PULSO
PULSO
Tercer acto. Nuestra casa en Ithaca (nuestra nosotros juntos tú yo los dos)
—¿Aquí?
—Aquí.
Dejaste la mochila en el suelo y te sentaste sobre los tablones de madera del muelle. Estábamos en Ithaca. Nos habíamos mudado desde Nueva York hacía un par de semanas.
Te lo había advertido, que te seguiría hasta Cornell para estudiar contigo en la Facultad de Derecho.
Íbamos a ser abogados.
Bueno, tú ibas a serlo. Yo iba a intentarlo.
Dentro de lo que cabía, estabas contento. Sí, habías escogido aquel camino profesional porque la otra opción era estudiar Medicina, una carrera que ni te planteabas. En este sentido, eras un esclavo de las imposiciones de tu padre. Pero aquí, en Ithaca, al menos vivías rodeado de naturaleza.
Lo primero que habías hecho en cuanto habíamos dejado las maletas en la casa que nuestras familias nos habían alquilado había sido cambiarte de ropa y salir por la puerta.
—¿A dónde vamos?
—¡A explorar!
Y exploramos.
—Quiero encontrar un sitio especial —habías dicho una hora después. Nos habíamos alejado del campus y adentrado en la zona del lago Cayuga. Estaba a punto de pedirte que por favor diéramos marcha atrás porque no podía más, pero entonces dijiste lo que dijiste—. Un sitio que sea nuestro.
Nuestro nosotros juntos tú yo los dos .
Las palabras bailaron, dichosas, en mi cabeza. Era increíble, solo hacía falta que me lanzaras un par de migajas y ya me tenías allí, dispuesto a seguirte hasta el fin del mundo.
Así que emprendimos la búsqueda. Tras varios días de recorrer la zona y meternos por caminos y bosques y ríos, lo encontramos.
El muelle.
YO, poco convencido: ¿Aquí?
TÚ, muy convencido: Aquí.
Pues aquí.
Los tablones de madera crujieron bajo mi peso.
Unos pájaros sobrevolaron el lago, sus cuellos estirados proyectaban tenues sombras sobre el agua.
—¿Qué son? —pregunté. En ese caso, mi curiosidad era genuina.
—Cormoranes —contestaste al segundo—. ¿Sabías que son buceadores extraordinarios? Algunos pueden alcanzar profundidades de hasta cuarenta metros.
—No. —Y después de observarte en silencio—: ¿Qué se siente? Al estar allí abajo.
Ese verano habíamos viajado con Blythe al Caribe. Mientras nosotros nos tostábamos al sol, tú te habías sacado un curso de submarinismo.
—Paz. Silencio. —Cerraste los ojos. Te estabas imaginando de nuevo entre arrecifes y corales.
Lo sabía—. Durante mucho tiempo pensé que la inmensidad del océano me impondría hasta el punto de paralizarme.
Pero no. Una vez que estás allí todo cambia.
Es como… Como si pasaras a formar parte del mar.
Como si, de alguna manera, siempre hubieras pertenecido.
Estás solo con tu respiración y, a la vez, te sientes más acompañado que nunca.
Abriste los brazos, como si así pudieras volver a sentir lo que sentiste en aquel nuevo universo.
—Un día deberías probarlo —agregaste sin apartar la mirada del agua. Una parte de ti seguía a metros de profundidad.
—Nah —rechacé al segundo.
—¿Por qué?
—No soy fan de los peces.
Mentira. Lo que me angustiaba era la sensación de soledad de la que hablabas.
Porque por muchos años que hubieran pasado desde el accidente, todavía me aterraba enfrentarme cara a cara con la persona en la que me había convertido.
Te conformaste con un vale murmurado a medias, aunque me conocías demasiado bien como para creerme.
—Estaremos bien —dijiste de repente—. Aquí, en Cornell.
—Sí. Yo también lo creo.
Ojalá alguien nos hubiera advertido de lo equivocados que estábamos.
—Roman me cae muy bien. Se hace el duro y el insensible, pero en el fondo… siente igual o más que nosotros.
Pese a conocerlo desde hacía poco, yo había llegado a la misma conclusión.
Nos lo habíamos cruzado en verano y, desde entonces, se había integrado en nuestra pequeña familia disfuncional como si llevara allí toda la vida.
Y eso que nuestra primera interacción había terminado en una pelea nada equilibrada en la que él había salido indemne y yo hecho mierda.
—Tú crees que Blythe y él… —dejé la frase en el aire y esperé a que la completaras en silencio.
—Dios, no, por favor. —Te reíste al comprender lo que estaba insinuando—. Se acabarían matando. Ambos encontrarán a su persona, estoy seguro de ello, pero ¿el uno con el otro? No.
¿Y tú? ¿Encontrarías a tu persona?
Quise preguntártelo, pero no me atreví. En su lugar, agarré un hierbajo que se había colado entre los tablones y rezongué que, con estas cosas, uno nunca sabía.
Dejamos que la brisa se llevara mis últimas palabras y así la conversación murió.
En algún punto, el sol se puso y el par de luces que marcaban el inicio del muelle se encendieron. Pese a la cálida luz que daban, al estar sentados en el extremo de la pasarela, nos encontrábamos casi a oscuras.
