Todos Tenían Llave
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Capítulo 1
Elvira había vuelto a abrir el cajón de los cubiertos. Fue lo primero que me molestó al verla en mi cocina.
Llevaba todo el día de pie. En el colegio habíamos servido lentejas a doscientos diecisiete niños y recogido del suelo una cantidad suficiente para alimentar a otros veinte.
La encargada me había pedido que alargara el turno; después, en el autobús, una mujer había apoyado su paraguas mojado contra mi pantalón.
Yo solo quería quitarme los zapatos y comer algo que no oliera a comida de otros.
Dejé las bolsas junto a la puerta. Elvira estaba sentada de espaldas, en la silla que había sido de mi madre, con su chaqueta gris puesta. Tenía un brazo sobre la mesa y la cabeza inclinada hacia la ventana del patio. La persiana estaba a medias.
—Como un día te corte la mano ese cajón, a ver qué hacemos.
No me contestó.
Mi madre había guardado durante treinta años los cuchillos en la parte de delante, con el filo hacia arriba. Se lo había discutido durante treinta años también. Desde que había vuelto a vivir allí, yo los ponía del otro lado. Elvira, cada vez que entraba, los devolvía a su sitio.
Sobre la mesa había una taza blanca, un plato pequeño y una naranja pelada a medias.
En el borde del fregadero descansaba un paño de cuadros.
Vi una caja de cartón apoyada contra la pata de la mesa, cerrada con cinta ancha, y pensé que al menos habría recogido el paquete que llevaba días esperando Lucía.
—¿Has visto a Inés?
Fue al acercarme cuando noté su zapato derecho. La punta estaba metida bajo la silla; el talón, torcido hacia fuera. Elvira llevaba siempre zapatos caros, de esos que justificaba diciendo que duraban. Aquel parecía puesto en un pie que ya no lo ocupaba bien.
Le toqué el hombro.
La cabeza se le movió.
No cayó de golpe. Solo cedió un poco, lo suficiente para que yo viera la sangre seca junto a la oreja y una mancha más oscura bajo el cuello de la chaqueta.
Di un paso atrás. Golpeé con la cadera el tirador del cajón abierto. Todavía llevaba el bolso cruzado y me lo quedé mirando, como si me estorbase para entender qué estaba viendo.
—Elvira.
Me salió bajito.
Volví a tocarla, esta vez en el brazo. Le dije su nombre otra vez. No sé por qué uno hace eso, por qué cree que a la tercera una persona va a enfadarse por el escándalo y a decir que estaba durmiendo.
Busqué el móvil. Lo tenía en el bolsillo del abrigo. Al sacarlo se me cayó una moneda, rodó bajo la mesa y chocó con algo.
Me agaché sin pensar.
La llave estaba junto al zapato de Elvira.
Tenía un pez verde de plástico enganchado a una anilla.
Le faltaba un trozo de cola y el ojo izquierdo estaba hecho con esmalte de uñas negro.
Inés lo había fabricado en una actividad del colegio, cuando todavía llamaba taller a cualquier sitio en el que le dejaban mancharse.
Lo reconocí antes de reconocer lo que estaba haciendo.
Cogí la llave.
La metí en el bolsillo de mi pantalón.
Entonces marqué el 112.
La mujer que contestó me pidió la dirección. Dije el pasaje de la Hiedra, catorce, tercero B. Dije que una vecina estaba en mi casa y que no se movía. Me preguntó si respiraba. Me acerqué tanto que vi una pelusa prendida en el lóbulo de su oreja.
Seguí las indicaciones que me dio. Recuerdo sus preguntas y el esfuerzo de contestarlas por separado.
Recuerdo que tuve que dejar el teléfono sobre la mesa.
Recuerdo que dije «no puedo» y que ella me respondió algo muy sencillo, sin regañarme.
Hice lo que pude. Después llegaron los primeros sanitarios y me apartaron con cuidado.
Mientras trabajaban, permanecí en el pasillo. Tenía las manos manchadas y no sabía dónde ponerlas. Una de las bolsas del supermercado había volcado. Se había salido un bote de tomate. Estuve a punto de enderezarlo.
Bea entró sin llamar.
Llevaba unas zapatillas de estar por casa, el pelo recogido con una pinza y el teléfono apretado contra el pecho. Me abrazó por los hombros, obligándome a apoyar la cara en su camiseta. Olía a jabón y a café.
—Ya está, Marta. Ya estoy aquí.
Quise decirle que no había nada que estuviese ya. Los sanitarios seguían en mi cocina, había una vecina en la silla de mi madre, y en mi bolsillo estaba la llave de mi hija.
—¿Dónde está Inés? —pregunté.
—Con Dani. Están abajo.
Se me aflojaron las rodillas.
—¿En tu casa?
—No, han salido a dar una vuelta. Pero vuelven. La he llamado en cuanto he oído las sirenas.
