INTERLUDIO (III)
Y esta, te guste más o menos, es nuestra historia.
Lo sé, la he contado desde mi punto de vista y, al hacerlo así, me he basado puramente en mi experiencia y sentimientos.
Te imagino ahora, en algún lugar del mundo, refunfuñando con un té entre las manos porque esto no fue así y cómo has podido extenderte tanto.
Sobre lo primero, te aguantas. Si no estás conforme con mi versión de nuestra historia, escribe la tuya.
Sobre lo segundo, toda la razón. No planeaba llenar tantas páginas con nuestras idas y venidas, pero supongo que las historias de verdad, las que tienen cuerpo y pulso, merecen ser contadas en detalle.
Nuestros detalles:
Cómo nos conocimos a una edad en la que la mayoría de los niños todavía no entienden el significado pleno de la palabra «amistad».
Cómo crecimos rodeados de lujos que a nosotros nos parecían superfluos porque lo único que nos importaba era la presencia del uno y del otro.
Nuestras meriendas de tortitas con batidos de Oreo, las noches en las que te quedabas en mi casa a dormir y arrastrabas el colchón de tu habitación a la mía para poder estar juntos, los sábados de competición, desayuno y librería… Y muchos muchos otros momentos.
Cómo desarrollamos un lenguaje que permitía que nos comunicáramos con muy pocas palabras o sin ellas. Esas miradas cargadas de significado y esos hola, Con y hola, Char que eran exclusivamente nuestros.
Cómo llegamos a sentir tanto el uno por el otro que tú decidiste retirarte del partido por miedo a perderlo y yo, en cambio, lo di todo y acabé lesionándome.
Cómo prometimos que estaríamos estaríamos siempre y yo cumplí mi palabra pero tú, cuando las cosas se tornaron demasiado oscuras, desapareciste sin siquiera decir adiós.
¿Me lo merecía: que te fueras de Cornell sin avisarme ni prepararme para una vida sin ti?
¿ Me lo merezco: que no hayas contestado a ninguna de mis cartas, ni para decirme que, por favor, deje de escribírtelas?
¿Nos lo merecemos: que a día de hoy todavía no sepamos cómo termina nuestra historia?
Ya te contesto yo.
No.
No me lo merecía. Porque aunque me costó darme cuenta de lo que sufrías, luché por ti hasta el final.
Y aunque sobre lo que sucedió en Cornell ya se encargará de escribirlo otro (quizá Blythe, Roman, Vera o incluso tú), permíteme decirte que, pese a que pudieras llegar a pensarlo, no dejé de quererte en ningún momento.
Una vez más, te abracé, a ti y a tu nueva y destrozada versión.
No me lo merezco. Porque no creo que nadie merezca vivir con la agonía de no saber si la otra persona sigue allí o la ha olvidado por completo. Y sí, he dicho vivir y no sufrir porque intento, de verdad, que esta interminable espera me sorprenda viviendo.
No nos lo merecemos. Porque es cierto, la vida consiste en saltar de incertidumbre en incertidumbre, no de certeza en certeza, y quien crea lo contrario se está engañando. Pero pese a ello, si algo tengo claro, es que nuestra historia no puede terminar así.
Otra pregunta:
¿Y ahora qué?
En mi caso, la respuesta es sencilla. Voy a ceñirme a mi rutina.
Sellaré la carta, apagaré las cuatro velas que cada noche me acompañan mientras vuelco sobre el papel mis sentimientos por ti, abandonaré el despacho y mi pequeña casa y emprenderé el camino hacia el buzón más cercano.
Y después de depositar la carta, volveré por el mismo camino, a la misma casa, con la misma esperanza de siempre: que esta, por fin, la leas.
En tu caso… Bueno, supongo que esa es la cuestión, ¿no?
El qué haces ahora. Desde mi punto de vista, tienes dos opciones.
La primera, fingir que nunca has leído mis cartas, ni esta ni ninguna, y continuar con tu vida tal y como has hecho hasta ahora.
Sin mí. Sin un nosotros. Permitir que el miedo a darnos una oportunidad y los estragos de lo que sucedió en Cornell sigan limitando tu vida.
La segunda, romper las barreras mentales que has ido construyendo durante tantos años y por fin permitirte sentir. Conmigo. Con un nosotros.
Siempre me lo decías. Que sentir no me hacía más débil, sino más humano. Que no renunciara a mi esencia, a lo que era intrínseca y genuinamente mío.
Si tuviste el valor de recordarme la valía de mis sentimientos, ¿ por qué no te atreviste a proteger los tuyos?
Si me admirabas por quien era y te negabas a permitir que el trauma del accidente me definiera como persona, ¿ por qué no te mostraste la misma compasión?
Supongo que, después de todo, hay preguntas para las que todavía no tengo respuesta.
Querido Charles,
Esta es la última carta que te escribo.
Y como todas las cartas que realmente merecen llamarse así, esas que han sobrevivido a guerras y odiseas para llegar a sus destinatarios, terminaré con las únicas palabras con las que puedo y debo terminar; las más sinceras y ciertas que jamás nadie escribirá:
Te quiero.
Siempre tuyo.
Connor