Todos nuestros silencios COLAPS0
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Cerrar heridas (negociaciones con la fiscalía)

—¿Apostamos?

Dije lo primero que se me pasó por la cabeza.

Quería romper la tensión que, poco a poco, había ido formándose a nuestro alrededor.

Estábamos los tres sentados en una de las mesas del Starbucks que había en el vestíbulo del edificio que alojaba las oficinas de Greenberg cuando fui retrayéndome tras una máscara de sarcasmo e indiferencia porque, si no lo hacía, corría el riesgo de pasarme todo el día entre la histeria y el pánico.

—¿A qué? —Blythe le dio un sorbo a su café con leche y caramelo.

—Las condiciones del acuerdo con el fiscal.

—Con…

—Vale.

Tú te llevaste las manos a los rizos oscuros que te habían vuelto a crecer y empezaste a decir que no no no, aquello no tenía ninguna gracia.

—Yo digo que… —empecé, haciendo oídos sordos a tus quejas—. Suspensión del permiso de conducir, servicios comunitarios hasta que me salgan callos en las manos y una condena de dos años. Si tengo suerte, solo cumpliré una parte.

Esbocé mi mejor sonrisa falsa.

—¡Ah! —añadí alzando el dedo índice—. Y terapia obligatoria para no volverme loco. Pero, bueno, eso ya lo estoy haciendo con Beatriz. Si fuera por mí, la canonizaría. ¿Blybie?

—Te compro la suspensión del carné y los servicios comunitarios.

—Le dio otro sorbo a su bebida—. Lo de la terapia no creo que pase, es demasiado humano para la fiscalía.

En cuanto a la cárcel, te he dicho mil veces que no vas a ir, Connor.

Eso sí, creo que tus padres tendrán que pagar una multa considerable.

Quiero decir, les va a doler incluso a ellos.

—Interesante… —rumié mientras removía el poco café que me quedaba en el vaso de cartón—. ¿Charles?

—Prefiero no jugar.

—Oh, vamos. —Fui a darte un codazo, pero tú me esquivaste a tiempo.

—No quiero —te negaste. Nadie te ganaba a cabezonería.

—¿Por qué?

—No quiero avanzarme a lo que pueda pasar.

—¿Qué más da?

Entonces, clavaste tus ojos en los míos y, con la misma seriedad con la que le hablabas a tu madre cuando bebía de más, me dijiste:

—Este no eres tú.

—¿A qué te refieres?

—A que esto —me señalaste a mí, entero, desde mi pelo despeinado hasta mis mocasines color camel— no eres tú. Tú no te comportas así.

Me molestó.

Claro que me molestó.

Porque yo llevaba años abrazando todas tus versiones, incluidas las más oscuras y distantes, pero a la mínima que me sentías distinto tú me rechazabas. Como si fuera una mosca y desprenderte de mí fuera tan sencillo como sacudir la mano y plas plas apartarla de un solo movimiento.

No era justo.

—Perdona si no cumplo tus expectativas de cómo debería actuar. Teniendo en cuenta que quien está a punto de descubrir si va a la cárcel soy yo, creo que tengo derecho a comportarme como me dé la gana.

—Eso no era lo que…

—Ah, ¿no? ¿Y qué querías decir?

Pero ya no me prestabas atención. Tu mirada se había deslizado de mi rostro y ahora estaba fija en algún punto detrás de mí. Por la forma en la que tus facciones se tensaron, no te gustaba nada lo que acababas de ver. Me giré, dispuesto a conocer el motivo de tu inquietud.

Joder.

Era Marcos.

Acababa de salir de uno de los ascensores junto a sus padres. En cuanto nos vio, les dijo algo a los De la Vega, que asintieron, y empezó a caminar hacia nosotros.

—¿Qué hace? ¿Por qué viene hacia aquí? —soltaste, tu desagrado evidente.

—No lo sé —contestó Blythe. Sabía quiénes eran los De la Vega. Sincerarme con ella tras el incidente con el italiano había implicado contarle nuestra historia de principio a fin, y ello incluía el chantaje de Marcos.

Cuando este alcanzó nuestra mesa, la rodeó y se colocó frente a mí.

—Hola. —Y antes de que ninguno pudiéramos contestar—: ¿Podemos hablar?

Me lo estaba preguntando a mí.

No veía ni sabía nada de Marcos desde que había salido casi corriendo de su habitación de hotel. Había ignorado los pocos mensajes que me había enviado a lo largo de los meses, primero para reprocharme que me hubiera marchado, después para saber si estaba bien y quería tomarme algo con él.

Por supuesto que no.

No quería saber nada de Marcos, y menos después de haber pagado mi pequeña aventura con él con tu distancia.

—Lo que tengas que decirle, dilo delante de nosotros —sentenció Blythe, siempre la primera en disparar.

—Preferiría que hablásemos a solas.

Consciente de que no iba a parar hasta conseguir lo que quería, me levanté de la silla y, evitando encontrarme con tu mirada, lo seguí a la calle.

Fuera, Nueva York palpitaba con su habitual intensidad.

