COLAPSO
COLAPSO
Qui amat periculum, in illo peribet (acusación formal)
—El gran jurado ha decidido emitir una acusación formal.
No tendríamos que haber estado allí, pero lo estábamos porque nos habían cancelado la última clase de la tarde y a ti se te había antojado tteokbokki del que preparaban en casa de Blythe.
Así que cuando Grace Jeong cruzó la puerta del piso y entró en el comedor como un huracán, la escuchamos alto y claro.
Gran jurado.
Acusación formal.
Lo que significaba que, pese a haberme declarado no culpable ante el juez, la fiscalía había decidido llevar el caso ante un grupo de ciudadanos para que estos decidieran si, en función de los hechos, existía base para acusarme formalmente y seguir con el procedimiento.
Al vernos, Grace se detuvo en seco. Por un segundo, su expresión se vació de color, como si en lugar de con tres jóvenes se hubiera topado con tres fantasmas. No tardó en recomponerse. Cuadró los hombros y, como un soldado rindiendo cuentas frente a su coronel, añadió:
—Lo tenemos controlado.
Ya tenía el móvil preparado en la mano. Después de un par de tonos, la persona al otro lado contestó.
—Soy yo. Sí, lo tenemos. Han emitido una acusación formal. No, claro que no vamos a ir a juicio. Sí, soy consciente. La cuestión es: ¿eres tú consciente? Porque si no lo eres me veré obligada a buscar a otra persona que haga tu trabajo. Estoy allí en treinta minutos. Llama a George y a Sarah.
Y colgó.
Cualquiera pensaría que Grace habría destinado unos minutos a explicarme en detalle lo que había sucedido. No fue así. Después de servirse un vaso de agua y vaciarlo en un par de tragos, se despidió con un adiós escueto y volvió a salir por la puerta.
—Adiós —devolvió Blythe entre dientes. Pese a que intentara disimularlo bajo una máscara de indiferencia, le dolía que su madre no le dedicara ni una mirada.
—Genial —dije tras llevarme un pastelillo de arroz picante a la boca y masticarlo—. Por si las cosas no podían ir a peor…
—Connor —me advirtió Blythe.
—Dime, Blybie.
—Primero. —Alzó sus palillos de metal y me señaló con ellos—. No me llames Blybie. Segundo —volvió a señalarme—, ya has escuchado a mi madre. No habrá juicio.
—Tampoco tenía que interponerse una denuncia y ya ves lo que ha pasado —dije recordando el día en el que Meredith Livingston se había plantado junto a mi edificio y me había llamado «asesino» a la cara.
—Para. —Este fuiste tú.
—Sí, para —coincidió Blythe—. Aunque hayamos intentado convencernos de lo contrario, era bastante evidente que iba a pasar esto, Connor.
—¿Bastante evidente? —Mi voz se elevó varias octavas.
—Sí. Por mucho que George, Sarah y mi madre hayan intentado jugar sucio, hay pruebas irrefutables que apuntan a que podrías ser responsable de la muerte de la chica. Es normal que el jurado quiera formalizar la acusación.
Frustrado, clavé mis palillos en otro de los pasteles de arroz. Una y otra vez, buscando liberar la rabia que había poseído mi cuerpo porque al parecer era un idiota al que todo el mundo le tomaba el pelo.
Me sentía como un mono de feria encerrado en una jaula al que le iban tirando cacahuetes de vez en cuando. Me habían alimentado con falsas esperanzas y mentiras para que no rechistara ni me saliera de mis casillas más de lo que ya me había salido.
Lo dije en voz alta.
Blythe y tú, a la vez:
—Con. Eso no es verdad.
—No digas gilipolleces.
—¿Entonces cómo explicáis que haya pasado más de un año desde el accidente y sigamos aquí? —Abrí los brazos, intentando abarcar la cocina impoluta de los Jeong, su piso de cuatrocientos metros cuadrados, el Upper East Side y, si hacía falta, todo Manhattan.
