CUERPO
CUERPO
El accidente (fragmentos I)
Aquí van algunos fragmentos de conversaciones que, a día de hoy, todavía viven en mi cabeza. No sé si son reales. Sucedieron en la ambulancia, de camino al hospital y, pese a que estabas allí, junto a la camilla, todo a mi alrededor daba vueltas y más vueltas.
Supongo que, con independencia de si sucedieron o no, siguen siendo recuerdos.
Fragmento 1:
[—Te quiero.
Pum.
Te lo digo así de sopetón, sin importarme que te apetezca o no escucharlo.
—Es la verdad. Necesitaba decírtelo. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué? —susurras. ¿Por qué susurras?
—Ya sabes. Por si no salgo de esta.
—No seas idiota. Tienes una contusión y un par de rasguños. No vas a morirte.
—Pero por si acaso —repito.
De repente, tu mano sobre la mía, estrechándola fuerte, tus dedos entrelazándose con los míos, tus ojos fijos en mí, y tu voz, lejana. Todo empieza a emborronarse poco a poco, poco a poco, pero antes de sumergirme en la inconsciencia, te escucho susurrar (¿por qué susurras?):
—Yo también te quiero.]
Fragmento 2:
[—¿No lleva demasiado tiempo inconsciente?
—Es normal. Ha sufrido un golpe fuerte y, pese a ello, ha salido del coche, ayudado a sus amigos y recorrido un buen tramo de carretera para pedir ayuda.
La adrenalina puede mantenerte en pie durante unos minutos, pero cuando desaparece el cuerpo pasa factura.
A eso súmale el shock emocional del accidente en sí.
—Vale. ¿Seguro que está bien?
—Sí.
Tu voz se entremezcla con la de una segunda persona que no reconozco.
—Tiene mucha suerte de tener a alguien como tú, ¿sabes? Te sorprendería la cantidad de gente que trasladamos y que no tiene a nadie a quien llamar.
—No. La suerte la tengo yo.]
Fragmento 3:
[—Hola, Con.
—Hola, Char.
Parpadeo para desprenderme de las chiribitas negras que revolotean por la ambulancia.
Cuando intento apartarlas, algo me lo impide. Eres tú. Sigues agarrándome la mano.
—Ya casi llegamos —dices.
—¿A dónde?
—Al hospital.
—¿Para qué?
—Tienen que mirarte.
—¿Quién?
—Los médicos.
—Odio a los médicos.
—Lo sé —contestas, y te ríes porque seguramente recuerdas esa vez cuando, de pequeños, me acompañaste al dentista y presenciaste mi gran drama.
—¿No podemos irnos?
—No.
—Jo. ¿Estarás conmigo?
—Claro.
—Pero lo digo de verdad. ¿Estarás estarás o solo estarás? —Achaco mi insistencia delirante a los analgésicos.
—Estaré estaré .
—Vale.
—Vale.
—¿Pero de verdad de verdad ?
—Connor. Siempre estaré estaré .
—Me estás mintiendo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no creo que pueda vivir sin ti.]
Los recuerdos. ¿Sucedieron? ¿Son reales o una construcción de mi mente que, desesperada por encontrar la esperanza en rincones imposibles, se inventa diciéndome todo aquello que siempre he deseado que me digas?
Las dos posibilidades luchan en un cuadrilátero delimitado por los confines de mi salud mental.
La mayoría de las veces gana el no. No sucedieron. No fueron reales.
Porque, si fueran reales, si realmente hubieran sucedido, ¿cómo hemos podido terminar así?
Si me susurraste que me querías, ¿por qué no me lo has demostrado?
Si soy tu suerte, ¿por qué no me has protegido?
Si me juraste que estarías estarías , ¿por qué no estás?
¿Por qué te marchaste cuando más te necesitaba y por qué has decidido perderte y, en el proceso, perdernos?
¿Por qué no lees mis cartas? ¿Por qué no me lees? ¿Por qué?