CICATRIZ
Belaggio, Italia
Reprimo una sonrisa mientras me apeo del barco que me ha llevado hasta el pueblecito del lago di Como. Por supuesto que escogiste un lugar como este para establecerte y empezar una nueva vida. Es tan… Tan tú.
Creo que no te haces una idea de la de cantidad de veces que te he imaginado paseando por las estrechas callecitas del pueblo, probando todos los sabores de tu heladería preferida, quedando por las mañanas para desayunar con Enzo, con quien viviste los primeros años, bajando al lago y bañándote y quejándote de lo fría que está el agua pese a ser verano.
Fragmentos de escenas que he ido tejiendo en mi mente, algunas inventadas, otras arrancadas de tus palabras.
Sí.
Las he leído.
Tus cartas.
Todas.
Por eso, cuando veo a un hombre mayor sentado frente al Bar Sanremo, sé que se trata de Matteo, con quien juegas a dominó todos los domingos antes de que el sol se ponga.
Por eso, al entrar en la pasticceria , sé qué cannoli comprar. Los de ricota con pistacho, tus preferidos.
Por eso, conozco a la perfección el camino que tengo que seguir para llegar hasta tu casa, una pequeña villa de dos plantas situada a orillas del lago.
Podría recorrerlo con los ojos cerrados, pero no quiero perderme ni un segundo de lo que estoy a punto de vivir. De lo que estamos a punto de vivir.
Todavía no lo sabes, pero tus cartas me han ayudado a sobrellevar los años que hemos estado separados.
Yo en Yosemite, en medio de la naturaleza, intentando sanar las heridas que en un principio creí incurables.
Tú aquí, en Bellagio, rodeado de historia y arquitectura y una estética que te encanta por sus raíces, porque por mucho que te convenzas de lo contrario, eres una persona que va más allá de lo superficial.
Siempre lo has sido. ¿Cómo si no lograste conquistarme desde el momento en el que, con solo seis años, me tendiste la mano y te presentaste?
TÚ, tu pequeña mano suspendida en el aire: Hola. Connor Hannaway.
TÚ otra vez, al verme paralizado tras una de las columnas de tu casa en Nueva York: Oye, que no muerdo.
YO, por dentro, aunque no pudieras escucharme: No sé quién eres, pero no quiero separarme de ti.
Hay tantísimas cosas que no te he dicho que ya no sé ni por dónde empezar.
Lo he intentado. Desde que leí tu primera carta, no hay tarde en la que no haya tratado de contestarte.
Pero cada vez que me ponía frente al papel y agarraba un bolígrafo, el peso de lo vivido me oprimía hasta el punto de cortarme la respiración e impedirme hacer otra cosa que llorar y sollozar por lo que podríamos haber sido pero, por mi culpa, nunca llegamos a ser.
Así que me decía a mí mismo que hoy no, pero mañana quizá sí. Pronto o tarde. Pero lo conseguiría.
El tiempo fluyó entre los dos como el vuelo de los cormoranes a ras del agua.
Pasaron los meses.
Y después los años.
Cada amanecer me despertaba pensando que ese sería el día en el que dejaría de recibir tus cartas.
Tenía que llegar el momento en el que te hartaras de escribirme.
Pero ese día nunca llegaba y, cada vez que abría el buzón con el corazón en un puño, allí estaba.
Un sobre. Siempre el mismo papel color crudo.
Siempre el mismo sello con el mismo remitente: Via Eugenio Vitali 7, Bellaggio, Italia; Connor Ernest Hannaway .
Y con una sonrisa sincera, de esas que solo tú sabes robarme, agarraba tu carta y me la llevaba a la cabaña que se había convertido en mi hogar.
Me lo has preguntado, que si las guardaba como si fueran tesoros.
Y la respuesta es que sí, claro que lo hacía.
Porque aunque pienses que hay fragmentos de conversaciones entre los dos que te has inventado, la realidad es que todas han sucedido y son reales.
Como en la ambulancia, de camino al hospital después del accidente.
Te lo dije: que eras mi mayor suerte, que estaría estaría y que te quiero.
Quizá no he sabido hacerlo de la mejor manera y, en el proceso de aceptar mis sentimientos y vencer el miedo a perderte, me he perdido yo. Pero necesito que entiendas que siempre he estado y siempre te he querido.
Cuando por fin enfilo tu calle, el corazón empieza a martillearme de forma descontrolada.
Sé que cada paso que doy es un paso que me acerca más a ti y eso me emociona y me aterra a partes iguales.
No traigo mucho conmigo. A las espaldas, una mochila con algo de ropa.
Bajo el brazo, una caja de cartón con tus cartas. En la mano, la última de todas.
Está arrugada de la cantidad de veces que la he releído.
Como si se tratara de una novela, he marcado mis fragmentos preferidos, pero también los que más duelen.
Como las veces que te rechacé, te di por sentado, te lancé palabras que sabía que jamás olvidarías o te traté de forma injusta porque no era capaz de estar contigo, pero tampoco de dejarte ir.
Mis pies se detienen frente al número 7 de forma instintiva, como si hubieran estado allí cientos de veces. Supongo que, en cierta forma, así ha sido.
Son las ocho de la tarde pero como es verano todavía hay luz.
Tienes una de las ventanas bajadas. Por ella se cuela el sonido de una canción en italiano.
Città vuota . La reconozco al instante de cuando, en una de tus cartas, me contaste que no podías parar de escucharla.
Me fascina tu capacidad de mantenerte fiel a ti mismo y a tus deseos pese al paso del tiempo.
De pronto, tu voz se impone a la música y cantas el estribillo como si te fuera la vida en ello.
Io penso sempre a te, soltanto a te
E so che la città
Vuota mi sembrerà
Se non torni tu
Sonrío.
Porque recuerdo que me confesaste que esa canción te recordaba a nosotros y cómo, por mucha gente que te rodeara en Bellagio, el pueblo estaba vacío sin mí y come puoi tu , v ivere ancor solo senza me .
¿Que cómo puedo vivir sin ti? ¡No puedo!
Quiero gritártelo de todas las formas posibles.
Que ya no quiero seguir así, sin ti a mi lado.
Que yo también pienso siempre en ti y solo en ti.
Que llevo años gobernado por el miedo, haciéndonos daño, pero ya está, ya he tenido suficiente y que si todavía me quieres, no voy a apartarme nunca más de tu lado.
Porque eres mi mayor suerte.
Porque quiero estar estar .
Porque somos Con y Char y yo también creoquetequiero sin el creo y no como un amigo, o sea, sí, pero también no.
Porque esto ya no es una versión de lo que te gustaría que hubiera pasado. Esto está pasando. De verdad. Ahora. Para siempre.
Este es nuestro presente y no nos lo voy a volver a arrebatar.
Así que llamo al timbre con tu última carta en la mano.
Dentro, alguien (tú) baja la música.
Fuera, alguien (yo) espera nervioso e impaciente, pero no aterrado. Ya no.
La puerta se abre y por ella apareces tú.
Al verme, te detienes en seco.
—Hola, Con —te saludo.
—Hola, Char —me contestas al segundo, como si durante todos esos años hubieras tenido las palabras en la punta de la lengua.
Entonces te muestro tu carta, la última de todas, y con la mayor convicción que he sentido en toda mi vida digo:
—He leído tus cartas.
Y tú me devuelves la sonrisa.
Y es como si no hubiera pasado el tiempo.
Y el momento, ahora sí, ha llegado.
Porque antes no,
pero ahora sí,
estamos estamos ,
aquí, aquí, aquí.