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Por si el mundo se acaba

Cuando una persona vive todo lo que yo he vivido, es imposible que siga creyendo en las coincidencias.

No es coincidencia que tu madre le pidiera a la mía si podías pasar el domingo en mi casa.

No es coincidencia que tú fueras el motivo y el motor por el que decidí emborracharme y subirme al coche la noche del accidente.

No es coincidencia que la hija de la abogada que aceptó liderar mi caso fuera Blythe.

No es coincidencia que, de los millones de personas que habitan este planeta, tuviera que enamorarme de ti.

Y no es coincidencia que aquel amanecer de invierno me cruzara con el chico que más tarde se convertiría en una pieza indispensable de nuestro disfuncional grupo.

Era el primer día del año.

2013.

Seguía sorprendiéndome la rapidez con la que pasaba el tiempo.

La noche anterior la habíamos celebrado los tres juntos, primero cenando en un restaurante coreano que Blythe había descubierto y sí o sí quería probar, después en una fiesta a la que un compañero de clase me había invitado.

Sospecho que quería acostarse conmigo y que no tenía planeado que aparecierais por allí, pero os llevé conmigo igualmente.

Lo pasamos bien.

Pero como cada vez que salíamos, vosotros bebisteis y yo no.

Y también como cada vez que volvíamos a casa después de una noche larga, vosotros conseguisteis conciliar el sueño y yo no.

Por mucho tiempo que pasara, las pesadillas y la culpa seguían persiguiéndome y, en muchas ocasiones, no me permitían descansar.

Me harté de mirar al techo tumbado en la cama. No iba a dormirme ni ahora ni en las siguientes horas, así que me levanté, vestí y salí a dar un paseo. Mi intención era compraros algo de desayuno en una de tus cafeterías preferidas, pero cuando llegué al local, este todavía estaba cerrado.

Entre maldiciones y quejas, me acerqué a la puerta y, tras pegar mi rostro todo lo posible al cristal, escudriñé el interior en busca de alguna señal que me indicara que había alguien.

Fue entonces cuando una voz grave me sobresaltó, provocándome casi un infarto.

—No creo que abran.

Encontré a su propietario unos pasos más allá, apoyado contra la pared de ladrillo de la cafetería.

Era un chico. Alto. De cabello castaño oscuro y ojos verdes.

Pese a la chaqueta negra que llevaba puesta, era evidente que tenía un cuerpo trabajado.

Otra cosa que también era evidente: aunque todo él chillaba peligro, su aura era triste.

Fumaba.

Me quedé allí, de pie, en silencio, observándolo. Algo en su presencia me había hipnotizado.

El chico debió de pensar que era un idiota, porque aclaró:

—Es el primer día del año.

Por fin, reaccioné.

—Oh. Claro.

¿Cómo me había podido olvidar de aquel detalle?

Desanimado, me dejé caer contra la puerta de cristal. De pronto, me encontraba vacío y sin propósito.

—¿Qué hace un chico cómo tú aquí? —Su voz volvió a tomarme por sorpresa—. ¿No deberías estar tirado en alguna cama pasando la resaca de Año Nuevo?

No pude evitarlo. Se me escapó una carcajada seca porque no, hacía más de un año que no pasaba una resaca . De hecho, no creo que volviera a pasar una nunca.

—Me apetecía pasear —expliqué. No tenía por qué hacerlo, pero quería. Como he dicho, las cosas no pasan porque sí. Estoy convencido de que algo en mí, probablemente mi intuición, lo reconoció—. Y no. No tengo resaca. Yo… no bebo.

El chico le dio una calada profunda al cigarrillo y, al exhalar el humo, asintió lentamente.

—¿Y qué haces tú aquí? —le devolví—. ¿No deberías estar tirado en alguna cama pasando la resaca de Año Nuevo?

Esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Quería comprobar si el mundo se ha acabado, pero ya veo que no —dijo con un tono carente de emoción. Otra calada—. Menuda mierda.

—¿Eso no era en 2012?

—Sí. Pero yo vivo con la esperanza de que se acabe cada año.

—Pues sí, ojalá —se me escapó.

Él enarcó una ceja y me miró con un interés renovado y genuino.

—¿Y por qué querrías que el mundo se acabara? ¿El Upper East Side no es todo lo que esperabas?

—Estoy harto de fingir. —Las palabras se deslizaron por mi boca como la mantequilla sobre una tostada recién hecha.

—Debes de estar fingiendo mucho para querer que el mundo se acabe.

—Algo así.

Cuando extendí una mano y le pedí un cigarrillo, él me lo tendió.

—¿Tú? —le pregunté a la vez que me sacaba el mechero que siempre llevaba guardado en la chaqueta y me lo encendía.

—Podría decirse que lo mismo —coincidió sin apartar la mirada del rascacielos que se alzaba frente a nosotros.

—¿No te cansa? —le lancé otra pregunta y me sorprendí a mí mismo deseando que la contestara.

