Todos Tenían Llave Capítulo 3
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Capítulo 3

No dije nada delante de Bea.

Ese fue el segundo error. El primero me pesaba en el bolsillo; el segundo consistió en sonreírle cuando me preguntó si quería pan.

—Voy a ver a Inés.

Crucé el pasillo. Llamé al baño con los nudillos.

—Un momento —dijo ella.

—Ábreme.

Tardó tanto que me imaginé cosas peores que la verdad. Cuando al fin retiró el pestillo, estaba sentada en el borde de la bañera. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y los ojos muy abiertos. No había llorado. Yo tampoco, y de pronto aquello me pareció una mala semejanza.

Cerré la puerta detrás de mí.

—He visto el mensaje.

Inés apoyó las manos en las rodillas.

—¿Qué mensaje?

—No empieces.

Se levantó. El baño era pequeño y, con las dos dentro, cada movimiento obligaba a la otra a apartarse. Había una toalla rosa colgada en el radiador. Un cepillo de dientes eléctrico se estaba cargando junto al lavabo. Me fijé en todo porque no quería fijarme en su cara.

—Dani dice que le cuentes a alguien que estaba viva cuando saliste. ¿Saliste de dónde?

Ella miró la puerta.

—De casa.

Me apoyé en el lavabo. El borde estaba húmedo.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

—¿Y por qué no me lo has dicho?

—Porque te has puesto a…

—¿A qué?

No terminó. Había escogido una palabra que no se atrevía a usar conmigo.

—Te he preguntado dónde estabas. Me has dicho que con Dani.

—He estado con él.

—Antes.

—También.

Desde la cocina llegó el sonido de un cajón. Inés bajó la voz.

—He subido a coger unas cosas. Elvira estaba allí. Hemos hablado. Luego me he ido.

—¿De qué habéis hablado?

—De cosas.

—Inés.

—De la abuela. Del piso. De que todo lo que hacemos le parece mal a todo el mundo. No le he hecho nada.

Se quedó inmóvil después de decirlo.

Yo no le había preguntado eso.

La llave me rozó la pierna. La cogí dentro del bolsillo, pero no la saqué. Pensé que, si la veía, se cerraría del todo. Pensé muchas cosas que tenían la ventaja de permitirme seguir sin hacer lo que debía.

—¿La inspectora te ha preguntado si has estado en casa?

Inés apartó la mirada.

—He dicho que había estado con Dani.

—¿Te ha preguntado?

—Sí.

Lo dijo con rabia, como si la pregunta se la hubiera hecho yo para fastidiarla.

Me senté en la tapa del váter. Las rodillas me temblaban tanto que tuve que sujetarlas. Inés me miró por primera vez con algo parecido al miedo que yo sentía.

—Estaba bien, mamá. Hablaba.

—¿Por qué me dices que hablaba?

—Porque estaba viva. Es lo que pone en el mensaje.

La oí atragantarse con la última palabra.

Alguien llamó a la puerta.

—¿Todo bien? —preguntó Bea.

—Sí —dije.

—La tortilla se enfría.

Esperé a que se alejara. Inés se llevó una mano a la boca y se mordió una uña, algo que no hacía desde pequeña.

—Mañana vamos a hablar con alguien —le dije—. Con una abogada. Y vas a contar exactamente qué ha pasado.

—No necesito una abogada.

—Has mentido a la policía.

—Tú no sabes lo que ha pasado.

—Pues cuéntamelo.

Inés se abrazó a sí misma.

—No aquí.

No me dijo que no. Fue eso lo que me sostuvo durante las horas siguientes. Lo convertí en una promesa, aunque no lo era.

Salimos del baño. Bea había puesto cuatro platos. Dani no había empezado a comer. No le miré porque no estaba segura de poder controlar lo que haría si volvía a verle escribiendo debajo de la mesa.

—Necesito un cargador —dije.

—Te dejo el mío.

Mientras Bea lo buscaba, Inés se sentó. Cortó un trozo de tortilla y lo dejó en el borde del plato. Yo masticaba sin notar el gusto. Tenía la impresión de que, si dejaba de mover la boca, iba a decir algo irreversible.

Bea hablaba de cosas pequeñas. De que había ropa limpia en un cajón, de que el agua caliente tardaba, de que podía poner una lavadora con nuestros pantalones. En cuanto dijo lo de la lavadora, sujeté mis muslos debajo de la mesa.

—No hace falta.