—El sistema judicial funciona así. —Blythe se encogió de hombros—. Lo veo con mis padres todos los días. Y mira que ellos, al trabajar en el departamento mercantil, no tienen tanto contacto con jueces y juzgados. Pero aun así… se quejan constantemente.
No lo pude evitar, se me escapó una carcajada irónica.
—No creo que se puedan equiparar las situaciones.
—¿Perdona?
Apoyé los codos sobre la mesa y me incliné hacia delante, de forma que mi torso entró en contacto con la superficie.
—Eso —incidí—. Que la espera que viven tus padres desde sus despachos de cristal no es la misma que vivo yo. Para ellos la espera es una molestia más con la que lidiar; para mí, una bomba de relojería que nadie sabe si va a acabar explotando.
Ella puso los ojos en blanco y murmuró que era un dramático.
Me dieron ganas de tirarle un ttekeboki (o como se llamase) a la cara, pero me controlé porque sabía que en el fondo no lo decía en serio.
Blythe era así: fría y aséptica por naturaleza.
Prefería cortar de raíz los sentimientos antes de que pudieran florecer y, como estaba acostumbrada a subsistir sin ellos, muchas veces reaccionaba sin tener en cuenta los del resto.
Menuda combinación, ¿no? Yo, la personificación de la sensibilidad y ella mi antónimo.
De no ser por ti, hubiéramos implosionado.
Pero, por alguna razón, tu presencia nos hacía funcionar.
A veces me irrita, el hecho de que estés en el centro de todo, de que por mucho tiempo que pase y que cambien las circunstancias, mi esencia siga vinculándose a la tuya de una forma tan pura y dolorosa.
Porque es jodido que en una relación (sí, he vuelto a referirme a lo nuestro como relación, lo siento si no te gusta) uno lo tenga claro y el otro dude.
Es jodido vivir con la certeza de lo que tú sientes, pero también con la incertidumbre de lo que siente el otro porque hoy sí, y quizá mañana también, pero el viernes que viene quién sabe.
Es jodido pasar los días preguntándote si él estará pensando en ti igual que tú en él y lidiar constantemente con el miedo a que desaparezca porque no puede garantizarte ni su presencia durante dos horas seguidas.
Y si ya era jodido cuando estabas aquí, imagínate ahora que no lo estás.
La cuestión: que en lugar de responder a Blythe, pasé de su comentario.
—Y ahora qué —exigí, forzándome a focalizarme en la mierda en la que, más de un año después, seguía metido.
—Ya lo sabes —suspiró Blythe. Me lo había explicado enésimas veces, pero aun así volvió a hacerlo porque yo lo necesitaba—.
Ahora el procedimiento sigue su cauce. La fiscalía tendrá que entregarnos las pruebas en las que basa la acusación.
Esto nos permitirá evaluar la solidez de su caso y afilar nuestra estrategia.
Y una vez que nos hagamos una idea de a qué nos enfrentamos…
empezarán las negociaciones para evitar que esto llegue a juicio.
Justo lo que había dicho Grace Jeong: No, claro que no vamos a ir a juicio .
—Vamos, que van a jugar sucio otra vez —concluí, hundiéndome en la silla.
—Muy probablemente —admitió.
—¿No han tenido suficiente con todo lo que ya han hecho? —dije pensando en cómo habían silenciado a los Whitmore y a los De la Vega y en la cantidad de cosas que, seguro, habían hecho pero no me habían contado.
—¿Tú qué crees? —Blythe enarcó una ceja.
—Joder —solté. Y después—: ¿Por qué?
—Porque pueden.
—Ya pero…
— Qui amat periculum, in illo peribet —soltaste de repente.
Ahora Blythe y yo, a la vez:
—¿Qué coño significa eso?
— Scusa ?
Tú, con un suspiro exasperado:
—Dejadlo.