Todos Tenían Llave Capítulo 4
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Capítulo 4

El martes, antes de las siete, Chon llamó al timbre con una bolsa de churros.

—Paco los ha comprado de más —dijo cuando Bea abrió.

Paco no había comprado nada de más por accidente en toda su vida. Chon lo sabía, Bea también, y las dos aceptaron la explicación porque era más fácil que decir para qué había madrugado un hombre de sesenta y ocho años.

Yo llevaba un rato sentada en la cocina. Inés dormía. Dani había salido temprano a un montaje, según su madre. Había una taza de café delante de mí que se había enfriado sin que la probase.

Chon entró despacio, apoyándose en su bastón. La última operación de rodilla la había dejado peor que antes y no se lo perdonaba al cirujano, a su marido ni a los escalones.

—No subas todavía —me dijo.

—No iba a subir.

—Ya. Por eso llevas las llaves en la mano.

Miré. Tenía las mías, las del llavero amarillo, apretadas entre los dedos. No recordaba haberlas sacado.

Chon dejó la bolsa sobre la mesa. No me preguntó cómo estaba.

—Le he dicho a Paco que deje de llamar al hijo. El chico ya lo sabe. No va a resucitarla porque le marque cinco veces.

—¿Has hablado con Alberto?

—No. Hablar ha hablado Paco. Yo le he oído dar el pésame como si estuviera leyendo la garantía de la caldera.

Se sentó con una mueca de dolor. Bea se apresuró a acercarle un cojín. Chon lo apartó.

—No quiero cojín. Quiero una rodilla.

Por primera vez desde la tarde anterior estuve a punto de reírme. Me dolió el intento.

Habíamos llamado al colegio. Le había dicho a la encargada que había muerto una vecina en casa. Hubo un silencio al otro lado y después me preguntó si tenía un justificante. No se lo eché en cara. Su primera respuesta siempre era encontrar el papel que pudiera sostener la segunda.

Quique también había llamado. Me ofreció su sofá y llevarse a Inés. Le dije que luego hablábamos. Ya no éramos un matrimonio, pero seguíamos utilizando las mismas palabras para aplazar lo que no sabíamos decir.

El móvil vibró. Era un mensaje en el grupo del edificio.

Por respeto a la familia, os ruego que nadie haga comentarios a personas ajenas a la finca. La policía está trabajando. Gracias.

Lo había escrito Bea.

—Hay gente abajo haciendo fotos —dijo, sin que yo le preguntara—. No quiero que esto se convierta en un circo.

Chon se sirvió café.

—¿Y cómo distinguimos a los ajenos? Elvira conocía al del quiosco desde antes de que tú nacieras.

—Ya sabes lo que quiero decir.

—No siempre.

Bea recogió una miga del mantel con la punta de un dedo. Yo abrí la tarjeta de Ana Recio en el móvil. Había guardado su número la noche anterior.

Quise llamar.

Entonces salió Inés, pálida, con el pelo pegado a la cara, y me preguntó si había noticias. Cerré la pantalla.

—Voy a buscar una abogada esta mañana —le dije.

Chon bajó los ojos a la taza. Bea no.

—¿Para qué?

—Para que nos explique qué hacer.

—La policía ya os explicará.

—Quiero hablar con una abogada.

Bea levantó ambas manos, como si yo le hubiera pedido que saliera de mi casa. Estábamos en la suya.

Inés cogió un churro. Lo sostuvo sin comer.

El timbre volvió a sonar a las ocho y veinte. Esta vez eran Recio y el agente que había visto la noche anterior. Salas, dijo al presentarse. Se quedaron en el recibidor.

—Necesitamos que nos acompañe un momento arriba —me dijo ella.

Me puse los zapatos. Inés quiso venir. Recio le pidió que esperara.

Subimos una planta. El pasillo de mi casa olía distinto. No supe decir a qué hasta que entendí que faltaba el olor de la cena que nunca había hecho.

La cocina estaba vacía.

La silla de mi madre se encontraba separada de la mesa. Había marcas que no estaban el día anterior y huecos donde faltaban objetos. Me obligué a no mirar el suelo.

—No toque nada —dijo Salas.

Lo dijo sin brusquedad. Yo había alargado la mano hacia el interruptor.

Antes de que siguiera preguntando, le hablé de Tomás.

La inspectora se quedó escuchando. Le dije que lo había visto bajar, que llevaba un sobre y que él mismo había dicho que tenía llave del cuarto A. No sabía a qué había ido. Me preguntó si le había visto salir de alguna vivienda.