Hacía frío. Mucho más que en Nueva York.
Pero hasta que tú no te movieras, yo tampoco lo haría.
Te pusiste en pie cuando escuchaste mi barriga rugir por tercera vez.
—Blythe ha escrito por el grupo preguntando si queremos cenar —comentaste mientras esperabas a que yo también me levantara—. Roman ha contestado que por él bien.
—Déjame adivinar. Vienen a casa.
—Sí —lo dijiste sonriendo. Te encantaba aquella dinámica que se había establecido entre los cuatro. Rutinas nuevas sobre rutinas antiguas que te daban una sensación de estabilidad que no encontrabas en casa.
Nos alejamos del muelle lentamente, como si ninguno tuviera prisa por abandonar aquel lugar que, de repente, se había convertido en nuestro.
Lo que me dijiste cuando llegamos a casa, agotados de tanto pedalear con las bicicletas, no lo olvidaré jamás.
—El muelle es nuestro lugar seguro. De ahora en adelante, cada vez que estemos tristes, enfadados o perdidos, iremos al muelle.
—¿Cuál ha sido hoy? —pregunté. Si te habías sentido así, lo habías ocultado con una destreza envidiable.
Ahora me doy cuenta de que, ya por entonces, mostrabas partes de ti que, si hubiera prestado atención, me habrían ayudado a entender lo que te sucedió más adelante.
—Dejaré que lo adivines —dijiste con picardía.
Fui a lanzarte algún reproche hueco cuando, de pronto, el timbre sonó. Al otro lado de la puerta, escuchamos a Blythe y Roman discutir por vete a saber qué tontería.
Cruzaste el salón con un ya voooy que, por un segundo, me devolvió a los veranos en los Hamptons, cuando tenía que insistirte para que salieras del mar y vinieras a la toalla conmigo.
Ya vooooy , gritabas desde el agua.
Ya vooooy , por enésima vez porque, aunque me asegurabas que sí, que venías, tu intención era seguir nadando y buceando.
Ya vooooy, ahora sí, corriendo por la arena para no quemarte y auh auh auh dando pequeños saltitos sobre la toalla porque te habías quemado igualmente.
Al otro lado de la puerta, Blythe y Roman se miraban con falso desprecio. Ella llevaba una bolsa de tela cargada de bebidas. Él, cuatro cajas de pizzas entre las manos.
Entraron.
El escenario: Nuestra casa en Ithaca ( nuestra nosotros juntos tú yo los dos ).
El año: 2016.
Los personajes: Blythe, Roman, tú y yo, todos antes de Vera.
BLYTHE, levantando la bolsa de tela: ¿Dónde dejo esto?
TÚ: En la encimera.
BLYTHE: Vale. Y antes de que digas nada, sí, Connor, he traído tus mierdas no alcoholizadas pero cargadas de azúcar.
YO: Oh, GRACIAS, mujer de hielo, heredera del reino de los vampiros.
BLYTHE: Cállate.
ROMAN, depositando las cajas de cartón sobre la mesa del comedor: Pizzas.
YO: ¿En serio? Nuna lo hubiera adivinado.
Aunque lo intenté, fui incapaz de esquivar el codazo que Roman me propinó en las costillas.
YO: ¡Eh! ¡No a la violencia!
ROMAN: Te lo buscas.
YO, apoyándome en quien no debería: ¡Blythe, dile algo!
BLYTHE: Lo siento, estoy con el poeta torturado.
YO, llamándote: ¡Charles!
TÚ: …
YO: Scusa?
BLYTHE, impidiendo cualquier interacción entre los dos: Charles, ¿dónde está el cortador de pizzas?
YO: Yo también vivo aquí, ¿sabes?
BLYTHE: Sí, y no te enteras de dónde está nada.
Razón no le faltaba.
Y así, fuimos cayendo uno al lado del otro, como hojas de un mismo árbol sobre el asfalto. Teníamos ritmo propio, una forma de acoplarnos demasiado sencilla para personas tan complejas. Éramos satélites orbitando la misma luna, en perfecta sintonía, sin saber que faltaba un quinto.
Juntos, los cuatro, éramos ruido.
El ruido de las pizzas al ser cortadas, servidas, comidas.
El ruido de nuestras voces, alzándose las unas sobre las otras.
El ruido de nuestros demonios, porque todos teníamos.
El ruido de la televisión, ahora un partido de tenis, ahora una lucha de boxeo, y venga a ir de un canal a otro porque Blythe y Roman eran incapaces de ceder y ponerse de acuerdo.
Sí, el ruido.
Pero también el silencio. El nuestro. Tranquilo, sencillo, irremplazable. Triple. Infinito.
Porque fue allí,
[ACOTACIÓN
El escenario: Nuestra casa en Ithaca ( nuestra nosotros juntos tú yo los dos ).
El año: 2016, antes de que nos perdiéramos los unos a los otros.
Los personajes: Blythe, Roman, tú y yo]
cuando entendí que, por mucho ruido que pueda haber, siempre prevalecerán todos nuestros silencios.
FIN DEL TERCER ACTO
Y FIN DE LA ObrA.