No sé, había algo en aquel chico que me atraía. Y no me refiero a una atracción como la que siento hacia ti, sino algo más… inocente y simple. Pese al aura de peligro, tenía una necesidad repentina de conocerlo.

—¿El qué? —contestó. Una vez más, su interés parecía real.

—Fingir.

Él se tomó unos segundos para darle otra calada al cigarrillo.

—Mucho.

—A mí también —coincidí—. Tanto que a veces ya no sé cómo seguir adelante.

—Por eso —soltó.

—¿Por eso el qué? —¿Me había perdido algo de la conversación?

—Lo de querer que el mundo se acabe. —Y sin darme tiempo a contestar o hacer nada más, tiró la colilla al suelo y empezó a alejarse por la avenida.

—¡Eh! —exclamé, descartando también mi cigarrillo—. ¡Espera!

Lo alcancé antes de que girara por la esquina. Sin pensármelo, lo agarré del brazo. Solo ahora, después de todos estos años, entiendo por qué me miró de aquella forma cuando sintió mi contacto. Esa agresividad, tan a flor de piel, solo la poseen quienes conviven con la violencia a diario.

—Qué haces. —Su voz era una amenaza evidente. O me sueltas, o esto acabará mal .

—Espera —repetí. Pese a que solo había dado unos pocos pasos, me faltaba el aire.

Creo que en ese momento debió de ver algo de él en mí, porque asintió y se relajó un poco.

Con un gesto de la cabeza, me indicó que hablara.

—¿Cómo lo haces? ¿Cómo sigues adelante pese a todo?

Las preguntas me salieron toscas y simples, pero temía que, si me extendía y perdía tiempo con explicaciones, se acabara marchando. Y, por algún motivo, necesitaba conocer su respuesta.

Él se llevó una mano al cabello y se lo removió, descubriendo un par de cortes que, por su color rojizo, parecían recientes. ¿Quién era ese chico y de dónde había salido?

Cuando habló, dijo lo último que esperaba:

—¿Planeas quitarte la vida?

—¡¿Qué?!

—Que si quieres suicidarte.

—¡Claro que no!

—¿Por qué no?

—Bueno… Pues porque… Porque… —balbuceé, confuso, pero en mi mente apareciste tú, riendo, comiendo tortitas hasta reventar, leyéndome en voz alta, contándome uno de tus datos ultraespecíficos.

Solo tú tú tú.

Y más tú tú tú.

Porque siempre habías sido tú tú tú.

—Lo que sea que estés pensando ahora mismo —dijo, con una convicción arrolladora—. Ese es el motivo. Por el que sigues adelante. Por el que, muy en el fondo, no quieres que el mundo se acabe.

No pude hacer otra cosa que mirarlo. Incluso por ese entonces pude ver la tormenta tras sus ojos.

—¿Cómo te llamas?

—Connor Hannaway.

—Bien, Connor Hannaway —dijo a la vez que se encendía otro cigarrillo—. De ahora en adelante, cada vez que sientas que no puedes, piensa en lo que sea que acabas de pensar. Ese es tu motor para seguir adelante.

Tú: asegurándome que no hacía falta que fuera a una de tus competiciones de atletismo pero sonriendo al verme entre las gradas, señalando los escaparates navideños de las tiendas (te daba igual que cada año fueran los mismos, los recibías con la misma ilusión), confesándome que odiabas a tu padre y no te sentías mal por ello.

Solo tú tú tú.

Y más tú tú tú.

Porque siempre serías tú tú tú.

—¿Cuál es tu motivo?

El chico no contestó. Solo esbozó esa media sonrisa enigmática.

—Al menos dime cómo te llamas —insistí.

—Roman Cagliari.

—De acuerdo, Roman Cagliari —dije y le tendí una mano—. Espero que la próxima vez que nos veamos no sea para hablar del fin del mundo.

Él me la estrechó.

—No creo que volvamos a vernos.

—Yo creo que sí.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Tengo una intuición.

Cuando Roman me soltó la mano, lo hizo sonriendo. Esta vez de verdad.

Y así, sin decir nada más, retomó la marcha.

Esta vez no lo seguí.

La próxima vez que viera a Roman sería el verano antes de empezar en la Facultad de Derecho de Cornell.

Él me reconocería de lejos y me saludaría dándole créditos a mi intuición.

Yo le contestaría comentando algo sobre el fin del mundo.

Por algún motivo que ya no recuerdo, acabaríamos peleando y, después, tomando unas cervezas.

De la misma forma en que los dos nos convertimos en tres, los tres nos convertiríamos en cuatro.

Estoy convencido de que, desde que nos vimos aquel primer día de enero de 2013, tanto Roman como yo hemos vuelto a desear que el mundo se acabe. Pero también estoy convencido de que, cada vez que hemos buscado motivos para seguir adelante, nos hemos encontrado el uno al otro.