COLAPSO
COLAPSO
Solo el poder (vista de conformidad y sentencia)
—Todos en pie.
En el juzgado, los presentes obedecieron la orden del secretario judicial.
Yo incluido.
Me levanté justo cuando el juez se sentó en el estrado.
El mismo hombre que hacía unos meses me había escuchado declararme no culpable de la muerte de Vanessa me dirigió una mirada de indiferencia que consiguió aligerar la sensación de que cada una de las personas de aquella sala me estaban juzgando (nunca mejor dicho).
A mi derecha, mi abogado me dio una leve y disimulada palmada en el hombro. Supongo que era su forma de infundirme ánimos. No funcionó.
El juez se inclinó sobre el expediente y, ajustándose las pequeñas gafas, leyó:
—El Estado de Nueva York contra Connor Ernest Hannaway.
Un escalofrío me recorrió la espalda, desde la lumbar hasta las cervicales.
No puedes imaginarte lo que se siente al escuchar tu nombre en un contexto así.
De repente, te asaltan miles de preguntas y todas acaban con la misma respuesta: que eres una mala persona.
¿Por qué lo hice? Eres una mala persona.
¿Por qué no morí yo en su lugar? Eres una mala persona.
¿Cómo puedo seguir viviendo mi vida después de lo que sucedió?
Eres una mala persona. ¿Seré capaz de superar esto algún día? Eres una mala persona.
Me juré que era la primera y última vez que acabaría en una situación como aquella. Que jamás volvería a llevar mi conciencia y mi sanidad mental hasta aquel extremo.
Ja.
Ja.
Ja.
Qué inocente fui.
Quizá no he vuelto a acabar atrapado entre las paredes de un juzgado, pero mi conciencia ha quedado abrasada de tantas veces que la he llevado al límite. Eso sí, al menos, las siguientes veces, la culpa fue compartida.
Dicen que el ser humano es capaz de cometer los peores y los mejores actos por amor.
Totalmente cierto.
Y en mi caso, que soy un hombre dominado por sus emociones, todavía más.
—Entiendo que las partes han alcanzado un acuerdo. ¿Es correcto? —el juez se dirigió primero al fiscal.
—Es correcto, señoría —confirmó este, no sin antes dirigirme una mirada cargada de desprecio. Tanto él como yo éramos conscientes de lo que estaba a punto de suceder.
—¿La defensa?
—Es correcto, señoría —corroboró mi abogado.
El juez asintió.
—La fiscalía tiene la palabra para exponer los términos del acuerdo.
El fiscal se ajustó la corbata y abrió el archivador que tenía sobre la mesa.
—La acusación y la defensa han alcanzado un acuerdo —anunció con un tono impersonal y rutinario, sin apartar la mirada de los documentos—. El acusado se declara culpable del delito de homicidio vehicular en segundo grado.
Que me hubieran preparado para escuchar aquellas palabras no significaba que dolieran o impactaran menos.
Culpable.
Lo era.
No quería serlo pero lo era y quería escucharlo pero a la vez no.
Ajeno a mi debacle mental, el fiscal continuó:
—A cambio de dicha declaración, las partes recomiendan, de forma conjunta, una pena consistente en…
Y aquí, señores y señoras, viene la verdad más cruda de todas:
En la vida.
— … tres años de libertad condicional supervisada…
La justicia.
— … la suspensión del permiso de conducir del acusado durante cinco años…
No existe.
— … la realización de quinientas horas de servicios comunitarios…
Solo.
— … el pago de una multa de cien mil dólares…
El poder.
— … y la asistencia a un programa de concienciación sobre los riesgos de conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas.
Siempre el poder.
Mi padre me lo advirtió desde el principio.
Pero tuve que llegar a este extremo para comprobarlo con mis propios ojos.
—La acusación considera que este acuerdo sirve a los intereses de la justicia y evita la necesidad de celebrar un juicio.
Sin dedicarle un segundo de atención al juez, la defensa o cualquier otra persona presente en el juzgado, el fiscal se sentó.
El juez volvió a asentir y, anotando algo en el expediente, declaró:
—En consecuencia, este tribunal acepta el acuerdo alcanzado por las partes. El acusado no cumplirá pena de prisión, quedando sujeto a las condiciones ya expuestas y recogidas en dicho acuerdo.
Después, alzó la cabeza y clavó sus diminutos ojos en los míos.
Una vez más, indiferencia. Ese hombre era consciente de que me acababa de librar de una condena segura en la cárcel y le daba absolutamente igual.
Para él, yo no era más que otro escalón en la empinada cuesta que debía subir para llegar al final del día y, por fin, poder tirarse en el sofá de su casa a mirar la televisión.
¿Cómo iba la justicia a imponerse al poder si los que debían salvaguardarla se la tomaban como un punto más de su interminable lista de tareas? ¿Cómo podía competir la justicia con el poder si quienes lo ostentaban harían y darían lo que fuera por no perderlo?
Mientras aquel juez contaba los segundos para que la vista se terminara, en algún lugar de la sala, mis padres sonreían de satisfacción.
Una vez más, lo habían conseguido. Habían jugado a ser dioses y habían ganado.
Su euforia era la desdicha de los Livingston.
No quería ni imaginarme cómo debía de estar sintiéndose Meredith.
—Connor Ernest Hannaway —prosiguió el juez—. ¿Ha tenido tiempo suficiente para hablar con su abogado?
—Sí, señoría.
—¿Entiende los términos del acuerdo expuesto por el fiscal?
—Sí, señoría.
—¿Alguien le ha obligado a aceptarlo?
—No, señoría.
—Entonces, ¿acepta este acuerdo de forma libre y voluntaria?
—Sí, señoría.
Una pausa, en la que el juez hizo otra anotación.
Y finalmente:
—Connor Ernest Hannaway, ¿cómo se declara?
—Culpable, señoría.
Al menos, entre aquel pozo sin fondo de mentiras y manipulaciones, pude expresar la única verdad irrefutable.
Era culpable.
Porque yo maté a Vanessa.
Fui yo.
Quizá no lo hice queriendo, pero lo hice.
Y eso, por mucho que todo el mundo a mi alrededor se empeñara en maquillarlo, nadie podía quitármelo.