FRACTURA
FRACTURA
—George y Sarah tienen razón en una cosa.
Al salir de la cafetería habíamos caminado hasta el East River Promenade. Sentados en un banco de madera, contemplábamos la puesta de sol. Al otro lado del río, la alargada Roosevelt Island se preparaba para pasar la noche mecida por el ir y venir del agua.
Ahora entiendo por qué el muelle de Cornell se convirtió en nuestro lugar seguro. Algo en nosotros había querido llevar a Ithaca un pedacito de Manhattan.
—No pongas esa cara y escúchame —me reprendiste sin apartar la mirada de las luces y los edificios de Queens que se difuminaban a lo lejos.
Compuse una mueca de disgusto, pero tú me ignoraste y continuaste.
—No sabemos cuánto va a durar esto.
Por esto te referías a la posibilidad de que fuera a la cárcel.
—Pero lo que sí sabemos es que no podemos hacer nada al respecto. Quiero decir, nos guste más o menos, George y Sarah han tomado las riendas de la situación y no van a permitir que nadie interceda en sus planes.
En ese momento no te lo dije y por eso lo hago ahora: me encantaba la forma en la que utilizabas el plural para hacer referencia a un problema que, en realidad, era solo mío.
—Así que… —Pareció que fueras a dejar la frase en el aire, pero entonces la recuperaste y sentenciaste—: Creo que lo mejor es hacer lo que dicen tus padres.
—¿Perdona?
—Con, escúchame.
No quería, pero cuando posaste tu mano enguantada sobre la mía helada, no tuve otro remedio que hacerlo.
—Acabemos el instituto. Vayamos a Columbia. Y cuando llegue el momento de enfrentarnos a lo que sea que tengamos que enfrentarnos… Pues lo haremos. —Me diste un leve apretón y, pese a la capa de lana que se interponía entre nuestra piel, sentí tu calor—. Juntos.
Entones confesé lo que, durante todo ese tiempo, había sabido pero no había querido aceptar:
—No quiero ir a la cárcel.
Lo susurré muy bajito, pero tú cazaste mis palabras al vuelo.
—Lo sé.
—Pero… Me lo merezco. Soy el único responsable de lo que sucedió. Por mi culpa Vanessa está muerta. Debería pagar por ello, pero no quiero. —Las palabras me salieron a borbotones y sin ningún tipo de filtro—. ¿En qué me convierte esto? ¿En un monstruo?
Y después, en un susurro, como si me diera miedo admitirlo:
—Soy un monstruo.
Esbozaste una media sonrisa triste. Sin apartar tu mano de la mía, con una amabilidad que no me merecía, susurraste de vuelta:
—No, Connor, te convierte en humano.
—Lo dices para que no me sienta mal.
—Lo digo porque es lo que creo.
Existen estudios que aseguran que una persona toma una media de treinta y cinco mil decisiones a lo largo de un día.
Honestamente, y si me lo preguntas a mí, creo que el número está inflado.
Porque seamos sinceros, ¿quién tiene tanto tiempo como para detenerse a decidir treinta y cinco mil cosas? Nadie, punto y fin.
Sé lo que estarás pensando ahora: pero, Connor, la mayoría son decisiones automáticas o inconscientes, no puedes incluirlas en el mismo saco porque bla bla bla y dato por aquí dato por allá y ves cómo tengo razón .
Qué más da, ese no es el punto. El punto es que, con independencia del número, una persona se pasa el jodido día decidiendo.
Es como un bucle infinito del que nunca puedes salir porque siempre hay algo más que requiere tu acción y atención.
¿Por qué te cuento esto?
Porque en ese momento, sentados en el banco que daba al East River, tu mano enguantada sobre la mía desnuda, fui muy consciente de que no podía dar el día por acabado, pues debía tomar una decisión más. Una de las importantes.
Escogí dejar de luchar contra George y Sarah.
Escogí aparentar que lo tenía todo controlado, pero también el pánico de cargar con la culpa de mis actos en silencio.
Escogí al monstruo y al humano, los dos a la vez y por separado.
Escogí creerte, lo que, en síntesis, significaba que te escogía a ti.
Como puedes ver, soy una persona sencilla. Todos mis caminos siempre llevan a un mismo destino.
—De acuerdo —exhalé las palabras junto al aire que, sin darme cuenta, había estado conteniendo—. Primero el instituto, después Columbia y, cuando llegue el momento… ya veremos.
—Juntos —repetiste.
—Juntos —concedí.
No dijiste nada más, ni yo tampoco. Entre los dos solo quedó el ruido de la ciudad al anochecer, la incertidumbre de lo que estaba por venir y un silencio.
De los nuestros.
Tranquilo,
sencillo,
irremplazable.
Triple.
Infinito.
Y con eso, me dije mientras te observaba seguir el vuelo de una gaviota con la mirada y sonreír, me bastaba.