COLAPSO
COLAPSO
Amo de mi destino. Capitán de mi alma
Lo hacía por respeto.
Pero también para torturarme.
Cada año visitaba su tumba. Me acercaba al cementerio de Green-Wood antes de que amaneciera para no encontrarme con nadie.
El primer año me quedé una hora entera llorando, permitiéndome castigarme por la verdad que todo el mundo a mi alrededor parecía empeñado en maquillar y olvidar.
El segundo año le llevé flores y un peluche. No sé por qué lo hice (lo del peluche), pero lo vi en una tienda y me recordó a ella. Absurdo, porque tampoco la conocía tanto.
Ese año, el tercero, fui con una botella de whisky bajo el brazo. Pretendía que compartiéramos mi primer trago después de la larga abstinencia que me había autoimpuesto. Una prueba de que empezaba a superar el trauma que me había dejado la noche del accidente.
Sin embargo, escupí el líquido nada más saborearlo.
—¿Qué estás haciendo?
Me giré de golpe, convencido de que había confundido tu voz con la de otra persona. Pero allí estabas, abriéndote paso entre las lápidas, avanzando hacia mí.
—Tú… Cómo… —balbuceé.
—¿Piensas que no sé que vienes aquí cada año?
No sé cómo lo hacías, pero cada día encontrabas una forma nueva de sorprenderme.
—Ya —respondí.
Mis brazos colgaban, inertes, uno a cada lado de mi cuerpo. En una mano sostenía la botella y en la otra la vergüenza de que hubieras tenido que presenciar aquello.
Te detuviste a escasos centímetros de mí y, con un movimiento determinado, me quitaste el whisky. Lo guardaste en la mochila que llevabas colgada a la espalda.
—Tenía pensado entrenar después —explicaste al ver mi expresión de confusión. Aquel último año habías empezado a ir mucho más al gimnasio y tu cuerpo lo reflejaba.
—¿De verdad quieres volver a beber? —dijiste. Por supuesto, no ibas a dejar escapar aquel detalle.
—No —confesé.
Otra persona hubiera señalado lo incoherentes que eran mis acciones.
Porque era verdad, estaba cargado de incoherencias.
No quería volver a beber pero me intentaba forzar a ello.
No podía subirme a un coche pero no tenía problemas en desplazarme a los Hamptons en autobús.
Trabajaba a diario en pasar página y empezar de cero pero cada año visitaba la tumba de Vanessa para no olvidar lo que había hecho.
Pero tú eras tú. Así que simplemente asentiste y, sin insistir, te colocaste a mi lado.
Nos quedamos los dos frente a la lápida de Vanessa. Destacaba sobre las demás por su altura y porque estaba coronada por un intricado relieve de flores esculpidas en mármol.
Vanessa Livingston (1993 – 2011) Tu luz nunca abandonará la ciudad que te vio nacer.
Leí el texto grabado en voz alta.
Me lo sabía de memoria.
—Demasiado poético para mi gusto —comentaste.
Pese a las circunstancias, sonreí. Ves, esto es a lo que me refiero: otro detalle insignificante, otra sorpresa. Porque sabía que aquella parte tuya, la más pícara, te la guardabas para mí.
—¿Qué te gustaría que pusieran en la tuya? —pregunté.
—¿Estás pensando en mi muerte? —Me miraste de reojo.
—Más o menos.
Me encantaba que entre los dos se crearan aquellos interludios en los que nos permitíamos jugar con posibilidades disparatadas porque la realidad dejaba de existir.
—Mmm. —Te llevaste una mano a la barbilla y te rascaste la sombra oscura que empezaba a despuntar.
Te negabas a dejarte barba—. Gracias por visitar su tumba, pero la verdad es que aquí no yace Charles Aster.
Para quienes os estéis preguntando dónde está, la respuesta es en algún parque nacional, probablemente en la Columbia Británica.
—Demasiado largo, ¿no? —No se me pasó por alto que, de todos los lugares del mundo, habías escogido el que habíamos visitado juntos.
—Pues más te vale asegurarte de que la lápida sea grande —bromeaste—. La tuya sería algo tipo: Aquí descansa Connor Ernest Hannaway. Amo de su destino. Capitán de su alma.
—Henley —apunté, haciendo referencia al poeta que había escrito aquellos versos—. Sí, sería algo así.
Rara vez te equivocabas.
—¿Crees que me sigue odiando? —solté.
—¿Vanessa?
Asentí. Era la misma pregunta que ya te había hecho hacía unos años, cuando todo aquello no había hecho más que empezar.
—Está muerta, Connor.
—Joder, vale.
El vaho de nuestras respiraciones se elevó por encima de nuestras cabezas y, después, se confundió con la neblina que cubría el cementerio. Aquel mes de diciembre estaba siendo más frío de lo habitual.
—Pero si su alma o esencia o lo que sea está en alguna parte… —suspiraste—. No, no creo que te odie. Quizás en algún momento lo hizo, pero ya no.
Entonces, te diste la vuelta y empezaste a recorrer el mismo camino por el que habías llegado. Aquella era tu forma de decirme que no ibas a alimentar más mis demonios, que ya habíamos tenido suficiente de revolcarnos en el pasado.
