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No entiendo cómo he podido joderlo todo de esta forma (libertad provisional)

Llegué a la consulta diez minutos antes de la hora acordada.

Me senté en una de las butacas verde botella de la esquina y saqué el pequeño cuaderno de sudokus de mi maletín de piel.

Nunca había sido una persona dada a los pasatiempos, pero, para mi sorpresa, romperme la cabeza intentando resolver aquellos acertijos me ayudaba a no pensar en toda la mierda que me rodeaba.

—Connor, cariño. —La amable voz de Amanda, la recepcionista, me interrumpió justo cuando estaba a punto de completar el tablero—. Beatriz te está esperando.

—Gracias —contesté, y tras guardar de nuevo el cuaderno, me levanté y entré en la habitación que se había convertido en mi casilla de seguro.

Beatriz, mi psicóloga: una mujer de origen español con la paciencia de una santa y un máster en descifrarme.

Yo, su paciente: un chico que intentaba sostener su vida pese a que seguía desmoronándose con la facilidad de un castillo de naipes.

Lo que viene a continuación es una transcripción de lo que recuerdo de aquella sesión. La tuve justo después del primer día en el juzgado, cuando me leyeron los cargos que se me imputaban y me declaré no culpable.

PSICÓLOGA: Hola, Connor, ¿cómo has estado esta semana?

YO: Bueno.

PSICÓLOGA: Por lo que me contaste en la última sesión, me imagino que deben de estar siendo unos días complicados.

YO: …

PSICÓLOGA: Sé que ahora mismo lo ves todo negro, pero créeme que, una vez que desgranemos lo que estás sintiendo, se hará un poco la luz. Siempre acaba pasando, ¿no?

YO: Sí, supongo que tienes razón.

PSICÓLOGA: (Se queda callada, una señal de que está esperando a que sea yo quien dé el siguiente paso).

YO: Hace un par de días tuve que ir al juzgado.

PSICÓLOGA: Para la lectura formal de cargos, ¿no?

YO: Sí.

PSICÓLOGA: ¿Qué sucedió?

YO: (Siento cómo los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas).

PSICÓLOGA: Connor, cualquier emoción que estés sintiendo ahora mismo es válida.

YO: Estoy harto de llorar. Me da la sensación de que es lo único que hago.

PSICÓLOGA: Cada uno expresa lo que siente de la forma en la que puede. Además, ¿no crees que, teniendo en cuenta todo el estrés y el trauma al que has estado y sigues estando sometido, es normal que llores? Vamos, creo que es lo mínimo. ¿Por qué no puedes ser un poco más compasivo contigo mismo?

YO: ¿Cómo voy a ser compasivo? He matado a una persona.

PSICÓLOGA: Lo que sucedió fue un accidente.

YO: Causado por mí. Si no hubiera bebido…

PSICÓLOGA: Te voy a parar aquí. No puedes seguir así, construyendo tu presente con condicionales.

¿No te has planteado que, quizá, si no hubieras bebido, podrías haber tenido el accidente igualmente?

Pero es que ¿y si hubieras bebido pero no se te hubiera cruzado el ciervo?

¿Y si en vez de negarse a ello, Vanessa se hubiera puesto el cinturón de seguridad?

¿Y si Charles se hubiera comportado de otra forma contigo y no hubierais discutido? Y si, y si, y si. ¿Te das cuenta?

YO: …

PSICÓLOGA: No tiene sentido torturarnos con lo que hubiera sucedido si porque vivir en condicional es solo una forma que nuestra mente tiene de autosabotearnos.

YO: Ya.

PSICÓLOGA: ¿Pero?

YO: Pero… No puedo evitarlo. Es como que entro en estos bucles mentales de negatividad de los que no puedo salir.

PSICÓLOGA: (Sonríe). Sí que puedes. La prueba es que ahora mismo estás aquí, sentado frente a mí. Sigues aquí , Connor.

YO: (Agacho la cabeza, me miro las manos).

PSICÓLOGA: Cada vez que lo veas todo oscuro, intenta identificar el motivo de tu angustia. Una vez que lo tengas, pregúntate a ti mismo: ¿qué puedo hacer para mejorar o aliviar este escenario que tanto me paraliza? Y hazlo. Tomar acción siempre ayuda.

YO: Vale.

PSICÓLOGA: ¿Hablamos sobre lo que sucedió en el juzgado?

YO: Si quieres…

PSICÓLOGA: Te estoy preguntando si tú quieres hablar sobre ello, Connor.