—Llevas toda la tarde con eso.

—He dicho que no.

Dani alzó la cabeza. Bea dejó el tenedor.

—Vale.

La palabra no fue un reproche, pero consiguió que me sintiera igual de ingrata.

Más tarde, Inés y yo entramos en la habitación que había sido de Dani.

Habían quitado casi todos los carteles. Quedaban dos agujeros sobre la cama y la marca rectangular de un póster que había protegido la pared del humo.

El escritorio estaba ocupado por cajas de cables y una pantalla sin pie.

En un estante había una foto de los dos niños en la piscina municipal: Dani, con nueve años, sujetaba a Inés bajo los brazos porque ella no llegaba al borde.

—No me mires así —dijo mi hija.

Me di cuenta de que estaba mirando la foto y después a ella, buscándole una continuidad que no tenía obligación de darme.

—¿Cómo?

—Como si tuviera seis años.

Me quité los zapatos. Tenía los calcetines húmedos del agua que me habían derramado en el autobús. Aquello había sucedido hacía unas horas. Me parecía de otra semana.

Inés se metió en la cama sin desvestirse. La cama medía uno treinta y cinco de ancho. Habíamos compartido otras más pequeñas durante las vacaciones, pero aquella noche nos tumbamos cada una en su borde y dejamos en medio el espacio de una tercera persona.

Esperé a que su respiración cambiara. Cuando creí que dormía, me levanté y fui a la cocina.

Bea estaba fregando una taza.

—¿No puedes?

Negué.

—Te hago una tila.

—No.

Se secó las manos. Tenía una pequeña rozadura cerca de la muñeca izquierda, roja y curva. Me acordé de los arañazos que me hacía con las bandejas del colegio. No había nada raro en una mano de alguien que trabajaba.

—Esto es una pesadilla —dije.

—Sí.

Por primera vez no intentó completarme la frase.

Me apoyé en la encimera.

—¿Sabías que Elvira iba a subir a mi casa?

Bea dobló el paño. Lo hizo dos veces antes de dejarlo.

—A veces entraba para recoger cosas. Tu madre tenía sus papeles de la comunidad en el aparador.

—Mi madre llevaba cuatro meses muerta.

Bea me miró.

—Ya lo sé, Marta.

Había una dureza en su voz que no le había oído aquella noche. Después se ablandó.

—Quiero decir que estaban allí de antes. Ya sabes cómo era Elvira. Si una cosa había estado en un sitio, tenía que seguir en ese sitio.

Pensé en los cuchillos del cajón.

—¿La has visto hoy?

—Por la mañana. En el portal.

—¿Después no?

Negó.

El frigorífico arrancó con un zumbido. Una tubería dio un golpe dentro de la pared. Estábamos a un piso de mi cocina. Me pareció oír pasos arriba y dejé de respirar. Bea también levantó la cara.

—Son ellos —dijo—. Siguen trabajando.

Yo había olvidado que un cadáver no se llevaba consigo todo lo que había ocurrido alrededor.

—Gracias por dejarnos dormir aquí.

Bea bajó la mirada a mis manos.

—No me des las gracias por eso.

Se acercó y me abrazó. Esta vez pude corresponderle. Apoyé la frente en su hombro y durante unos segundos quise que fuera suficiente: la casa de una amiga, una taza que se secaba, alguien que sabía mi nombre desde antes de que yo supiera quién iba a ser.

—Tú sabes que yo quiero a Inés —me dijo.

—Claro.

—Como si fuera mía.

Asentí contra su camiseta.

Bea me ofreció otra manta. No la necesitaba, pero fui con ella hasta el armario del pasillo porque me costaba volver a la cama. Al abrirlo cayó una funda de almohada. La reconocí: tenía una flor amarilla bordada en una esquina.

—Es de tu madre —dijo Bea—. Me la traje para lavarla y se quedó aquí.

En la balda había más ropa suya. Una sábana, dos toallas, un camisón doblado debajo de un jersey de Dani.

Durante meses yo había imaginado las pertenencias de Amparo detenidas dentro del piso de arriba.

Sus objetos habían seguido circulando. Nadie me había llamado para preguntarme por cada uno, y yo no había tenido que tomar cientos de decisiones insignificantes mientras intentaba soportar las grandes.

Cogí la funda. Aún olía al detergente de Bea.

—Llévatela —dijo.

—Ahora no.

