Todos nuestros silencios PULSO
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Segundo acto, Backer Athletics Complex

El escenario: el Backer Athletics Complex o, dicho de otra forma, uno de los complejos deportivos de Columbia.

Los personajes: tú y yo.

Estamos en las gradas de una de las pistas de tenis.

Tú vas vestido con una camiseta azul cielo en la que se lee Columbia Tennis .

Te la compraste, muy orgulloso, en una de las tiendas oficiales del campus hace un par de meses.

Tienes la mirada fija en el extremo derecho de la base de asfalto, donde Blythe se prepara para sacar.

Va ganando. O eso creo.

TÚ: Si gana este punto le va a hacer otro break .

YO, agarrando un puñado de palomitas del cubo que tienes entre las manos: No sé de qué me hablas.

TÚ, con una ceja enarcada y una expresión de exasperación estampada en el rostro: Con, es como el octavo partido al que venimos.

YO: ¿Y?

TÚ: No voy a estar explicándote las reglas cada vez.

YO: No tienes por qué hacerlo.

TÚ: Si no lo hago, no te enteras de nada.

Me llevo una mano al pecho y compongo mi mejor mohín, haciéndome el ofendido.

YO: Claro que me entero. Mira. Eso del centro es la red (la señalo). Hay dos jugadoras, una de ellas nuestra querida y despiadada Blybie. Y eso que bota y rebota de un lado al otro de la pista es la pelota. Quien mete más puntos dentro de los rectángulos gana. Fin.

Medio estadio se pone en pie justo cuando termino de hablar.

A nuestro alrededor, cientos de estudiantes vestidos de azul alzan los brazos y vitorean a una Blythe que levanta el puño en señal de victoria.

Puedo sentir su satisfacción incluso desde la distancia. Es increíble lo mucho que adora ganar.

YO: Ves, justo lo que decía.

Pones los ojos en blanco a la vez que le das un sorbo a tu Coca-Cola.

La próxima media hora la pasamos comiendo palomitas del mismo cubo, en uno de nuestros silencios, observando a Blythe correr de un lado a otro y destruir a su oponente, una pobre chica de UCLA.

De vez en cuando me miras con los ojos muy abiertos, como queriendo decir: ¿has visto lo que acaba de hacer nuestra amiga?

Y yo te respondo encogiéndome de hombros o sacándote la lengua porque no, no me entero de nada.

De hecho, lo único en lo que me fijo, aunque sea de reojo, es en ti.

Me fascinaba, la energía con la que solías exprimir cada momento y disfrutar de cada detalle.

Te daba igual el plan. Ya podía ser ir al cine, comer yogur en las escaleras del MET o acudir a un partido de tenis para ver a Blythe ganar.

En un mundo en el que la mayoría de la gente vive sus días lamentándose por lo que fue o sufriendo por lo que será, el verdadero valor y el mayor reto es estar presente.

En todo lo que no tenía que ver conmigo, tú lo estabas.

Presente. Por aquel entonces, apreciabas cada segundo de cada minuto y tratabas el tiempo como un regalo.

Supongo que todavía no habías dejado que la oscuridad se adueñara de ti con la fuerza con la que lo hizo más adelante, en Cornell.

TÚ: Con.

YO, hipnotizado por el ir y venir de la pelotita amarilla: Char.

TÚ: ¿Quieres hablar de ello?

YO: No.

Te referías al trato con el fiscal.

Llevabas desde que había salido del juzgado intentando sacarme las palabras y las emociones, pero me negaba porque ni yo mismo las entendía ni encontraba.

TÚ, insistente y cabezota como de costumbre: Con.

YO: Chaaar.

Quizá, con la máscara de indiferencia puesta, conseguiría alejarte. Pero, por tu rictus serio, esa vez no ibas a soltarme fácilmente.

TÚ: Connor, sea lo que fuere que sientes, está bien.

¿Habías hablado con Beatriz y no me lo habías dicho?

YO: Estoy harto de sentir (le doy otro sorbo a la Coca-Cola). Me agota.

TÚ: ¿Preferirías que te diera igual lo que ha pasado?

YO: …

TÚ, no te das por vencido: ¿Preferirías haber salido del juzgado sin ningún tipo de culpa o remordimiento?

YO: Todo el mundo parece capaz de lidiar con lo que ha pasado excepto yo.

Lo digo con la vista clavada en la pista de tenis y los codos apoyados sobre mis piernas. Las lágrimas se están agolpando tras mis ojos, pero no quiero dejarlas escapar.

TÚ: Lo que acabas de decir es una estupidez. Nadie ha pasado por lo que tú has pasado.

Lo sé. Sin embargo, cada uno tiene sus demonios y, mientras otros se sobreponen, yo me dejo devorar por ellos. Y no quiero ser esa persona. Ya no.

Aunque no me exprese en voz alta, tú pareces leerme la mente.

TÚ: Connor, sentir no te hace débil. Te hace humano. Más importante, te hace quien eres.

Son estas palabras. Las que consiguen que ya no pueda aguantar más y rompa a llorar.

Allí. En medio de un estadio repleto de estudiantes de Columbia. Con la boca salada por las palomitas y dulce por la Coca-Cola. Con Blythe en la pista, ganando punto tras punto. Contigo a mi lado, tratando de sonsacarme las emociones que me empeño en mantener enterradas.

