PULSO
PULSO
Rutinas
Lo mejor de Columbia eran las rutinas que, de forma improvisada, se habían asentado en nuestro día a día. Por supuesto, cada uno las vivía a su manera.
La mía: lunes de morirme de cansancio durante una hora y media de caminata, martes de tortura a mediodía, miércoles de tacos tacos tacos, jueves de ensaladas insípidas y viernes de siesta por la tarde.
No sé si lo sabes, pero por mucho que me quejara, gracias a esos rituales conseguí sobrellevar el tiempo que transcurrió hasta que el expediente del accidente quedó cerrado.
La cuestión, que estábamos en la cola del mexicano porque era miércoles de tacos tacos tacos. Pese a que tenía un hambre voraz y la cola que se veía desde fuera era larguísima, me sentía feliz. O al menos todo lo feliz que podía sentirme teniendo en cuenta las circunstancias.
Hasta que entramos en el restaurante y la vi.
Blythe Jeong.
Antes de que pudiera impedirlo, ya nos habíamos colocado detrás de ella en la cola. Tú nunca la habías visto en persona, así que seguiste con la conversación ajeno a su presencia.
—Hasta ahora tenía mis dudas sobre cursar Historia Internacional del Siglo xx .
—Sostenías un cubo de Rubik entre las manos y le dabas vueltas a las piezas de forma casi automática.
Te lo habías comprado hacía una semana y lo llevabas a todas partes—.
Al fin y al cabo, conocemos la materia de sobra.
¿Quién no ha estudiado la Guerra Fría? Pero no sé, después de la clase de hoy…
—Ya. La profesora Ellison es de las mejores.
O al menos eso dicen —cuando te respondí, traté de no alzar mucho el tono.
Lo último que quería era que Blythe Jeong reconociese mi voz y me saludara—.
Oye… —empecé, buscando una excusa para salir de allí.
Sabía que ninguna sería creíble del todo porque nunca nos saltábamos nuestras rutinas, pero no perdía nada por intentarlo.
Me cortaste antes de que pudiera decir nada.
—¿Crees que se puede hablar de paz cuando la MAD dependía de la destrucción mutua?
Estabas haciendo referencia a la Destrucción Mutua Asegurada, la doctrina que evitó un conflicto a gran escala entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Delante, Blythe Jeong inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera escuchándonos.
—No era paz —afirmé sin apartar mis ojos de la chica—. Era pánico administrado de forma calculadora.
Me di cuenta de que no hubiera llegado a esa conclusión de no ser por los últimos meses.
—Hmm —murmuraste, pensativo, mientras tus manos seguían moviendo las piezas del Rubik.
Justo cuando te agarré del brazo para decirte que nos fuéramos de allí, Blythe Jeong se giró de golpe y, con un tono árido, espetó:
—La estabilidad de una sociedad siempre depende de que alguien tenga más miedo que tú.
Me quedé congelado y más cuando tú, en lugar de despacharla con educación, esbozaste una sonrisa sincera y le contestaste que aquella era una afirmación controversial.
Blythe te devolvió la sonrisa, aunque la suya fue una especie de mueca cruel. Honestamente, daba miedo.
—Lo sé.
—¿Te gusta lo controversial?
—Me gusta incomodar.
Sus facciones volvieron a contraerse. Esta vez, cuando sonrió, lo hizo mostrando todos los dientes.
Aproveché que no me estaba mirando para tirarte del brazo. Esa chica no me daba ninguna buena espina y lo último que quería era mancillar nuestro miércoles de tacos tacos tacos con su presencia.
Ignorando mi reclamo, te metiste el cubo de Rubik en el bolsillo de la chaqueta y le tendiste la mano.
—Charles Aster —te presentaste, otra vez con esa estúpida sonrisa estampada en el rostro.
No se la estreches y vete de aquí , recuerdo haber pensado.
Pero Blythe Jeong hizo justo lo contrario.
Te estrechó la mano. Y se quedó.
—Blythe Jeong.
Al escuchar su nombre, tus labios formaron una o perfecta. Al ver que habías atado cabos, Blythe me dedicó una mirada cargada de suficiencia. Había sabido quién era desde el principio. Es más, probablemente nos habría visto justo al entrar por la puerta del restaurante.
Zorra , la maldije en silencio.
—Connor Hannaway —siseó con un retintín exasperante—. Qué coincidencia.
Zorra por dos , volví a maldecir.