YO: (Me lo pienso. ¿Quiero o no quiero? Supongo que sí, porque las palabras empiezan a brotar de mi boca sin darles permiso para ello).

Fue horrible. Estar allí, ser el centro de atención, aunque no por los buenos motivos, que todos se refieran a ti como el acusado , que te lean los cargos y se discuta delante de tus narices si mereces ser puesto en libertad provisional.

El fiscal insistiendo en que no porque existe riesgo real de fuga, y yo por dentro pensando: pero ¿fugarme a dónde?

Si solo soy capaz de ir de casa a la universidad y de la universidad a casa.

Y después, al salir, mis padres y el equipo de abogados diciéndome que es una victoria.

No paraban de repetírmelo. Es una victoria, es una victoria, es una victoria.

¿Cómo puede serlo si yo me siento como el perdedor más desgraciado de la historia?

PSICÓLOGA: Porque las personas podemos tener diferentes perspectivas de una misma situación.

YO: Pues menuda mierda.

PSICÓLOGA: Estás enfadado. ¿Por qué?

YO: No entiendo cómo he podido joderlo todo de esta forma.

PSICÓLOGA: (Me anima a elaborar con un gesto de la mano).

YO: Es solo que… Mi vida iba bien. Vale, nunca he sido el más aplicado en los estudios y mi familia es la definición de disfuncional, pero al menos tenía eso, una buena vida. Tranquila. Hasta que lo jodí todo. Si hubiera sabido controlar mejor mis emociones… No estaría en esta situación.

PSICÓLOGA: ¿Controlar tus emociones? O sea que crees que hubiera sido mejor no expresarle a Charles tus sentimientos ni haberte acostado con él porque, según lo que me has contado, crees que eso fue el detonante del accidente y la situación en la que estás ahora.

YO: No llegamos a acostarnos.

PSICÓLOGA: (Siempre paciente). Perdona. Pero la pregunta sigue siendo la misma. ¿De verdad hubieras preferido no confesarle a Charles que le quieres?

YO: No.

PSICÓLOGA: Entonces, ¿por qué te culpas por ello?

YO: …

PSICÓLOGA: Quiero que hagamos un ejercicio, ¿vale?

YO: Vale.

PSICÓLOGA: En lugar de focalizarnos en lo negativo, intentemos extraer tres cosas positivas de todo lo que ha pasado en el último año.

YO: No sé si puedo.

PSICÓLOGA: (Otra vez, se queda callada).

YO: Supongo que… Al menos he sido sincero con mis sentimientos.

PSICÓLOGA: Estoy de acuerdo. Créeme que mentirse a uno mismo es uno de los mayores errores que podemos cometer como personas. Y tú, si eres algo, es sincero con lo que sientes. Es una cualidad digna de admirar.

YO: Vale.

PSICÓLOGA: ¿Qué más?

YO: Si todo esto no hubiera pasado, jamás habría conocido a Blythe.

PSICÓLOGA: (Se ríe). Tienes toda la razón del mundo. Y eso que al principio no la soportabas.

YO: (Consigo componer una media sonrisa).

PSICÓLOGA: ¿Y la tercera?

YO: Pese a todo… Charles sigue aquí. No se ha ido a ninguna parte. Podría haber tomado distancia o decidido no involucrarse con todo el tema del accidente. Incluso con lo de Marcos, siguió aquí.

PSICÓLOGA: (Ahora es ella quién sonríe y me tiende la caja de clínex que siempre tiene sobre la mesa).

YO: (Agarro uno y me seco las lágrimas porque sí, estoy llorando otra vez, y no pasa nada).

PSICÓLOGA: De ahora en adelante, cuando lo veas todo negro y sientas que el pánico te invade, quiero que pienses en estas tres cosas. Son tus anclas. ¿Crees que podrás hacerlo?

YO: Sí, puedo intentarlo.

PSICÓLOGA: Eso es más que suficiente.

YO: Gracias.

PSICÓLOGA: No, Connor. Gracias a ti.

YO: ¿Por qué?

PSICÓLOGA: Por ser lo suficientemente valiente como para seguir viniendo a esta consulta semana tras semana.

Por querer sanar. Ya sé que ahora quizá no lo veas, pero hay muchísima gente que, por miedo a enfrentarse a sus demonios, prefiere guardárselos dentro.

El verdadero acto de coraje es sacar esos demonios y luchar contra ellos corriendo el riesgo de salir herido en el proceso.

YO: (Pienso que sí, que quizá, después de todo, lo soy un poco: valiente).