Marcos se apoyó contra la pared del edificio y se encendió un cigarrillo.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

Me aseguré de poner unos metros de distancia entre ambos. No quería dar ninguna muestra de cercanía ni que tú, que seguro nos observabas desde dentro, te llevaras una idea errónea de lo que estaba sucediendo.

—¿Tú qué crees? Tus padres quieren asegurarse de que los míos cumplen con su parte del trato pese a la presión del fiscal.

—¿Y van a hacerlo?

—¿Cómo rechazar el dinero y las manipulaciones de los Hannaway?

—Bueno, mis padres no son los únicos dados a la manipulación.

Si mi comentario fuera un dardo, lo habría clavado justo en el centro de la diana.

La boca de Marcos se tensó en una fina línea, provocando que el filtro del cigarrillo se aplastara entre sus labios.

— Touché —murmuró.

—¿Disculpa? —Su admisión, tan transparente y simple, me tomó por sorpresa.

—Tienes razón. Te manipulé. No tenía ninguna intención de ir a la policía y declarar en tu contra. Solo lo dije para follar contigo. Lo siento.

Metió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza. Su arrepentimiento parecía genuino.

—Eso era lo que quería decirte —continuó—. Que lo siento. De verdad.

—Vale. Está olvidado.

Era cierto. Después de todo lo que me había pasado, mi última preocupación era Marcos. Pese a ello, agradecí su disculpa. Sabía que, cuando le contara aquello a Beatriz, me diría algo sobre la importancia de cerrar heridas. Incluso las más pequeñas, aquellas que piensas que no, duelen .

—Si te sirve de algo —siguió Marcos—, creo que todos tuvimos parte de culpa en el accidente. Quizá tú eras el que conducía, pero Vanessa, Ronald y yo decidimos subirnos al coche. Íbamos igual o más borrachos que tú. Podría haber sido cualquiera de nosotros. En eso, Aster tenía razón.

—Marcos, eso no es… —empecé, pero él me silenció con un gesto de la mano.

—Siempre te he envidiado, ¿sabes? Quiero decir, lo que te está pasando es una mierda y no se lo deseo a nadie.

Me refiero a la forma en la que siempre has sido…

tú . Ya en el colegio, recuerdo mirarte y pensar ojalá yo tuviera la confianza y seguridad que él tiene, ojalá yo también fuera tan libre .

—Muchas veces confundimos confianza con estupidez —dije pensando en nuestra fijación por seguir uno junto al otro pese al daño que, cada uno a su manera, nos infligíamos.

—Sí, pero no es tu caso. No sé qué habrá pasado entre Aster y tú ni cómo estarán las cosas ahora. Sea lo que fuere que tengáis, espero que te haga feliz.

Marcos descartó el cigarrillo, que cayó al suelo de la avenida. Acto seguido, me tendió la mano. Una oferta de paz.

Se la estreché.

—Cuídate, Connor.

—Lo mismo digo.

—Y si por lo que sea lo de Aster no sale bien… Ya sabes dónde encontrarme —me guiñó el ojo.

Solté una carcajada.

—Más te gustaría.

—Eh, solo es una idea. —Nos separamos. Él empezó a alejarse por la avenida, yo me encaminé de vuelta a la entrada del edificio. Justo cuando estaba a punto de atravesar la enorme puerta, lo escuché gritar—: ¡Te encantó y lo sabes!

Idiota , pensé, pero no pude evitar que una pequeña sonrisa se formara en mi rostro.

Cuando me reencontré con vosotros, lo hice con una energía renovada.

—¿Qué quería? —Tu tono seguía sin ser amable.

—Cerrar heridas. —Le di un par de vueltas a mi café.

—¿Nada más?

—No. Se ha disculpado y me ha asegurado que su familia no hará nada por perjudicarme en el procedimiento. George y Sarah están haciendo su trabajo sucio.

—Bueno, bien por él. —Blythe zanjó el tema con su habitual pragmatismo—. Hablando de Sarah… tu madre ha bajado.

—¿Y?

—Han llegado a un trato con el fiscal.

—¿Y? —repetí, clavando los dedos en el vaso desechable.

—Pues que me debes algo bien gordo, Hannaway. —Al ver que no reaccionaba, añadió—: Acabo de ganar nuestra apuesta.

No iba a ir a la cárcel.

Me lo dije una vez, dos, tres, porque por mucho que me lo hubieran asegurado, todavía no me lo creía ni sabía cómo sentirme al respecto.

—¿Vas a llorar? —Blythe retiró un poco su silla, como si la mera idea de verme derramar una lágrima le produjera urticaria.

—Puede.

—Estupendo.

—Beatriz dice que está bien. Llorar.

—Claro que está bien, solo que no lo hagas delante de mí.

—Blythe —le advertiste tú.

—¿Qué? Es verdad. Odio las emociones.

Vuestra discusión pasó a un segundo plano.

En el primero, una idea, más bien una pregunta, que no podía parar de repetirme: si George y Sarah eran capaces de moldear la justicia hasta aquel punto, ¿qué no serían capaces de conseguir?