Todos nuestros silencios PULSO
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Llegará el momento

Me estaba intentando concentrar en los labios que, sedientos de placer, me besaban, las manos que exploraban mi cuerpo, cada vez más abajo más abajo, la música que me envolvía y los cientos de luces que alguien había colgado por todas partes porque aquello era una fiesta y quien fuera que la había organizado se había esmerado en decorarlo todo.

Menuda estupidez , pensé mientras Georgio o Giovanni o yo qué sé me metía la lengua hasta el fondo, tirar el dinero en adornar una casa que va a acabar hecha mierda .

El italiano me agarró con fuerza por la cinturilla del pantalón y tiró de mí.

— Levati questo subito —jadeó contra mi boca.

No hacía falta ser un experto en el idioma para entender lo que quería, y más si lo decía con ese tono imperativo.

— Va bene, va bene —respondí haciendo uso de mi limitado vocabulario aprendido a base de películas de Sorrentino y Fellini.

Me desabroché y saqué los pantalones con una agilidad de la que carecía para cualquier otra actividad que no fuera esa. Después, descarté la camiseta. Los ojos del italiano se habían quedado clavados en mi erección, evidente bajo la tela de los calzoncillos.

Las comisuras de mis labios compusieron una sonrisa socarrona.

Después de tantos años sufriendo tu rechazo, situaciones como aquella conseguían nutrir mi frágil autoestima y convencerme, al menos durante unos minutos, de que no había nada malo conmigo.

Es difícil describir el subidón que sentí al ver cómo aquel chico, ávido de mí, se humedecía la boca.

Retrocedí hasta que mis muslos encontraron la cama. Me senté sobre el mullido colchón, abrí las piernas y metí una mano bajo mis calzoncillos. El italiano captó la invitación al vuelo. Se arrodilló frente a mí y, lentamente, acercó su cabeza a mi entrepierna.

Y entonces abriste la puerta de la habitación.

Te quedaste de pie, en el umbral, con un vaso de plástico en la mano y la desilusión brillando tras tus gafas redondas. Parecías un niño perdido.

— Chiudi la cazzo di porta —gritó el italiano. Y acto seguido, en un inglés atropellado—: La puta puerta. Cierra.

Pero tú lo ignoraste. Porque solo tenías ojos para mí. Recorriste mi cuerpo medio desnudo con la mirada a la vez que tus mejillas se teñían de rojo.

Antes de que ninguno de los dos pudiera hacer o decir nada, el italiano volvió a gritar.

— Sei stupido?

Te insultó. Era evidente.

Por encima de mi cadáver.

Lo agarré del cabello y lo aparté de mí con toda la fuerza de la que fui capaz.

El italiano, que no entendía por qué lo atacaba a él y no a ti, soltó una retahíla de protestas y amenazas.

—Cállate la puta boca —le espeté mientras, con manos temblorosas, buscaba mi ropa sobre la cama y en el suelo.

Por el rabillo del ojo, vi cómo te dabas la vuelta.

—¡Char! —grité, tratando de evitar que te marcharas—. ¡Espera!

Pero no esperaste.

Te fuiste de la habitación con el mismo sigilo con el que habías llegado.

Con la camiseta del revés y los pantalones desabrochados, salí tras de ti a trompicones.

Atravesé el pasillo esquivando a los jóvenes que, como yo hacía escasos minutos, habían subido a la segunda planta en busca de más intimidad.

Cuando llegué a lo alto de la escalera, tú ya estabas cruzando el salón, en dirección a la puerta principal.

—¡Charles! —volví a llamarte en vano. O no me oíste, o me ignoraste a conciencia.

Bajé los peldaños de dos en dos… Y me topé con Blythe.

En cuanto me vio, sudado, despeinado, con la bragueta abierta y lo que probablemente era una expresión de terror estampada en el rostro, enarcó ambas cejas como queriendo decir qué coño ha pasado .

Yo negué con la cabeza porque no, ahora no podía, no tenía tiempo, y continué mi carrera.

Salí a la calle con la esperanza de que estuvieras allí, esperándome, pero solo me recibieron el frío y la noche, además de un grupo de chicos vestidos con camisetas del equipo de fútbol americano de la universidad que, borrachos, se pasaban un balón entre risas y toreaban a los pocos coches que circulaban a aquellas horas de la madrugada.

Me quedé allí, de pie, solo. Seguir persiguiéndote era inútil. Si no estabas era porque no querías que te encontrara.

Fue entonces cuando la desesperación dio paso a la rabia porque no tenías ningún derecho a comportarte de aquella forma, de mirarme de aquella forma, a hacerme sentir de aquella forma.

—Connor.

La voz de Blythe me sobresaltó. Me giré y allí estaba, siempre perfecta e imperturbable. No como yo, que estaba descompuesto y hecho una maraña de emociones.

Con un suspiro de derrota, me abroché los pantalones y coloqué bien la camiseta.

—¿Quieres hablar de ello?

Habituado a no compartir con nadie aquella parte de mí, empecé a decir que no. Sin embargo, algo (la rabia, el desamparo, el pánico) me hizo cambiar de opinión. Creo que también influyó que, por primera vez en mi vida, había encontrado a alguien aparte de ti en quien realmente podía confiar.

—Siempre hace lo mismo —susurré.

Si a Blythe le sorprendió lo que dije, no lo mostró.

—Me rechaza una y otra vez, pero cuando me ve con otra persona o algo por el estilo actúa como si estuviera cometiendo un crimen.

Al darme cuenta de mis propias palabras, solté una carcajada irónica.

Me palpé los bolsillos de los pantalones en busca de la cajetilla de tabaco que había comprado para la fiesta. No estaba. La debía de haber perdido en algún momento de la noche. Solté una maldición.

