Aquí parece que vivís de paso.
Mi hija soltó una risa corta.
—Eso parece.
Le dije que luego hablaríamos. Elvira aprovechó para señalar el dormitorio pequeño en el plano.
—Este cuarto tiene que quedar libre. Sin nada personal. Que se vea lo que es.
—Un cuarto —contestó Inés.
—Eso.
No entendí entonces por qué mi hija le sostuvo la mirada. Pensé que estaba defendiendo el dormitorio donde había pasado los veranos, que no quería ver las cosas de la abuela en bolsas. Ahora sabía que también estaba pensando en otras pertenencias.
—¿Y si alguien tiene algo allí? —preguntó.
—Pues lo recoge.
—¿Así de fácil?
Elvira cerró la carpeta un poco demasiado deprisa.
—Inés, los mayores estamos hablando.
Mi hija tenía diecinueve años. Yo podría haberlo dicho.
En vez de eso, le pedí que bajara una de las cajas al contenedor del papel.
Lo hice porque quería acabar con la discusión y porque la cantidad de la oferta estaba otra vez delante de mí.
Inés cogió el cartón vacío, no la caja que yo le señalaba, y salió.
Elvira esperó a oír el ascensor.
—La tienes muy subida.
—No me digas cómo tengo a mi hija.
—Te lo digo porque te aprecio.
Se había vuelto hacia la cocina. Abrió el cajón y enderezó los cuchillos sin preguntar.
Yo la vi hacerlo desde el pasillo, con una pila de sábanas en los brazos.
Llevaba dos semanas intentando darle a aquella casa un orden en el que pudiera respirar y ella acababa de deshacer uno de los pocos cambios que había hecho.
—Déjalo.
—Así cortan al meter la mano.
—Al revés es como cortan.
Cerré el cajón más fuerte de lo necesario. Elvira me miró. Durante un segundo pensé que iba a irse. Se limitó a sacar un bolígrafo.
—Necesitaremos aclarar también los gastos que quedan.
—¿Qué gastos?
—Los de estos meses. Los que se han ido pagando. Tú estabas con otras cosas, bastante tenías.
Otra vez esa explicación, tan razonable que me dejaba sin una pregunta que no sonara ingrata.
Le dije que mandara las cantidades por escrito. Contestó que primero debía hablar con Bea. Yo seguí doblando las sábanas, aunque me salían cada vez peor.
Cuando volvió Inés, Elvira se había puesto a mirar los cuadros. Señaló el de mis padres en la playa.
—Eso también conviene quitarlo antes de que venga nadie.
Mi hija se quedó en la entrada.
—Todavía vivimos aquí.
Aquella vez yo tampoco pude aguantar.
—Estoy harta de que todo el mundo trate mi casa como si fuera suya.
Elvira se giró despacio. No pareció herida. Pareció molesta por haber perdido la autoridad delante de Inés.
—Pues empieza a ocuparte de ella.
Salió con su carpeta. Yo la seguí hasta el ascensor para decirle que me dejara los papeles.
Discutimos por las cajas que estaban junto a la puerta y que, según ella, podían hacer tropezar a alguien.
Al final bajamos los últimos escalones todavía hablando.
En el portal me entregó la carpeta con un golpe de muñeca.
—Léela bien —dijo—. Que luego parece que una se inventa las cosas.
Eso fue lo último que me dijo antes del lunes.
En el escaparate de la tienda de telefonía, Inés me estaba mirando.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
Seguimos andando con la misma discusión del domingo entre las dos, ahora sin una persona a la que poder contestar.
En una cafetería pedimos dos cafés y una tostada para compartir. Inés arrancó la corteza en tiras. Yo abrí la carpeta que había recogido del dormitorio. Necesitaba hacer algo con las manos.
Estaban la oferta, un plano y las fotografías que había preparado Elvira para enviarlas a los compradores. Las había visto en el móvil, de pasada, durante una pausa de trabajo. Nunca las había examinado en papel.
Salón. Pasillo. Cocina.
Pasé la hoja de la cocina deprisa.
El dormitorio pequeño tenía una colcha naranja con flores blancas. Sobre la mesilla había una lámpara flexible, un vaso y un libro abierto boca abajo. En la silla del escritorio se veía una chaqueta de mujer.
No reconocí la colcha ni la chaqueta.
La cama era la antigua cama de Inés, la que había usado durante los veranos con su abuela. La colcha era de otra persona.
—¿Esto cuándo se hizo? —pregunté.
Inés miró la foto y dejó la tostada.
En la esquina superior de la hoja había una fecha de agosto. Mi madre había muerto en mayo. En agosto, yo todavía vivía con Quique y creía que aquel piso llevaba tres meses cerrado, salvo por las visitas de Bea para regar y ventilar.
—Sería para que quedara mejor —dijo Inés.
—¿El libro también?
No contestó.
Pasé a la fotografía siguiente. Desde otro ángulo se veía una bolsa de supermercado llena de zapatos debajo del escritorio.
No era decoración. Alguien había vivido allí.
Cogí el móvil para llamar a Bea. Inés me sujetó la muñeca.
No me hizo daño. Apenas me tocó.
—Espera.
La miré.
—¿Qué sabes?
Su rostro cambió de un modo que me hizo recordar a mi madre. No por el parecido, sino por aquella expresión de cansancio anticipado que ponía cuando yo iba a preguntarle algo cuya respuesta ya me había negado una vez.
—La abuela no quería estar sola —dijo Inés.
—Tu abuela ya no estaba viva cuando se hicieron estas fotos.
Retiró la mano.
Alrededor seguían sonando cucharillas. Una camarera llamó dos veces a un hombre que se había dejado la cartera. En nuestra mesa, la colcha naranja parecía ocupar el sitio de una persona.