Todos Tenían Llave Capítulo 2
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Capítulo 2

A las nueve de la noche, la escalera parecía una sala de espera.

Habían colocado una cinta en nuestra puerta.

Paco había bajado dos sillas de su casa, y Raquel había sacado vasos de agua que nadie terminaba.

El ascensor se abría cada poco con un golpe seco.

Subían personas que no conocía, algunas con bolsas, otras sin nada en las manos. No todos llevaban uniforme.

La inspectora me había pedido que reconstruyera el día.

Yo había salido a las siete menos diez. Inés aún estaba en la cama.

Había trabajado en el colegio, me había quedado hasta terminar de limpiar una cámara, había comprado cuatro cosas y vuelto a casa.

Tenía tickets, compañeras, una encargada que llevaba un control de las horas tan preciso que alguna vez habíamos discutido por seis minutos.

Recio no pareció impresionada ni decepcionada. Apuntó los nombres que le di.

Después vino lo de las llaves.

La primera copia era de Bea. Se la había dado mi madre cuando yo me fui a vivir con Quique, hacía veintidós años.

La segunda era de Paco, por si se rompía algo mientras mi madre estaba en el pueblo.

Elvira tenía otra desde que le habían operado la cadera.

Luis, una que nadie recordaba haberle pedido de vuelta.

Tomás había recogido una durante el último ingreso.

Y Lucía había ayudado algunas tardes, aunque yo no sabía si usaba la de Bea o tenía la suya.

—¿Y su hija?

—Claro.

La inspectora alzó la vista.

—¿Todas abren la misma cerradura?

—La cambiamos cuando murió mi padre y repartimos copias nuevas. Hace… quince años.

—¿No después?

—No.

Bea, sentada a unos pasos, hizo un pequeño ruido con la garganta.

—Es una finca muy familiar —dijo—. Aquí nos ayudamos.

Recio volvió hacia ella.

—¿Y usted sabe cuántas copias hay?

—Las que le está diciendo Marta.

—¿Está segura?

Bea se encogió de hombros. Por primera vez desde que había llegado, no añadió nada.

Yo miré a Inés. Se había sentado junto a Dani en el tramo de escalera que subía al cuarto. Tenía los codos en las rodillas y las manos enlazadas. Dani movía una pierna sin parar. Cada vez que se abría nuestra puerta, ambos levantaban la cabeza.

La llave verde seguía en mi bolsillo. Me preocupaba que la forma se marcara a través de la tela, una idea ridícula con unos pantalones de trabajo que me sobraban por todas partes. Metí la mano y cerré los dedos alrededor del pez.

Recio lo vio. O vio el movimiento. Nunca me lo dijo.

—¿Se encontraba usted bien con la señora Alonso?

—No estábamos enfadadas.

Paco levantó la cara.

Yo había respondido demasiado rápido.

—Discutíamos a veces —corregí—. Por cosas del edificio.

—¿Últimamente?

—Vamos a vender.

La inspectora dejó el bolígrafo inmóvil.

—¿Su piso?

—En principio, todos. Hay una empresa interesada en comprar la finca. Cada propietario tiene su oferta. No es que la comunidad pueda venderle a nadie su casa por votación, ya lo sé. Elvira llevaba meses repitiéndolo.

Necesitaba demostrar que había escuchado alguna vez a aquella mujer.

—¿Y estaban todos de acuerdo?

—No lo sé. Yo sí.

Paco miró al suelo.

El viernes por la mañana iba a venir un técnico con el representante de la empresa.

Era la última visita antes de que preparasen los papeles.

A mí me habían ofrecido trescientos dieciocho mil euros.

La cifra llevaba un mes viviendo dentro de mi cabeza.

La dividía en pisos más pequeños, en deudas, en la posibilidad de no tener que decirle a Inés que esperase otro año para estudiar lo que quería.

También la dividía en culpa, porque cada vez que calculaba lo que valía aquella casa oía a mi madre preguntándome si había regado los geranios.

—¿Cree que la muerte tiene que ver con la venta? —pregunté.

—Le estoy preguntando por su relación con ella.

Me avergoncé. No de hacer una pregunta, sino de la facilidad con que quería que un motivo nos quedara lejos.

Recio habló después con Inés. Le pidió que se apartara un poco de Dani. Mi hija me buscó con los ojos.

—Ve —le dije.

Fue la primera orden que le di aquella noche. La primera que luego recordaría.