Fue así. En cuanto salí del juzgado me refugié bajo capas y más capas de sarcasmo e indiferencia porque sabía que, si me dejaba llevar por lo que realmente sentía, no sería capaz de volver a levantarme de la cama.

Mi mente había activado un protocolo de emergencia para protegerme ante una situación que podría haberme quebrado.

Pero ahora, contigo al lado, mirándome como me miras, apoyando tu mano sobre mi pierna para reconfortarme y diciéndome que está bien, que puedo dejarme llevar porque tú estás aquí…

Me aprieto los lagrimales con fuerza, tratando de detener el torrente de lágrimas. Ya es demasiado tarde. Las gotas siguen resbalando por mis mejillas y caen sobre el suelo de las gradas de cemento, dejando pequeños puntos oscuros.

TÚ: Con. Mírame.

Eso hago. No tiene sentido ocultar lo evidente.

TÚ: No puedes hacer nada por cambiar lo que ha sucedido. Ni la noche del accidente ni todo lo que ha venido después. Lo único que puedes hacer es luchar por el ahora.

¿Cómo pedirle a una persona que está estancada entre el sufrimiento del pasado y la ansiedad del futuro que viva el presente?

TÚ: Prométeme que lo harás. Que lucharás.

¿Cómo exigirle a alguien que se ha quedado sin fuerza que siga levantando peso?

No obstante, te lo prometí.

YO: Vale.

TÚ: Vale, ¿qué?

YO: Ya lo sabes.

TÚ: Necesito que lo digas.

YO, odiándote un poco, pero queriéndote un poco más: Te lo prometo. Lucharé.

Sonríes. Las comisuras de tus labios se alzan (quiero morderlas). Los ojos se estrechan hasta convertirse en dos rendijas (quiero besarlos).

YO: ¿Has hablado con Beatriz?

TÚ: ¿Qué? No. ¿Por qué lo dices?

YO: Porque a veces parecéis la misma persona.

TÚ, de nuevo esa sonrisa, solo que más pícara: ¿Cuándo vas a entender que soy la persona más inteligente que conoces? Todo irá bien (lo repites con más convicción). Además, no estás solo. Me tienes a mí…Y la tienes a ella.

Señalas la pista, donde Blythe está esprintando para devolver un golpe. No solo lo consigue, sino que lo hace con tal potencia que su oponente, al intentar llegar a la pelota, resbala y cae sobre el asfalto.

YO: Qué miedo.

TÚ: Mejor tenerla de tu parte que en tu contra.

Muevo la cabeza de un lado a otro, como queriendo decir que sí, tienes toda la razón del mundo, pero qué miedo igualmente.

TÚ: Quiere ir a Ithaca.

Tardo unos segundos en entender que estás hablando de Cornell, la universidad donde estudiarás Derecho una vez acabes en Columbia.

YO: ¿Y eso?

TÚ: Tradición familiar. Sus padres y hermana estudiaron en Cornell. Para ella no es una opción no hacer lo mismo.

YO: Viva el libre albedrío.

Nos envuelve una brisa agradable.

TÚ: No tienes por qué hacerlo, lo sabes, ¿no?

YO: ¿El qué?

TÚ: Venir a Cornell. Puedes estudiar lo que te dé la gana, Connor. Existen escuelas de teatro…

YO, te corto, porque no quiero darte la oportunidad de terminar la frase: Voy a ir a Cornell, Charles.

TÚ: Pero…

YO: Está decidido. Ya lo sabes.

TÚ, en un susurro que puedo escuchar perfectamente: Tienes que decidir por ti, no por mí.

Eso es lo que jamás entendiste y temo que, hoy, sigues sin entender.

Que mis decisiones son solo mías y que si quise seguirte a Cornell y me matriculé en la Facultad de Derecho fue por mí.

No te equivoques, en lo que se refiere a ti, siempre he sido egoísta.

Porque no existe mayor acto de egoísmo que el de alguien que actúa teniendo en cuenta solo sus intereses, sin importarle cómo se sentirá la otra persona.

Seguí siendo tu amigo después de que me rechazaras porque yo no soportaba la idea de vivir sin ti.

Te prometí que lucharía por superar lo que me había pasado porque yo no quería decepcionarte y que pensaras que era débil.

Fui a Cornell aunque nunca quise ser abogado porque yo no me veía capaz de quedarme en una ciudad o empezar de cero en una universidad en la que tú no estabas.

Te he escrito todas estas cartas porque yo necesito sentirte cerca y me he dado cuenta de que, al pensarte e imaginarte con palabras, la idea de que ya no te importo se vuelve más tolerable.

Así que no te confundas.

En lo que se refiere a ti, todas mis decisiones han nacido de un egoísmo tóxico y retorcido.

Por eso, fue allí,

[ACOTACIÓN

El escenario: el Backer Athletics Complex

El año: 2013, lamentablemente el mundo no se había acabado.

Los personajes: tú, antes de que dejaras de estar presente; yo, anclado entre el pasado y el futuro]

cuando decidí que lucharía por seguir adelante.

Porque la alternativa era convertirme en una carga más, alguien de quien cuidar y ser responsable, y eso era algo que nunca, jamás, iba a permitir.

¿Dramático? Puede.

¿Cierto? También.

¿Teatro? Siempre, aunque no de la forma que te hubiera gustado.

FIN DEL SEGUNDO ACTO.