Yo no recordaba haber oído sirenas.
Bea me apretó más.
—No mires. Ven conmigo.
—No puedo irme.
Un sanitario salió a preguntarme la edad de Elvira, si tenía alguna enfermedad que conociera, cuándo la había visto por última vez.
Sesenta y cuatro, creía. Del corazón no sabía nada.
La última vez había sido el domingo, en el portal, discutiendo por unas cajas que yo había dejado junto al ascensor.
—¿Es familiar?
—Es la presidenta.
El hombre me miró.
—De la comunidad —añadí.
Me pareció una respuesta imbécil. La única que encontré.
La policía llegó cuando Bea estaba intentando quitarme el bolso. Entraron un hombre joven y una mujer que pidió que nadie más cruzara la puerta. Detrás de ellos estaba Paco, con su chaqueta de punto abierta y el labio de abajo hundido entre los dientes.
—Yo he estado aquí esta mañana —dijo.
La agente lo frenó con la mano.
—Ahora hablaremos con usted.
Desde la escalera llegaban voces. Alguien preguntó si Elvira se había caído. Otra persona dijo que no, que la habían encontrado. Esa palabra se quedó fuera, en el descansillo, mientras los que estábamos dentro todavía intentábamos usar otra.
Bea quiso llevarme al sofá. La agente nos hizo salir de la vivienda.
—¿Quién vive aquí?
—Yo. Y mi hija.
—¿Dónde está su hija?
—Viene de camino —dijo Bea.
La agente se dirigió a mí.
—¿Cuántos años tiene?
—Diecinueve.
Me pidió que me quedase allí. Un hombre con guantes se acercó a examinarme las manos. Le expliqué que había tocado a Elvira porque no sabía. Se lo expliqué dos veces. Él me dijo que lo comprendía.
No le hablé de la llave.
No fue porque lo olvidara. La notaba contra el muslo cada vez que me movía. Aquella era la parte que después intentaría arreglar con frases: que no estaba pensando, que estaba en shock, que solo quería entender. Pero allí, apoyada en la pared del descansillo, sabía lo que tenía en el bolsillo.
Sabía también que aún podía sacarlo.
Por la escalera subió Inés.
Llevaba una sudadera azul demasiado grande, vaqueros y unas deportivas blancas que no había conseguido mantener blancas ni una semana. Dani venía detrás. Mi hija vio las caras, la puerta abierta, los guantes. Se quedó dos escalones más abajo.
—Mamá.
Bajé hacia ella. Nos abrazamos mal, con mi bolso en medio. Le sujeté la nuca y le aparté el pelo de la frente. Quería contarle los dientes, las uñas, cualquier cosa que probase que estaba entera.
—¿Dónde estabas?
—Con Dani.
Su voz me rozó el cuello. No miraba la puerta.
Bea puso una mano en la espalda de su hijo.
—Dejad pasar, que estamos estorbando.
Dani tenía una pequeña mancha oscura en el puño de la camisa. Podía ser café. Podía ser cualquier cosa. Yo llevaba sangre en las manos y, aun así, se me fueron los ojos allí.
Un sanitario salió. Cerró su maletín sin mirarnos. No recuerdo las palabras exactas que utilizó. Recuerdo a Inés agarrándome la camiseta y a Paco quitándose la gorra, aunque estaba bajo techo desde hacía rato.
No lloré entonces. Me puse a contar las puertas.
La nuestra, abierta. La de Raquel, enfrente, entornada. La de Luis, arriba, con la luz del recibidor encendida. Las escaleras por las que había pasado miles de veces de niña, con la bolsa de pan golpeándome la rodilla. Todo estaba en su sitio y nada servía.
Llegó otra mujer de paisano, con una gabardina oscura sobre el brazo. Habló con los agentes y después se acercó a mí.
—Soy Ana Recio. Necesito hacerle unas preguntas. ¿Puede venir conmigo un momento?
—Es mi amiga —dijo Bea—. Yo puedo quedarme.
—Ahora hablaré con usted también.
Recio no levantó la voz. Bea retiró la mano de mi codo.
Nos apartamos hasta la ventana de la escalera. Desde allí veía el patio y tres tendederos. Una funda nórdica rosa se había soltado de una pinza y colgaba torcida sobre la cuerda de abajo. Pensé que Elvira habría escrito al grupo para que alguien la recogiera.
—¿La puerta estaba abierta cuando llegó?
—No.
—¿Tuvo que usar su llave?
—Sí.
—¿Notó algo extraño al abrir?
Negué. Mi cerradura giraba igual de mal que siempre: había que levantar el pomo un poco al dar la segunda vuelta.
La inspectora esperó hasta que volví a mirarla.
—¿Quién más puede entrar en su casa?
En el descansillo, Bea le estaba apartando el pelo a mi hija con el mismo gesto que acababa de hacer yo.
—No sé por dónde empezar —dije.