Sin previo aviso, Blythe se alejó de los peldaños que conducían a la entrada de la casa.

Por un momento pensé que se estaba marchando ella también, que no quería escucharme, pero luego la vi aproximarse al grupo de chicos y exigir con un tono que no daba pie a negativas que le dieran un cigarrillo y un mechero. Volvió con ambos un minuto después.

—Charles y tú… —empezó mientras me los tendía—. ¿Qué ha pasado?

Me encendí el cigarrillo y le ofrecí una calada, pero ella se negó.

—Nada —dije, y mi risa se mezcló con el humo del tabaco. Qué forma tan triste pero real de resumir lo nuestro—. No ha pasado nada.

Blythe asintió en silencio. Tras sus ojos, perfilados con una gruesa línea negra, pude percibir su inteligencia afilada reconstruyendo mi nada en una versión bastante certera de lo que debía de haber sido nuestra historia.

—Le quieres. —No era una pregunta.

—Sí —afirmé sin embargo.

—Él a ti también. —No era una suposición.

—No —negué en este caso—. No como me gustaría.

—Creo que te equivocas. Solo que… —Movió una mano en el aire, como si la palabra exacta estuviera revoloteando por allí y quisiera capturarla—. No está preparado.

—Eso no le da derecho a comportarse de esta forma. A hacerme sentir como una mierda cada vez que estoy con alguien que no es él.

—Tienes razón.

—¿Qué es lo que quiere? —exclamé. Ya no tenía ninguna intención de esconder lo mucho que me afectabas—. ¿Qué es lo que quiere de mí?

Blythe se acercó y, con una mano, me secó las lágrimas que, sin darme cuenta, habían empezado a correr por mis mejillas.

—Supongo que… —Ahora la que suspiró fue ella—. Creo que ni él mismo lo sabe, Connor.

Nunca la había visto así. Tan humana.

—Creo que tiene miedo —dijo tras unos segundos.

—¿Miedo de qué? —Aunque ya lo sabía.

—De perderte. Creo que para él vuestra amistad es tan importante que está aterrorizado de acabar perdiéndote si lo vuestro no sale bien.

—Eso no tiene ningún sentido. No me perderá.

—Piénsalo bien, Connor. Su padre lo ha abandonado y su madre se ha convertido en un cuerpo que solo le da problemas. Si también te perdiera a ti… ¿Qué sería de él?

—Pero no me perderá…

Lo repetí, aunque, por primera vez desde que habíamos empezado con aquel vaivén insoportable, me puse en tu lugar.

De verdad. Me esforcé por trasladarme de mi cuerpo al tuyo e imaginar lo que debías de estar sintiendo.

Si lo que decía Blythe era cierto… Me invadió una pena tan profunda que, cada vez que intentaba salir de ella, volvía a hundirme.

—¿Entonces, qué? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

—Entonces necesita tiempo.

Le di una última calada al cigarrillo. Cuando entre mis dedos ya solo quedó la colilla, la tiré al suelo.

—No te haces una idea de lo mucho que llevo esperando, Blythe.

De forma casi inconsciente, habíamos cruzado la calle y caminado hasta Morningside Drive. Cuando llegamos a la linde del parque, nos sentamos sobre el muro bajo que lo franqueaba.

Nos quedamos en silencio contemplando la noche.

—Es bonito. Lo mucho que os queréis. A veces, cuando estoy con vosotros, pienso…

Se miró los pies. Los había entrecruzado sobre el suelo y los balanceaba de forma sutil. Llevaba puestas unas botas de caña alta negras que estilizaban sus ya de por sí finas y tonificadas piernas.

—Pienso: ojalá algún día encuentre a alguien que me quiera así. Que me entienda y me valore como vosotros os entendéis y valoráis.

Y esa era la Blythe que vivía bajo la máscara. Una chica vulnerable que, como muchas otras personas en el mundo, soñaba con vivir un gran amor.

¿Eso era lo que teníamos tú y yo? ¿Lo que tenemos? ¿Un gran amor? La respuesta a todas estas preguntas es, y en realidad siempre ha sido, la misma.

Sí.

Sí, era lo que teníamos.

Sí, es lo que tenemos.

Sí, un gran amor.

Cuando lo sabes, lo sabes.

Y yo, contigo, lo supe desde el principio.

—Lo encontrarás. —Busqué su mirada, pero esta seguía atrapada en el suelo, como si le diera reparo que sus ojos reflejaran sus sentimientos.

—No sé… Soy una zorra despiadada, ¿recuerdas? —esbozando una media sonrisa, me lanzó las palabras que le había dedicado hacía unas semanas en las escaleras del MET.

No pude evitar reírme. En ese momento, la pena y la rabia dejaron de existir.

Solo quedamos dos jóvenes rotos apoyándose el uno en el otro para no resquebrajarse todavía más.

Porque no nos engañemos, si algo nos ha caracterizado a los cinco (tú, Blythe, Roman, Vera y yo), es que siempre lo hemos estado: rotos.

—Bueno, pero eres mi zorra despiadada. La mejor de todas.

Le pasé un brazo por la espalda y la obligué a apoyarse sobre mi hombro. Blythe no opuso resistencia e incluso, tras unos minutos, se relajó.

—¿Blybie? —susurré.

—Hmm.

—Lo encontrarás, ¿vale?

—Vale.

Un silencio.

—¿Connor?

—Dime.

—Llegará el momento. No sé cuándo. Quizá de aquí unos meses o unos años. Pero llegará.

—¿De verdad lo crees?

—Sí.

—Vale.

Otro silencio.

—¿Y Connor?

—Dime.

—Como vuelvas a llamarme Blybie te descuartizo.

—Anotado.

No dejé de llamarla Blybie nunca.

Ella tampoco me descuartizó.