Creo que, de forma indirecta, Blythe me recordaba todo lo malo que me estaba pasando en la vida.
Al principio, cuando la miraba, solo podía pensar en el accidente.
Lo sé, menuda estupidez. Ella no tenía la culpa de ser la hija de la abogada que lideraba mi caso y, en el fondo, Grace solo estaba haciendo su trabajo para evitar que fuera a la cárcel.
Lo normal hubiera sido sentir agradecimiento hacia los Jeong pero…
Pero no sé, ¿vale? Ya sabes cómo estaba en esa época.
Además, aunque todo se haya acabado yendo a la mierda entre nosotros cinco, quiero pensar que, en el caso de Blythe, compensé mi estupidez inicial con lo buen amigo que fui durante los siguientes años.
—Tú también estudias en Columbia, ¿no? —preguntaste, dándole una conversación que a todas luces era innecesaria.
Blythe volvió a posar sus ojos de hielo en ti. No obstante, cuando te contestó con un sí escueto, sentí algo distinto. De pronto me pareció… vulnerable.
—¿Y te gusta?
—¿El qué? —Otra vez esa vulnerabilidad.
—Columbia.
—Eh… Sí, claro.
Desde el mostrador, el camarero, un chico de unos veinte años con la barba mal afeitada y ojeras crónicas, llamó nuestra atención.
Blythe era la siguiente en la cola para pedir.
—¿Vais juntos? —inquirió mientras colgaba la última orden en la ventana abierta que daba a la cocina.
BLYTHE: Silencio incómodo.
TÚ: Sí.
YO: No.
El camarero arqueó una ceja.
—¿Entonces qué? —insistió cuando ninguno añadió nada más.
BLYTHE: Nos miró, primero a ti, después a mí, confundida.
YO: No.
TÚ: Sí.
—Mirad, no tengo tiempo para esta mierda —exhaló el camarero—. Pedid lo que queráis, pagad, y después ya os aclaráis entre vosotros.
Acabamos los tres sentados en una de las mesas del restaurante.
Más tarde, Blythe nos contaría que su plan había sido pedir algo para llevar y comer en casa, sola, mientras acababa un trabajo. En general, nos confesaría con el tiempo, antes de nosotros siempre había estado sola.
—La gente suele pensar que los osos negros americanos siempre son… pues eso, negros. Pero no. —Hundiste un totopo en el guacamole y te lo llevaste a la boca—. Algunos son marrones e incluso existen unos que son blancos y…
Y procediste a contarle todo sobre los osos espíritu.
—Eso es… —Cuando terminaste, Blythe le dio un trago a su margarita de mango—. Interesante.
—¡Lo es!
Tuve que sostenerte de la pierna para que no saltaras de la emoción, ante lo cual Blythe… ¿sonrió? Esta vez no enseñó los dientes ni compuso muecas extrañas. Solo sonrió. Por primera vez desde que la había conocido, la vi como una chica normal que, como todos, buscaba encajar en el mundo.
—Hace unos años hicimos un viaje a la Columbia Británica y Connor lo vio con sus propios ojos. ¿A que sí, Con?
—Sí.
—¿Y qué tal?
—¿El qué? —pregunté, la sospecha evidente en mi voz.
Blythe agarró el tabasco y, con una determinación espeluznante, empezó a echárselo a su taco de carne.
—Los osos espíritu—aclaró, y más tabasco.
Sin pensarlo, alargué la mano y le arrebaté el picante.
—¡Eh! —exclamó, y me fulminó con la mirada.
—¿Es que quieres reventarte las papilas gustativas?
Entonces, sucedió lo que jamás hubiera imaginado: Blythe Jeong rio. Su risa fue armoniosa, incluso agradable, y se elevó por el restaurante como el humo de una chimenea.
Tú le seguiste segundos después, y yo, al poco rato.
Y así, Blythe entró en nuestras vidas y se unió a nuestras rutinas: lunes de pasar frente a su portal y esperarla con un café en la mano, martes de verla entrenar en las pistas de tenis desde las cintas mecánicas del gimnasio, miércoles de tacos tacos tacos, jueves de comida coreana frente al Hudson River (la que preparaban en su casa y ella nos traía) y viernes de dormitar en la biblioteca y contemplarlos estudiar para llegar al fin de semana más tranquilos.
La chica te estrechó la mano y se quedó.
No volvimos a separarnos.