Mientras hablaban, Bea me ofreció un pañuelo de papel. Ya no tenía sangre visible en las manos, pero me las había frotado tanto que me escocían los nudillos.

—¿Has comido algo?

Negué.

—Os venís abajo. Tengo tortilla. Dormís en la habitación de Dani y él se queda en el sofá.

—No quiero echar a nadie.

—Marta.

Me dijo el nombre como me lo decía con trece años, cuando yo empezaba a complicar un plan que ya estaba resuelto.

Habíamos crecido con una planta de diferencia.

Yo en el tercero, ella en el segundo. De niñas nos tirábamos notas por el patio dentro de una pinza de la ropa.

Luego habíamos compartido cigarrillos, un verano de trabajo en una heladería y varios novios que, vistos desde entonces, se parecían bastante entre sí.

Yo había salido del edificio. Bea no. Con los años, la diferencia se había convertido en una cosa que ninguna nombraba y que aparecía en todo.

Ella sabía cuándo cambiaban la bombilla del portal. Yo sabía cuánto me costaba el alquiler en otra parte. Ella le había llevado comida a mi madre a diario. Yo le había enviado dinero y había preguntado por teléfono si hacía falta algo.

A veces, cuando yo venía los domingos, encontraba la nevera tan llena que me enfadaba porque mi madre no se lo comería todo. Bea me dejaba hablar. Después sacaba dos táperes y se los llevaba a Luis.

—No pienso dormir ahí —dijo Inés al volver.

No miraba a Bea. Miraba nuestra puerta.

—No podemos —le contesté—. Nos han dicho que no.

—Digo en este edificio.

Dani se levantó.

—Podemos ir a un hotel.

Bea giró la cara hacia él.

—¿Y tú con qué dinero?

—Tengo dinero.

—No hace falta que montéis nada —dije.

Inés se apartó de mí.

—Claro. Mejor quedarnos todos juntos.

Lo dijo de una manera que hizo que Paco dejase de doblar el borde de su gorra.

—Está nerviosa —murmuró Bea.

Yo también lo estaba. Pensé que, por una noche, podíamos tener derecho a estarlo sin que alguien nos tradujera.

Recio me pidió un número de contacto. Ya lo tenía, pero me hizo repetirlo.

Me explicó que tendrían que volver a hablar conmigo y que no entráramos en casa hasta que nos avisaran.

Pregunté por la ropa. Por el cargador. Por una medicina de Inés que ni siquiera estaba tomando ya.

La inspectora dijo que vería qué podían facilitarnos.

—Y una cosa más. Cualquier detalle que recuerde después, aunque le parezca pequeño, me llama.

Me dio una tarjeta.

—Lo haré.

La llave verde me clavó la cola rota en la palma.

Bajamos al segundo. En el descansillo, Bea abrió su puerta con una llave pequeña, de cabeza negra. Nunca había tenido yo una copia de aquella. Hasta esa noche no me había parecido extraño.

Su casa estaba caliente y olía a ropa tendida. Tenía un sofá con una manta color teja, fotografías de Dani en distintas edades y una planta que se inclinaba hacia la ventana del patio. En la cocina había dos platos en el escurridor y una fuente de tortilla cubierta con papel de aluminio.

—Sentaos —dijo.

Inés se quedó en el pasillo.

—Voy al baño.

Esperé a oír el pestillo. Después le pregunté a Dani cuánto tiempo habían estado juntos.

—Desde por la tarde.

—¿Qué hora?

Se rascó un lateral de la mandíbula.

—No sé. Las cinco o así.

Bea abrió un cajón para sacar cubiertos.

—Déjale, Marta. La policía ya le ha preguntado.

—Estoy hablando con él.

Dani miró a su madre, luego a mí.

—Hemos ido a dar una vuelta. Ella estaba agobiada con lo del piso.

Lo del piso. No lo de Elvira. Lo había dicho así antes de poder corregirse.

Le pregunté si habían subido a casa. Me oyó. Vi perfectamente que me había oído, aunque fingió entretenerse en apartar una silla.

—¿Hoy? —dijo al fin.

Bea dejó un plato delante de mí con más fuerza de la necesaria.

—Come algo primero.

El teléfono de Inés vibró sobre el mueble de la entrada. Lo había dejado allí al ir al baño. La pantalla se encendió con el nombre de Dani. Él tenía el suyo en la mano, bajo la mesa.

No alcancé a leer el mensaje entero.

Vi la última línea.

«Dile que cuando saliste aún estaba viva».