—No. Solo bajar por la escalera.

Anotó esa diferencia.

Al terminar me preguntó si había algo más de la noche que debiera contarle. Sentí la forma de la llave al recordar el bolso que había dejado abajo.

—Eso —dije.

La mentira ya no me salía como un susto. Empezaba a salirme como una decisión tomada antes de que llegara la pregunta.

Recio me preguntó si podía señalar qué había dejado por la mañana sobre la encimera. Le hablé de la cafetera, del plato de Inés, de un vaso con agua. La inspectora no confirmó qué seguía allí ni qué se habían llevado. Me pidió que mirase el conjunto.

El hueco junto a los botes de legumbres estaba demasiado limpio.

Tardé en comprenderlo.

—Falta el almirez.

—¿Qué almirez?

Le indiqué el círculo más claro sobre la encimera. Mi madre tenía un mortero de bronce que pesaba una barbaridad y que se negaba a sustituir por uno de piedra. Decía almirez porque había oído decirlo a mi abuela. Yo decía mortero para fastidiarla.

—Estaba ahí siempre. Con la mano dentro.

—¿La mano?

—La pieza con la que se machaca.

Recio miró el hueco. Salas anotó algo.

—¿Lo utilizó ayer?

—No. Hace años que no lo uso. Mi madre sí. O lo usaba.

—¿Puede estar guardado?

—Puede. Pero yo no lo he guardado.

Me preguntó cómo era. Le hablé de las dos asas pequeñas y de una abolladura en un lado. Se la había hecho yo, tirándolo de una mesa cuando era cría. Mi madre la señalaba cada vez que alguien decía que las cosas de antes duraban más.

No me dijeron para qué querían saberlo. Yo tampoco pregunté. La palabra bronce se había vuelto muy pesada dentro de aquella cocina.

Recio señaló la ventana.

—¿Suele dejarla abierta?

—Cuando cocino.

—¿Ayer por la mañana?

No lo recordaba. Se lo dije.

Habían retirado la caja de Lucía. El sitio junto a la mesa estaba vacío. Pregunté si se habían llevado también ese paquete.

—Estamos comprobando las cosas que había en la vivienda —respondió la inspectora—. ¿Sabe de quién era?

—Creo que de Lucía, la del primero. Me dijo que esperaba un paquete. Yo supuse que sería algo para el hotel.

Recio anotó el nombre completo. Le expliqué que a mi madre le encantaba recoger paquetes. Se quejaba de que todo el edificio la utilizaba como portera, pero, si el repartidor se marchaba sin llamar a su timbre, decía que ese chico no se enteraba de nada.

La inspectora dejó que terminara.

—¿Su madre permitía que las personas que tenían llave entraran cuando ella no estaba?

—Depende de para qué.

—¿Y usted?

Abrí la boca y me quedé sin respuesta.

Había vuelto hacía dos semanas. El primer día, Bea había dejado leche en la nevera.

El segundo, Paco había subido a arreglar una persiana.

Elvira había entrado varias veces a por sus papeles.

Yo había protestado, había bromeado, había dado las gracias.

No había tenido una conversación de verdad con ninguno.

—No había cambiado nada —dije.

Recio asintió, pero no como si eso lo explicara todo.

Me dejaron recoger ropa siguiendo sus indicaciones.

Cogí prendas sin orden: dos camisetas mías, un vaquero de Inés, ropa interior.

Busqué su cargador en la mesilla y vi el cuaderno que llevaba meses usando para apuntar horarios, direcciones, centros de estudio.

Lo metí en la bolsa. También recogí la carpeta de la oferta de compra, que estaba en el dormitorio, separada de los papeles del aparador.

Al salir, Recio se quedó un segundo conmigo en el descansillo.

—Ayer habló de discutir con la señora Alonso por cajas. ¿Hubo algo más?

—No importante.

La inspectora me miró sin moverse.

Podía haberle contado la frase de Inés. Podía haberle dicho que había mentido, que necesitaba ayuda para arreglarlo. En lugar de eso, empecé a hablar del domingo.

—Elvira decía que yo tenía mucha prisa. Que no podía vaciar la casa como si fuera un almacén.

—¿Y usted qué le dijo?

Me vi a mí misma en el portal, con una caja de manteles, sudando y furiosa porque cada objeto de mi madre parecía necesitar una autorización para salir.

—Que estaba harta de que todo el mundo tratara mi casa como si fuera suya.

La inspectora apuntó la frase entera.