Como siempre, te seguí.
En lugar de dirigirte a la salida del cementerio, te detuviste en medio de una explanada llena de pequeñas e idénticas lápidas blancas, todas colocadas en filas simétricas.
Te sentaste sobre la hierba. No te importaba que la humedad impregnara tu ropa.
Cuando entendí que pretendías quedarte allí, te imité a regañadientes.
Quise decirte que me estaba congelando, que tenía el culo mojado y que para vivir una experiencia religiosa mejor ir a la montaña o al campo pero, al verte, me contuve.
Estabas en paz.
Habías posado las manos sobre las rodillas y respirabas profundamente, como si cada bocanada de aire fuera la última. Entendí que, para lo que otros era un cementerio, para ti era un oasis; un refugio en medio de los rascacielos, las multitudes y el bullicio de Nueva York.
Estabas conectado. Con el pajarillo (lo siento, no sabría decirte la especie) que, a escasos centímetros de tu pie, picoteaba la hierba en busca de comida.
Con la humedad que nos estaba calando los huesos.
Con el olor a hierba y a roble, fresco e intenso.
Con los tenues rayos de sol que empezaban a despuntar por el este.
No había parte de ti que no estuviera conectada con la naturaleza. Siempre me hablabas de lo mucho que la necesitabas, pero solo ahora comprendía que esa necesidad estaba arraigada en algo profundo y básico.
Cuando, a lo lejos, un cuervo graznó, sonreíste.
Y ya no pude contenerme más. Las palabras brotaron solas.
—Te quiero.
Intentaste disimular la tensión, pero yo la sentí propagarse por cada centímetro de tu cuerpo.
No sé qué me jodió más. Saber que, una vez más, ibas a rechazarme, o haber quebrado tu calma.
—No pretendo que respondas —añadí. Necesitaba aclararlo—. Solo… quería que lo supieras.
—Lo sé.
—Genial.
Compuse una sonrisa. Me salió forzada.
—Connor.
Al escucharte pronunciar mi nombre, mi estómago dio un pequeño vuelco. Porque aunque intentaba convencerme de que no no no, en el fondo siempre guardaba la frágil esperanza de que, por fin, derrumbaras tus murallas y te atrevieras a darnos una oportunidad y sí sí sí.
—No puedo.
Tu negativa me hundió en la tierra del cementerio.
—Lo sé —repetí.
—Pero…
—No tienes que decir nada más.
—Connor.
—De verdad.
—¡Escúchame! —Como respondiendo a tu grito, el cuervo volvió a graznar—. Calla un momento y escúchame.
—Vale.
—No has hecho nada. No quiero que pienses que si hubieras hecho algo distinto o si fueras de otra forma… Quiero decir, si no puedo, no es por ti. —Cuando pienso que has terminado, añades—: Gracias por quedarte pese a que no puedo darte lo que te gustaría.
Recordé lo que me había dicho Blythe la noche en la que le conté lo nuestro: que, aunque no supiera cuándo, llegaría el momento.
Me aferré a esas palabras como si fueran el último bote salvavidas en un naufragio y, haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad que me quedaba, decidí no exigirte ni pedirte más.
Poco a poco volviste al estado de relajación en el que habías estado antes de que yo te importunara.
El momento llegará.
Las palabras se deslizaron en nuestras rutinas, como si fueran una más y siempre hubieran estado allí. Cada uno a su manera, sufríamos su existencia.
El momento llegará.
Las junté y me las metí en el bolsillo para llevarlas conmigo a todas partes.
El momento llegará .
Me las tragaba cada mañana con el desayuno, junto con las pastillas para la ansiedad que me había recetado la psiquiatra.
El momento llegará .
Las lancé a la vez que el birrete de graduación el día que celebramos que habíamos concluido nuestros estudios en Columbia.
El momento llegará .
Las guardé, muy bien puestecitas, en la maleta que preparé para pasar el verano en los Hamptons.
Cuando la abrí, tú estabas en la habitación conmigo, sentado en la cama, explicándome que esos meses querías nadar a mar abierto, por probar.
Estaban allí, entre los calcetines y los bañadores, pero no las viste.
El momento llegará .
Reconocieron al chico que cada primero de año salía a la calle a comprobar si había llegado el fin del mundo. A diferencia de ti, Roman no tardó ni un día en darse cuenta de que estaban allí.
El momento llegará.
Se instalaron con nosotros en la casa de Ithaca, listas para empezar nuestros estudios de Derecho en Cornell.
Una etapa dio paso a otra,
(y yo seguía)
Vera llegó a nuestras vidas,
(esperando)
las clases en la facultad, los hijos dorados, la competición por la beca,
(a que)
tú descendiste al infierno, el resto fingimos que no nos dábamos cuenta,
(el momento)
el muelle el muelle el muelle y todo lo que nos dio y nos quitó,
(llegara)
lo que sucedió y cómo nos rompimos y cómo terminé escribiéndote para intentar recuperar lo que nunca llegamos a tener porque aún ahora,
después de tantos años,
sigo esperando
a que el momento llegue.