INTERLUDIO (II)
Daría lo que fuera por saber lo que estás pensando ahora mismo, que me contaras tu versión de la historia y ver si dista mucho de la mía.
Compararlas como niños que comparan los cromos que se acaban de comprar en el quiosco.
Este recuerdo lo tenemos repetido. Estos dos, en cambio, difieren en las esquinas.
A este le sobra dramatismo y a este otro le falta emoción.
Te cambio la visita al zoo por la noche en el planetario.
En tu versión habría más descripciones. Te imagino inclinado sobre el papel, recreándote con el follaje de los árboles y con las tonalidades tan exquisitas de las flores en primavera.
Te detendrías en detalles como lo mal abotonada que llevaba la gabardina, mi forma completamente errónea de prepararme las tostadas (porque soy de los que untan la mantequilla con azúcar en lugar de con mermelada) o lo tristes que estaban los escaparates de las tiendas que no decoraban por Navidad.
En tu versión no aparecería Gianna, ni tampoco tu sufrimiento, solo una interpretación maquillada de tu vida.
En tu versión yo sería más humano que monstruo, porque siempre has tenido esta tendencia a edulcorarme. Como si fuera un café demasiado amargo pero del que quieres beberte hasta el poso.
En tu versión apareceríamos, pero no de la misma forma y, definitivamente, no con el mismo guion que yo nos he escrito. ¿Existiríamos siquiera? ¿O nos borrarías con una de esas gomas que utilizabas en el colegio?
Quiero creer que le harías justicia a nuestra historia.
Que nos harías justicia. Porque negarte a aceptar tus sentimientos no los convierte en menos reales, solo los bloquea y hace que, con cada día que pasa, duelan más y más y más…
hasta que al final el coste de sacarlos es mayor que el de quedártelos dentro.
¿Y entonces qué?
Entonces nos quedamos como tú y yo, atrapados en un purgatorio, cumpliendo condena por nuestros pecados: el mío, no haber sido capaz de dejarte ir pese a todas las señales de que debía hacerlo; el tuyo, engañarte a ti mismo con una facilidad que asustaría hasta al más valiente y permitir que el miedo a la hipotética pérdida te paralice.
Antes de Cornell solías hablar del maltrato que tu madre se infligía a sí misma.
¿Pero qué hay del tuyo? ¿Acaso matarse a base de alcohol o drogas no es lo mismo que hacerlo a base de castigarse por lo que deberías o no deberías sentir?
Con esto no pretendo convencerte de que nos merecemos más de lo que fuimos, ni de que las cosas entre los dos deberían cambiar. Solo quiero…
¿Qué quiero?
Quiero dejar de fingir que jamás existimos, que nunca hubo un principio, que no crecimos juntos y nos conocimos con un detalle y una profundidad de la que muy pocos pueden presumir.
Quiero desenterrar el cadáver de nuestra relación, porque por mucho que te aterre pronunciar la palabra, eso es lo que pende entre los dos y nos une, una relación cuya naturaleza ha ido cambiando con el paso de los años.
Lo sé, está muy lejos de ser idílica y tiene más huecos que un pulmón perforado, pero lo sigue siendo.
Quiero recordarte de dónde venimos para que así, quizá, cuando decidas hacia dónde vas, lo tengas en cuenta; me tengas en cuenta.
Quiero reconstruirnos, recuperar las piezas del puzle que hemos ido perdiendo por el camino y colocarlas donde siempre deberían haber estado.
Quiero que duela, pero también quiero que sane.
Quiero lo que vivimos y a la vez lo que viviremos.
Quiero, quiero, quiero y quiero como un niño malcriado que lo quiere todo y no escucha cuando le dicen que basta, déjalo ir, tienes que aprender a soltar.
Porque ese es mi problema. Cuando se trata de ti lo quiero todo.
Tus mañanas, tus noches y las horas que hay de por medio, incluso las muertas.
Tus días buenos, tus días malos y aquellos en los que ni tú sabes cómo sentirte.
Tu luz, pero sobre todo tu oscuridad, para que veas que no hay nada que puedas mostrarme que me haga acobardarme.
Sí, lo quiero todo. Y si eso me convierte en un ingenuo o me expone demasiado al dolor, que así sea.
La vida se trata de apostar, ¿no? De tomar riesgos y darlo todo por vencer lo que muchos definen como imposible.
Aposté cuando Sarah nos presentó y decidí que iría a cualquier parte con tal de estar contigo.
Aposté cuando, a raíz del abandono de tu padre, te transformaste en una versión más cerrada y opaca, y también en Cornell, cuando esa versión solo se endureció.
Aposté cuando, sentados frente al East River, me pediste que confiara en ti y no pensáramos en lo que vendría hasta que lo tuviéramos delante.
Y aposté cuando acabó llegando y lo tuvimos frente a nuestras propias narices y yo no supe cómo actuar pero tú sí.
Una vez más, te hiciste fuerte por los dos.
Aunque, en esa ocasión, tuviste ayuda.
¿Te acuerdas?
Yo sí. Cuando se trata de ti, lo recuerdo todo como si fuera ayer…