COLAPSO
COLAPSO
Te convierte en humano (lectura formal de cargos)
—El Estado de Nueva York contra Connor Ernest Hannaway.
La voz tediosa del secretario judicial retumbó por la pequeña sala de los juzgados penales de Manhattan.
El anuncio de mi caso fue precedido por un murmullo generalizado.
En cuestión de segundos, sentí el peso de múltiples pares de ojos clavándose en mí.
Pese a que el accidente había conseguido llevarse en privado gracias a los inextinguibles recursos de George y Sarah, el apellido Hannaway causaba conmoción allá donde fuera, y más si se pronunciaba en un contexto como aquel.
Con las piernas flaqueando y las palmas de las manos sudando, me levanté del banco en el que llevaba esperando desde hacía más de una hora.
Parecía un cerdo antes de ser conducido al matadero.
Por el rabillo del ojo atisbé la inconfundible figura de Grace Jeong abriéndose paso por el estrecho pasillo que quedaba entre las ristras de bancos.
Cuando llegó adonde me encontraba, se clavó frente a mí.
—Recuerda lo que hemos hablado. —Quien no conociera a la abogada podría sentirse atacado por su tono condescendiente.
Pero, para bien o para mal, yo llevaba un año entero interactuando con ella semanalmente y sabía que aquella era su forma de expresarse—.
Respuestas concisas. Limítate a lo que hemos ensayado en el despacho.
No te salgas del guion. Y mira al juez. ¡Ey!
—Al ver que no reaccionaba, chasqueó los dedos a escasos centímetros de mis ojos—.
Va a ir bien. Será rápido. En menos de lo que piensas estarás fuera.
Los labios de Grace se estiraron en una fina línea, su versión de una sonrisa que, al parecer, también había heredado su hija. Tras darme un par de palmadas impersonales en el brazo, volvió junto al equipo de abogados y mis padres, que esperaban al final de la sala.
Un par de bancos más a la izquierda, estabais vosotros. Os dirigí una mirada fugaz pero cargada de preguntas. Tú respondiste levantando los pulgares, Blythe con un leve movimiento de la cabeza que bien podría significar «espabila, niño» o «vamos, puedes con esto».
Como si fuera un coche en reserva, necesitado de gasolina para poder seguir recorriendo la carretera, absorbí ambos gestos.
Solo entonces avancé hasta el frente de la sala.
Me detuve junto a la mesa asignada a la defensa.
Mi abogado se colocó a mi lado pocos segundos después.
Mientras, sentado tras el estrado, el juez leía por encima el expediente en el que, suponía, se resumía mi caso, adopté la postura que me habían recomendado: hombros relajados, mirada seria pero afable, manos por delante del torso, pies separados a la anchura de las caderas.
—Sr. Hannaway.
Pese a saber que iba a hablar, la voz del juez me sobresaltó.
Por suerte, el hombre, que debía de estar entre los setenta y la muerte, no se percató.
Siguió recitando el documento sin siquiera mirarme.
Al fin y al cabo, yo solo era uno más de los cientos de acusados que debían pasar por aquella sala cada día.
Para él, el apellido Hannaway importaba lo mismo que cualquier otro.
—Se le acusa de homicidio vehicular en segundo grado. ¿Entiende los cargos que se le imputan?
Me tragué el impulso de soltar una carcajada allí mismo porque sí, señor juez, lo entiendo incluso demasiado bien.
Por mucho que hubiera pasado un año desde el accidente, las pesadillas seguían visitándome casi a diario y el pánico, antes un agente extraño, se había convertido en mi fiel compañero.
Una cosa era permitir que George y Sarah se encargaran del caso, y otra muy diferente conseguir calmar el trauma que, cual monstruo, me devoraba extremidad a extremidad, órgano a órgano.
—Sí, señoría.
El juez asintió con vehemencia, provocando que las pequeñas gafas redondas que llevaba lucharan por mantener el equilibro sobre su nariz gruesa y aguileña como un funambulista.
—¿Cómo se declara?
Solo entonces levantó la cabeza del expediente y me miró fijamente. Juro que, en ese momento, tuve la sensación de que podía leerme el alma y la mente.
El alma: podrida en su mayor parte.
La mente: desgastada por todos lados.
Cuidándome de no alterar en exceso mi postura y expresión, tomé aire. Sabía lo que tenía que decir y, sin embargo, había una parte de mí que todavía se resistía porque era consciente de que aquello no estaba bien.
Tus palabras llegaron como la brisa de primera hora de la mañana, frías pero amables: No, Connor, te convierte en humano.
Sabiendo que eran lo único que me salvarían de ahogarme, me aferré a ellas con toda la fuerza de la que fui capaz. Me consolé pensando que, por mucho que yo me considerara un monstruo, tú seguías creyendo en mi humanidad. Pese a todo, para ti seguía siendo Connor.
Y eso me bastaba.
Al menos por ahora.
Así que hablé y cuando lo hice dije lo que, pese a haber repetido tantas veces, seguía sin creerme:
—No culpable, señoría.