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Son tus anclas (fragmentos II)

Si ya de por sí la espera mata, imagínate para una persona que no tiene paciencia. Me habían advertido que el proceso judicial sería lento; que entre hito e hito podían pasar semanas, incluso a veces meses.

Me mentalicé todo lo que pude, intentando seguir con naturalidad mi día a día, ciñéndome a los consejos y ejercicios de Beatriz, fingiendo que era un estudiante más en lugar de un presunto criminal.

Me forcé a que la espera me sorprendiera viviendo , no sufriendo .

Quiero pensar que, dadas las circunstancias, lo llevaba bien.

Bien : pesadillas casi cada noche, ataques de pánico puntuales y bucles existencialistas en los que, muchas veces, y pese a que intentara aferrarme a mis tres anclas (tú, Blythe, mi sinceridad), lo único que quería era ahogarme en alcohol.

No lo hice, lo del alcohol.

Tengo muy claro que si conseguí mantener mi promesa de no volver a beber fue porque no quería ser la segunda persona de tu vida que te decepcionara en ese aspecto. No iba a repetir los errores de tu madre ni cargarte de más responsabilidad.

Llevarlo bien no significaba que no hubiera momentos duros.

Fragmento 1:

[Yo, tumbado en mi cama mirando al techo. Llevo una hora así, incapaz de moverme, mi cabeza reproduciendo las mismas imágenes de siempre. La fiesta, la gente, el coche, la sangre, bla bla bla, ya lo conoces de sobra.

Mi móvil suena. En cuanto lo descuelgo, escucho una voz al otro lado.

—Qué haces.

—Hola a ti también.

—Hola. —Pausa breve—. Qué haces.

—Nada, ¿tú?

—Estudiar.

—Es sábado.

—¿Y?

—Ya, olvidaba que los vampiros sois así.

—Lo que acabas de decir no tiene ningún sentido, lo sabes, ¿no?

—Nada tiene sentido.

—Ya veo, estás en una de tus espirales de autodestrucción.

— …

—Cámbiate.

—¿Qué?

—Que levantes el culo de la cama, te quites el pijama roñoso que llevas desde ayer por la noche y te cambies. —Otra pausa—. Y si puede ser dúchate también. Te huelo desde aquí.

—No quiero…

—En veinte minutos estamos en tu casa.

—¡Pero que yo no quiero…!

—Adiós, Connor.

—Maldita bruja —la maldigo, pero ella no lo escucha porque Blythe ya ha colgado.

Pese a mi malhumor y desdicha, hago lo que me dice. La idea de estar con vosotros consigue desenmarañar mis espirales mentales y reducirlas a un runrún constante pero llevadero. Aunque no os deis cuenta, volvéis a salvarme.]

Fragmento 2:

[Estamos en las escaleras del MET. Os habéis empeñado en reproducir una de esas escenas de Gossip Girl en las que unas chicas se sientan a comer algo mientras le dan rienda suelta a la lengua.

Estáis enganchados a la serie. Otra rutina que hemos establecido: sábado por la noche de maratón.

¿Mi opinión sobre la serie? Inexistente.

Me duermo siempre. Así que mientras vosotros comentáis con emoción los últimos episodios y discutís sobre vuestros personajes preferidos (el de Blythe, Blair Waldorf; el tuyo, Chuck Bass), yo me dejo llevar por mis demonios.

Hasta que me preguntáis cualquier cosa y, al ver que no contesto, os dais cuenta de que algo no va bien.

—Oye.

—Hmm.

—¡Connor!

—Dime.

—Te hemos hecho una pregunta.

—¿El qué?

—Olvídalo. —Blythe pone los ojos en blanco—. ¿Qué estás pensando?

—Nada.

—No seas idiota. Estás pensando en algo. ¿El qué?

—Blythe… —Tú alargas una mano y la posas sobre su pierna, como si así pudieras controlar su lengua afilada.

Pero Blythe sigue. Es como un perro de caza. No para hasta hacerse con su presa.

—Suéltalo. Qué estás pensando. Muy bien. —Al ver que no contesto, su tono se vuelve terroríficamente alegre—. No quieres decírnoslo. Cambiemos de tema. ¿Cuál es la historia entre Charles y tú?

Tú te atragantas con el yogur.

A mí me abandona el color de la cara.

—Eso no es… No ha pasado… —tartamudeo.

—¡Oh, venga ya! —Blythe deja su yogur en las escaleras y pone los brazos en jarras—. Nos conocemos desde hace meses. ¿Os creéis que soy idiota?

No. La verdad es que Blythe puede ser muchas cosas, pero idiota no es una de ellas.

—Entre vosotros dos —nos señala— ha pasado algo. ¿El qué? ¿Un lío rápido? ¿Un rollo de verano en los Hamptons? ¿Algo más serio? ¿Una temporada de follamigos?

—¡PARA, POR FAVOR! —me abalanzo sobre ella y le cubro la boca con ambas manos.

Deslizo rápidamente la mirada hacia ti. Estás rojo como un tomate y remueves el yogur con un ensañamiento incómodo.

Lo nuestro… No se toca.

Ya no.

El accidente marcó un antes y un después en nuestras vidas, pero también en nuestra relación.

Es como si, de alguna forma, hubiéramos construido una pared enorme para ocultar lo que sucedió: mi declaración en la librería, la forma en la que nos besamos y devoramos en mi habitación, la discusión en la gasolinera de camino a la fiesta…

Todo quedó sepultado bajo la sangre, el hospital, el despacho de abogados y lo que vino después.

Parecen dos vidas separadas y a veces incluso me pregunto si habremos sido los protagonistas de ambas.

Bajo mi piel, siento a Blythe sonreír. En sus ojos hay un brillo de triunfo que conozco demasiado bien.

—Eres una zorra despiadada.

Espera a que despegue mis manos de su rostro para decir:

—¿Pero a que ahora ya no estás pensando en la mierda de antes?

Lo peor es que tiene razón.]

Fragmento 3:

[Nos hemos sentado frente al East River, en el mismo banco de siempre.

Estoy más callado de lo habitual y tú lo notas.

Intentas sacarme de mi ensimismamiento hablándome de cosas banales como el último restaurante que has descubierto por los alrededores del campus o los estrenos que podríamos ir a ver al cine.

—Con. —Cuando es evidente que no estoy siguiendo la conversación, me llamas por mi nombre.

—Dime.

—¿Qué necesitas?

—No lo sé. —Cómo explicarte que a veces ni yo sé lo que necesito, que me siento como un niño perdido en el bosque que busca esa luz o migajas de pan que lo guíen de vuelta a casa.

—Sabes que puedes contar conmigo siempre, ¿no?

Y allí está.

Mi luz.

Mis migajas de pan.

Mi ancla.

—Sí.

Los minutos pasan, tic tac tic tac, y tú sigues…

Aquí, sentado en el banco.

Aquí, a mi lado.

Aquí, siempre.

—Con.

—Dime.

—Todo irá bien.

—Eso espero.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Los barcos, incluso con el ancla echada, pueden perderse en alta mar.]

Pues eso, que lo llevaba bien .