La doblé peor de lo que estaba y la dejé en su sitio. Bea cerró el armario. Me rozó el hombro al pasar hacia su habitación.

Esperé en el pasillo hasta que se apagó su luz. Desde el salón llegaba la respiración de Dani, tumbado en el sofá. Tenía un pie fuera de la manta y el teléfono en el suelo, boca abajo. En la habitación, Inés no se había movido.

Entonces oí una puerta en la escalera.

No era la de mi casa. Sonó más arriba, después de dos golpes suaves de metal. Me acerqué a la entrada y escuché. La luz de la mirilla estaba encendida. Vi una franja vacía de rellano.

Abrí un poco.

Tomás bajaba desde el tercero. Llevaba una camiseta debajo de la chaqueta y un sobre blanco en la mano.

No era raro verlo de noche; sus turnos no seguían los de los demás.

Lo raro fue que se detuviera al verme, que la mano del sobre desapareciera detrás de su pierna y que mirase hacia la puerta de Bea antes de saludar.

—¿No puedes dormir?

Negué.

—Hay todavía gente arriba —añadió.

Lo dijo como si esa fuera la razón por la que estaba él allí. Miré la escalera que seguía subiendo. Desde el tercero llegaban voces bajas, una radio, el ruido de algún material que se apoyaba en el suelo.

—¿Has ido a mi casa?

—No. Al cuarto.

Esperó un segundo y añadió:

—A ver si el hijo había llegado.

Todos sabíamos que Alberto venía de Málaga y que no estaba en el edificio. Elvira se encargaba de actualizarlo cada vez que se aproximaba una visita. Aquella noche Paco había dicho varias veces que el chico no llegaría hasta el día siguiente.

Tomás debió de darse cuenta de lo que acababa de decir.

—He oído ruido.

Me fijé en el sobre. No tenía dirección ni sello. Solo un nombre escrito por el otro lado, que no pude leer. El borde estaba abierto.

—¿Tienes llave de Elvira?

Me miró como si le hubiera preguntado algo sucio.

—Para emergencias.

Volví a mirar hacia arriba. Me imaginé su llave abriendo la puerta de mi cocina unas horas antes. El pensamiento vino entero, sin pasar por ninguna prueba, y me asustó la facilidad con que había aparecido.

—Hay policía —dije.

—Ya lo sé, Marta. No hace falta que me lo recuerdes cada vez que me veas.

Me aparté. Él quiso pasar hacia su puerta, pero se detuvo junto a mí.

—No te fíes de lo que cuente la gente. Ahora todo el mundo va a decir que la conocía mejor que nadie.

—¿Y tú?

No contestó. Guardó el sobre dentro de la chaqueta y buscó sus llaves. Tenía varias anillas. Oí cómo las probaba con los dedos hasta encontrar la del segundo A.

Antes de entrar se volvió.

—Si el chico pregunta por mí, dile que me llame.

Cerró.

Me quedé con una mano en la puerta de Bea y la otra todavía dentro del bolsillo, sujetando sin querer el pez de Inés.

Había pensado en subir a contar lo que acababa de ver.

Un vecino en una escalera, un sobre, una llave que podía tener permiso para usar.

Nada de eso borraba el objeto que yo estaba escondiendo.

No subí.

Al cerrar, Dani se incorporó en el sofá.

—¿Ha pasado algo?

—Era Tomás.

Parpadeó, aún medio dormido.

—Siempre sube al cuarto.

—¿Por qué?

Se pasó una mano por la cara.

—No sé. Cosas de ellos.

Volvió a tumbarse. Para él, aquellas visitas pertenecían a la parte del edificio que no necesitaba explicarse. Yo acababa de descubrir cuántas veces había aceptado esa misma respuesta.

Fui al baño y me lavé la cara sin mirarme. La sangre de mis manos se había ido. En las líneas de la piel seguía viéndola cada vez que me acercaba demasiado al espejo.

Cuando apagué la luz, el segundo A volvió a abrirse. Escuché a Tomás bajar hasta la calle. Esta vez no miré. Me quedé contando los peldaños de oído hasta que se cerró el portal.

Al volver a la habitación, fui al bolso que había dejado en el suelo. Saqué la llave del bolsillo y la metí en el compartimento interior, detrás de un paquete de pañuelos.

Inés estaba despierta.

—¿Qué haces?

—Buscar una pastilla para el dolor de cabeza.

No era la primera vez que le mentía. Era la primera aquella noche que ella me veía hacerlo.